Impresiones y pareceres

La novela de Olga Bruzzone de Bloch, olvidada en la hoguera

Freddy Zárate reseña la novela Tras la cortina de incienso, obra en la que la autora muestra el poder que ejercía la Iglesia católica en la esfera pública.
domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:00

Freddy Zárate Abogado

Distintos estudios de la época inquisitorial en Hispanoamérica afirman que esta fue una de las instituciones judiciales de naturaleza religiosa más severas que haya podido imponer el hombre para combatir la disidencia y el pensamiento heterodoxo a través de la censura, el hostigamiento, la tortura y la destrucción de libros en nombre de Dios. 

Esta nefasta herencia hispano-católica estableció elementos que configuraron en el absolutismo político y el fanatismo religioso, que influyeron negativamente en el quehacer cultural hispanoamericano, teniendo como resultado la quema de libros, la confiscación, la intolerancia y el silenciamiento de textos anticlericales o contrarios a un determinado régimen político.

Al respecto, es ilustrativo el caso de la poetisa boliviana Olga Bruzzone de Bloch (1909-1996), quien en plena dictadura militar de Hugo Banzer Suárez (1971-1978), publicó su primera novela intitulada Tras la cortina de incienso (Talleres de Litografía e Imprentas Unidas SA, La Paz, 1974). El relato de Bruzzone inicia describiendo una festividad religiosa en una comunidad del altiplano, en donde sus moradores “danzan como si espíritus demoníacos los animaran” llegando a desembocar en un fanatismo religioso lleno de alcohol y desborde sexual. 

Este escenario es favorable para que el párroco “lleno de deseos ocultos debajo de su mugrienta sotana” lleve adelante su plan de intercambiar las joyas de la venerada Virgen para luego fugarse a Europa. El cura, en tanto aguarda el momento oportuno para sustraer las joyas, pide a su fiel cómplice no perder de vista a una de sus feligreses que se encuentra bailando y bebiendo: 

“Rafito dirigiéndose a la puerta exclama –¡Está a punto…! Tienes que apurarte, tata. Frotándose las manos el cura se cambia su sotana por un colorido poncho indígena, se cubre la cabeza con un gorro de lana (…). Después de un rato el cura vuelve diciendo –¡Ay Rafito… sírveme un trago de buen pisco… se lo merece la imilla… qué hembra, carajo”.

Con varias maletas en mano, el cura y su acólito montan sus respectivas cabalgaduras perdiéndose en la noche. Luego de recorrer un largo trecho, se transportan en un vehículo “por la polvorienta carretera que se confunde con el gris de aquel largo camino. En el interior de la cabina se encuentra cómodamente ubicado el sacerdote concentrado en la lectura de su libro de oraciones”.

En el trayecto del viaje la radio del automóvil transmite música variada, alternando propaganda comercial, y, de pronto, interrumpe el noticiero dando a conocer el robo de lienzos del convento de franciscanos de una ciudad del valle. Esta noticia perturba al cura, puesto que le preocupan las medidas de seguridad que tomaron las autoridades policiales para evitar que las pinturas salgan del país: “Estos frailes de mierda van a hacer fracasar todos mis proyectos, pues si requisan la camioneta tendré que maldecirlos eternamente”. 

Al llegar a una posada, el sacerdote decide cambiar su sotana por un traje: “El padre Joselín ahora tiene apariencia de un comerciante o de un vecino de la localidad, sin embargo, mantiene en sus férvidas manos el breviario y mecánicamente pasa las hojas, tal vez, para aparentar ante el reservado chofer, el alto espíritu religioso que lo anima”. Cerca de la media noche llegan a un control de vigilancia y pasan sin contrariedad alguna el “estricto” puesto de vigilancia. Cansado por el largo viaje, el cura cae en un profundo sueño, en donde logra llegar al Vaticano con el maletín de joyas de la Virgen, mismas que son entregadas al Santo Padre, para luego recibir todos los honores de parte del clero. El vehículo frena de manera abrupta en una posada, despertando al cura de su hermoso sueño.

