Reseña

La última batalla por Bolivia

El autor escribe sobre el trabajo de investigación de Álvaro Moscoso sobre el gobierno de Pedro Blanco. Señala que se trata de un libro que hace gala de una prosa clara y directa, y una edición muy cuidada.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:01

Luis González Quintanilla Periodista

Un estudio revisionista de la historia oficial, tendente a discutir  criterios comúnmente aceptados y derribar ciertos mitos sobre  el pasado, debe estar apoyado en una   concluyente documentación.  Le corresponde al estudioso involucrarse en  un amplio y profundo  trabajo de investigación, a fin de lograr nuevas fuentes primarias y  testimoniales de la época que trata para sumar una presentación cierta y categórica.

Álvaro Moscoso ha realizado el trabajo anotado -con buena fortuna-   en el emprendimiento de escribir Pedro Blanco en la encrucijada.  La última batalla por la independencia de Bolivia (Diciembre  de  2018). A  este resultado habrá que añadir la expresión de  una prosa clara y directa, y una edición muy cuidada, lo cual   invita con entusiasmo  a la lectura del texto.

Álvaro Moscoso  construye sus hipótesis sobre la “dramática insurgencia” de nuestro país señalando que  la rendición de las fuerzas realistas en la batalla de Ayacucho  no afectó  al Alto Perú; que en esta porción del territorio dependiente del poder colonial no se dio ninguna batalla de los ejércitos liberadores del Norte;  que la independencia de Bolivia está unida a la demostrada voluntad de lucha por la libertad del pueblo de Charcas;  que, a partir de los levantamientos de  1810  y la posterior “guerra de las republiquetas, durante 15 heroicos años, los bolivianos conquistaron por sí  mismos su emancipación del yugo colonial.

El trabajo de investigación que demandó al autor su producción histórica apoya eficientemente las  hipótesis citadas.  Los primeros años de nuestra República los ejércitos de la Gran Colombia, constituidos por casi 5.000  hombres,  se convirtieron en un factor de ocupación y tutelaje de nuestro país y en una ficha de las estrategias geopolíticas del Libertador.  Estas tropas llegaron a exprimir con sus gastos  una media de 60% del exiguo presupuesto público de Bolivia. Fue un gobierno, el del Mariscal Sucre,  que no contó entre sus principales autoridades con hombres nacidos en esta tierra. Sus ministros, su alta burocracia y sus  prefectos fueron   oficiales extranjeros, de variopinta nacionalidad, reclutados por el ejército de la Gran Colombia en su devenir bélico. 

La obra destaca las distintas visiones entre Bolívar y Sucre sobre la ocupación del  país. El primero presionó por la permanencia del ejército colombiano al sur del Desaguadero, pues consideraba preciso garantizar la victoria en la guerra de la Gran Colombia contra el Perú que luego la declararía el mismo Bolívar.   Y Sucre, en  un enfoque más  cercano del territorio y sus gentes, se posesionó representando las ideas su jefe, pero sin desobedecerlo jamás. 

Mientras que  Bolivia y  sus habitantes  se convertían en una nación tutelada, víctima de la estrategia geopolítica del deslumbrante libertador Simón  Bolívar. Y los soldados ocupantes, inactivos  y mal pagados, pugnaban por la repatriación y  asolaban  la  nueva República.

De ahí es que la primera invasión del general peruano  Gamarra a Bolivia fuera celebrada popularmente  como liberadora por los vecinos de los pueblos, e incluso recibiera el apoyo de núcleos del esmirriado Ejército boliviano.

1828 es el año clave en la recuperación de la soberanía por los bolivianos. Sus eventos terribles como el atentado del 18 de abril contra el Mariscal de Ayacucho en Chuquisaca y su abandono de la Presidencia, así como la suerte de general Pedro Blanco, están expuestos también en el libro con numeroso apoyo documental.

Los últimos capítulos de  la obra los dedica el ensayista  al general  Blanco, soldado de las más memorables acciones bélicas contra a el poder español, como las de Zepita, Junín y Ayacucho.  En esta parte, el autor se orienta a rebatir, en forma pormenorizada, relatos de auto justificación de enemigos de Blanco y calumnias  de las que fue objeto el primer presidente boliviano y su efímero gobierno; pasa también revista a los hechos de su atroz asesinato. Y no está ausente la denuncia de la impunidad de la que gozaron quienes cometieron el magnicidio, después del golpe del 31 de diciembre del año fatal,  que inaugura las decenas de asonadas militares  de la historia patria.

Los levantamientos indígenas y las ideas de Bolívar en torno a la unidad sudamericana están ausentes del estudio.  Estos temas, quizás,  merecen ser incluidos  en los próximos esfuerzos de investigación del autor, con el coraje intelectual y el mismo  minucioso  trabajo de apoyo documental  que es sustento del libro aquí comentado. 
 

 

 

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