Resúmenes cotidianos

De Navidad a Alasitas

Álex Aillón Valverde recoge mensualmente algunos de los escritos que realiza y ensaya a través de las redes sociales a manera de prosas breves que, a veces, con suerte, se infectan de poesía.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:00

Alex Aillón Valverde Escritor

Blanca Navidad 

Sobre mi mesa tenía dos enormes líneas de cocaína y una botella de vodka fría recién sacada del refrigerador. Del otro lado de la puerta tenía la familia, la cena navideña, Papa Noel, el jodido árbol de Navidad y una exnovia que de verdad me odiaba. Tenía dos opciones. Elliot, mi enorme pastor inglés sentado a mi lado, me miraba y era como si me hablara: “Que se jodan todos, viejo, ¿cuándo han hecho algo por ti, cuándo?” Tenía toda la razón, claro que la tenía. Me agaché decidido cuando el maldito de Elliot estornudó e hizo volar todo por los aires. Nunca nieva en Sucre, pero ese año nevó. Fue una navidad interminable.

Enero 2019 

Todo ha sido un fracaso. Me propuse perfeccionar mi técnica de tele transportación y apenas he podido llegar de mi cama al baño en la mitad de la noche sin encontrar mis sandalias, lo que sí encontré en el camino fue un poco de tequila en una botella que pensé vacía y con la cual tropecé, entonces decidí perfeccionar mi arte de magia e hice desaparecer su contenido con éxito, eso me puso un poco feliz. También me propuse dejar de lado mi compulsiva forma de enamorarme, y ya que las mujeres no me aman pensé que debía hacerlo con algo más silvestre, pero no he podido encontrar la manera de darle un beso a una hormiga sin que eche a correr como una desquiciada. Sin embargo, tengo la esperanza de que con los días avanzaré en otros propósitos para este año, como encontrar la manera de ahorcar los relámpagos que cada vez caen más cerca de mi balcón. Seguro que un día agarro a uno del cuello y no lo suelto. Lo sabrán cuando suceda.

Quiero casarme en Alasitas

Quiero casarme de nuevo este año y en Alasitas. En estos tiempos en los que de todo se descree, casarse es un acto revolucionario. Pero, además, casarse en Alasitas es doblemente revolucionario, porque es como casarte en Lilliput, lo cual no es un asunto menor, pequeño sí, pero no menor. Además, no veo la necesidad de casarse en grande si uno puede hacerlo en pequeño, es más, ya no sólo en pequeño, sino en miniatura. 

Hay algo de elegante en las cosas diminutas. En Alasitas lo que corresponde, entonces, no es casarte con tu amorzote, sino con tu amorcito, con el más chiquito de tus amores. Firmar tu actita de matrimonio, desearte la eternidad con un besito y dejar que tu esposa te ponga en uno de sus bolsillos y te lleve a pasear por la noche plagada de humo, voces y criaturas exaltadas. Sí, no hay mejor tiempo para casarse que el tiempo de las Alasitas. Yo me caso todos los años en las Alasitas por una eternidad que dura un año, cuando vuelvo a casarme por otra eternidad que dura otro año, y así sucesivamente.

Domingo 

Ha sido un gran domingo. Logré sacarle a mi madre dos dosis de Nespresso de su reserva personal, aprovechando la visita de su hermano menor y su versión alemana de que seis dosis diarias de café serían lo “saludable” cuando no lo “recomendable”. No sé qué creer de los estudios de los alemanes sobre el café y poco me importa, pero mientras bajaba camino a La Recoleta un perro callejero devoraba en una esquina un enorme pedazo de carne, me miró y yo lo miré, luego sonreímos como lo hacen habitualmente los delincuentes que saben que han dado el golpe perfecto y continuamos con lo nuestro.