Letras

Historias de vacas locas II

Las historias Kanakadurga y Bindu Ammini en India y de la hermana Claudia Figueroa y su madre en Chile son ejemplos de cómo las mujeres hoy siguen condicionadas a la sociedad patriarcal y pese a ello están derrumbando cercos.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:00

Vivian Lavín Periodista

“El pasado 27 de diciembre, una vaca abrió a golpes la puerta del camión que la trasladaba a un matadero en Nueva Jersey, Estados Unidos. El animal comenzó a correr por la carretera hasta que la policía logró inmovilizarla y trasladarla a un veterinario, que curó las heridas causadas por el incidente. Desde entonces, Brianna se encuentra en el refugio Skylands Animal, donde hace unos días ha dado a luz a una ternera llamada Winter. El personal del refugio confirma que ambas se encuentran en buenas condiciones”. (Diario El País)


Fue en el primer día del año 2019, cuando dos mujeres ingresaron al Templo de Sabarimala. Kanakadurga (39) y Bindu Ammini (40) caminaron casi cinco kilómetros a través de boscosas montañas hasta llegar a uno de los sitios sagrados más importantes de Kerala, en el sur de India. Pero ese no fue el mayor obstáculo. 

Como tampoco los ruegos de sus familiares y amigos por disuadirlas, sino que la prohibición que por cientos de años había impedido que mujeres, entre 10 y 50 años de edad, ingresaran al santuario donde más de 50 millones de peregrinos veneran cada año a Ayyappan, una deidad reconocida por su virginidad y pureza. 

Kerala es un Estado de la India que cuenta con el más alto nivel de alfabetización y los índices más bajos de pobreza. Sin embargo, para la mayoría de sus habitantes, un 75% de ellos, según encuestas recientes, la presencia de mujeres en edad fértil ofende a Ayyappan. Excepto para los miembros de la Corte Suprema, que en septiembre pasado, decidieron terminar con esa prohibición desde el punto de vista legal, pero no han podido levantar la condena moral que pesa sobre aquellas mujeres que se atrevieron a ir hasta Sabarimala. 

Después de el ingreso de la “impuras”, hasta donde debieron acudir escoltadas incluso por policías, el templo fue cerrado un par de días para labores de “depuración”; el marido de Kanakadurga cerró las puertas y le impidió regresar a su hogar y su suegra le pegó, por lo que debió ir a un hospital.

Ambas mujeres, Kanakadurga y Ammini, trabajan fuera de casa. La primera en la administración fiscal y la otra, en el Poder Judicial. Han recibido la solidaridad de otras mujeres y menos hombres en una sociedad donde la mujer, a pesar de gozar de derechos civiles no puede acceder a espacios en los que aun es considerada como un “ser infecto”.

Un mes más tarde, y al otro lado del mundo, tres mujeres eran expulsadas por estar sentadas a orillas de un lago. El atrevimiento no era otro que maravillarse y disfrutar de la belleza de un santuario natural como es el Lago Ranco, en el sur de Chile. Una de las mujeres, Claudia Figueroa, es una religiosa de la Congregación de las Hermanas Carmelitas Teresas de San José y disfrutaba junto a su madre y una amiga de un lugar de especial belleza y al que se puede acceder en verano debido a la crecida del Lago durante el invierno. Lo que no imaginaron, es que serían obligadas a irse de manera grosera por quien es el dueño del predio que colinda con el Lago y que, a pesar de su formación como abogado, desconocía que la legislación contempla como Bien Nacional de Uso Público el paño de tierra que comprende entre la más baja y la más alta marea, justamente donde las tres mujeres habían decidido instalarse. 

Ignoraba el latifundista también que esa conversación sería compartida a través de las redes sociales, donde se le escucha decir clarito: “Esta es mi playa” y “se me van de aquí”.

A pesar de las grandes diferencias entre la experiencia de India y la del Lago Ranco, no deja de llamar la atención que se trata de mujeres convertidas en sujetos sociales a los que la sociedad patriarcal determina hasta en cuestiones tan mínimas y esenciales como ingresar a un templo o sentarse frente a un lago. Vulneraciones  tan burdas que son el pan de cada día para millones de mujeres hoy.

El mundo ha cambiado, pero desde hace solo unos pocos años. Recién hemos comenzado a hablar sobre estas situaciones, a escandalizarnos como sociedad y a rechazarlas, pero ya sabemos que lo que las redes sociales vociferan no corresponden a las arraigadas creencias y prejuicios que la recorren.

En el caso de Kerala, lo que escasamente se dijo, lo que no fue registrado por la prensa internacional, lo que no se mostró en amplias fotografías, es que mientras Kanadurga y Ammni subían hasta lo alto del Templo de Sabarimala, una cadena de mujeres de más de 600 kilómetros de largo, todas tomadas de las manos, recorría la India, sosteniéndolas en su porfía, en su derecho, en su dignidad. 

En Chile, debiéramos hacer una gran cadena humana desde el Lago Ranco hasta la Moneda, recorrer esos casi mil kilómetros de distancia para purificar a nuestro país del clasismo y el abuso, como una manera de pedir verdaderas disculpas a esas tres mujeres injustamente humilladas.

Kanakadurga, Ammini y la hermana Claudia, junto a su madre y su amiga son esas “vacas locas” que nos invitan a romper los cercos.
 

 

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