El Caníbal Inconsecuente

El engaño americano de Rafael Bolívar Coronado

En este artículo, Kurmi Soto se centra en la figura del polémico escritor venezolano Rafael Bolívar Coronado, aventurero, impostor y autor, entre otros, de un falso Parnaso boliviano.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:00

Kurmi  Soto Literata e investigadora

Probablemente el nombre de Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) no le diga mucho al público boliviano, pues poco o nada tiene que ver con el país. Pero, lo cierto es que, en su momento, fue un autor relativamente conocido que cosechó una fama un tanto ambigua y cuyo nombre fue asociado a polémicas que hicieron estremecer el mercado editorial iberoamericano.

 Para entenderlo, es necesario volver a sus orígenes en Venezuela, donde continúa siendo un poeta recordado y querido. Fue colaborador de diversos y prestigiosos periódicos y revistas locales, entre los cuales sobresalen el magnífico Cojo Ilustrado, como también El Nuevo Diario, El Universal o Atenas. Su joropo Alma llanera, parte de la zarzuela del mismo nombre, representa un himno nacional arraigado en el folklore tradicional, aunque él lo haya renegado, llegando a declarar que se trataba de un “adefesio” del cual se arrepentía. Esto no impidió que Bolívar Coronado aprovechase su éxito y que, el año 1916, partiera rumbo a España auspiciado por el Gobierno del dictador Juan Vicente Gómez. Una vez en la Península, se declararía férreo opositor del régimen y nunca más volvería a pisar su tierra natal.

 En Europa, su historia se junta con la de un gran número de intelectuales venezolanos exiliados, y en particular con la de Rufino Blanco Fombona (1874-1944), un hombre en cuya biografía abundan los episodios novelescos. Baste decir que provenía de una antigua e ilustre familia y llevaba tras suyo una larga carrera diplomática que lo había conducido por todo el viejo continente. Al llegar a Madrid, donde se asentaría por dos décadas después de una agitada vida trashumante, se dedicaría de lleno a la escritura y fundaría en 1915 la célebre editorial América, especializada, como su nombre lo indica, en libros para el otro lado del Atlántico.

 Pronto, ésta se transformaría en una exitosa y respetada institución gracias a la culta personalidad de su director, que la concibió como un proyecto ambicioso dividido en varias colecciones: la serie Andrés Bello reunió a autores fundamentales y ya consagrados (como Martí, Gutiérrez Nájera, Darío o Herrera y Reisig) mientras que Ayacucho se abocó a la historia antigua del continente, incorporando esencialmente crónicas de Indias; ambas se complementaron con la Biblioteca de la Juventud Hispanoamericana y la Biblioteca de Ciencias Políticas, a las cuales se sumarían después la línea de autores célebres y La novela para todos, que constituyen el grueso de la producción editorial de Blanco Fombona. 

 Entonces, a la llegada de Bolívar Coronado, la empresa se encontraba en una etapa particularmente fructífera que coincidió con el auge editorial español y francés enfocado en el mercado hispanoamericano. América necesitaba manos y no dudó en contratar al prometedor escritor venezolano, que demostró ser un prolífico copista y corrector de pruebas. Gracias a sus incansables gestiones entre 1917 y 1919, un ingente número de libros vio la luz y, entre los títulos más representativos, se encontraban incontables crónicas tempranas, una antología de “letras españolas” supuestamente firmada por el historiador marabino Rafael María Baralt y un compendio de obras científicas atribuido al italiano Agustín Codazzi.

Sin embargo, la alarma no tardaría en sonar a pesar de la confianza ciega que Rufino Blanco Fombona tenía en el que se había convertido en su discípulo y, en 1919, el erudito caraqueño Vicente Lecuna se apersonaría a las oficinas de la editorial para comentar lo que a él le parecía un error de transcripción en un libro llamado Los caciques heroicos y cuyo autor se decía ser Juan de Ocampo. El paciente lector había identificado la presencia de un término inexistente en la época en la que estaba fechado el texto: “burdel”, neologismo reciente prestado del francés, y le pidió a Blanco Fombona un cotejo con el manuscrito que, según decía la edición de América, se encontraba en la Biblioteca Nacional de España. Grande fue su sorpresa al ver que no existía tal crónica y que todas las trascripciones de Bolívar Coronado eran, en realidad, obras de su imaginación.

 Empero, astuto como él solo, el muchacho ya había echado vuelo y escapado a Barcelona, donde no tardaría en ser contratado por otra importante casa editorial de la época: la conocida Maucci. Es muy probable que la experiencia madrileña no haya amedrentado en nada al intrépido Rafael Bolívar Coronado, cuya personalidad extrema fue subrayada en más de una ocasión por sus biógrafos, y, al instalarse en la ciudad condal, continuaría con sus supercherías literarias. 

Entre los libros más  llamativos que publicó en ese período se encuentra un parnaso costarricense y otro boliviano, pero lo curioso es que este último sería la manzana de la discordia que marcaría el final de su carrera de falsario.

 La “selecta antología de poesías” bolivianas apareció como una compilación realizada bajo los cuidados del venezolano Luis Blanco Meaño y con un prólogo del propio Bolívar Coronado, en el que explicaba la necesidad que había tenido de firmar con otros nombres por carecer de fama. Ahí, llega a afirmar que es “el primer libro” en el que va su nombre y que todas sus demás obras fueron publicadas con “seudónimos”, un caso que, en sus palabras, es “sencillamente pintoresco y singular”. Tal vez los lectores de la época no lo interpretaron así y, al poco tiempo, salía un anuncio anónimo en la revista Billiken del 6 de diciembre de 1919 titulado “El Bolívar aquel…” donde se destapaba el engaño y se afirmaba que Blanco Meaño nunca había estado vinculado con el libro en cuestión. 

 El ejemplar que guarda la Biblioteca Nacional de España lleva una indicación en la que se advierte que “todas las obras son de Rafael Bolívar Coronado, ficticiamente atribuidas a otros poetas” y, aunque esta afirmación resulta en parte verídica, es difícil separar la paja del trigo en tan peculiar documento donde se mezclan la realidad y la ficción.
 

 

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