La novela en otro pasaje muestra un diferente escenario, pero similar en trama, cuando “el padre Ubaldino, cura párroco de la capilla del Leño Sagrado, quedose dormido, sentado en un muelle de sillón”, cuando violentamente tocan la puerta, al abrir el portón se sorprende al ver a su sobrino Diego Grats con las manos ensangrentadas. El párroco limpia cuidadosamente los vestigios de sangre de su sobrino y decide que permanezca en el convento. En su estadía recibe la afectuosa hospitalidad de las monjas que hace que exclame: “¡Cuántas vírgenes anhelantes de placer encierra el convento! ¡Ah!, si él pudiera hacerse sacerdote… un resplandor de lujuria ilumina su rostro (…). Magnifica y envidiable profesión la de mi tío, rodeado de mujeres… ¡pobres mujeres!, condenadas a renunciar a su derecho a la maternidad, dando lugar a que sus contenidos deseos desemboquen por torcidos cauces, haciendo de la homosexualidad el escape de sus frustraciones, a sus instintos naturales y a su forzada continencia”.

Descansando en el pabellón de huéspedes, Grats siente unos golpes a la puerta y no le da tiempo para cubrir su desnudo torso, “ante la blanca y pálida figura de Sor Inmaculada, Diego Grats queda petrificado en el sitio”, la monja trata de retroceder y huir, pero sus pies se hacen lentos, Grats, hábil estratega, sabe cómo actuar frente a esta situación, “su violencia tórnase en suave caricia buscando los puntos vulnerables y la boca que Sor Inmaculada cede. En ese beso sensual se siente poseída. En ese beso entrega su alma. Sobre el lecho, dos cuerpos se unen en el frenesí de la pasión, hundiéndose en el abismo sin fondo de la voluptuosidad…”. Una vez consumado el acto carnal, la monja se angustia y sale llorando. Por varios días Sor Inmaculada se encierra en su habitación sin comentar lo ocurrido a la Madre Superiora.

Después de un largo silencio decide confesar lo ocurrido al padre Ubaldino, dando a conocer los pormenores del día que perdió su castidad. Esta fría noticia hace que el párroco tergiverse la confesión de Sor Inmaculada y decide desacreditar a otro cura para proteger a su sobrino, que, por cierto, decidió optar por las sotanas: “Estudiar, nada menos que para sacerdote, una oportunidad con la que jamás había soñado. Sacerdote, comer bien, ganar mucho sin hacer nada”.

La novela de Olga Bruzzone es una denuncia a la vida interna en los claustros eclesiásticos; en donde confluyen aspectos muy humanos como el deseo de la carne, la ambición, el favoritismo, la impostura, la corrupción y la intriga, todo esto bajo el manto de un catolicismo calculador y politizado. Además, Bruzzone nos muestra el poder que ejercía la Iglesia católica en la esfera pública. Con respecto a este último punto, se puede indicar la vigencia de la ley de fecha 20 de agosto de 1907, que fue introducida al Código Penal boliviano –referido a los delitos contra la religión y el Estado–, que en su Artículo 139 reza como sigue: “Todo el que conspire directamente y de hecho a establecer otra religión en Bolivia, o a que la República deje de profesar la Religión Católica, Apostólica y Romana, es traidor y sufrirá la pena de muerte”. Esta normativa penal fue abrogada mediante Decreto Ley No. 10426, tras la promulgación del Código Penal vigente a partir del 2 de abril de 1973.

Al poco tiempo de su publicación, la novela Tras la cortina de incienso recibió elogiosos comentarios, tal es el caso de la escritora Alcira Cardona Torrico, quien destacó la valentía de Bruzzone por tocar aspectos clericales y manifestó que la obra bien podría ser situada entre El Vicario de Rolf Hochhuth o La religiosa de Denis Diderot. En medio de una favorable recepción académica, la escritora Olga Bruzzone de Bloch decide emigrar a Canadá por cuestiones familiares (24 de septiembre de 1974).

Al día siguiente de su viaje, agentes del Ministerio del Interior procedieron a confiscar los ejemplares en existencia en todas las librerías del país. Este hecho fue denunciado por la prensa nacional; al respecto, el matutino Última Hora (de fecha 30 de septiembre de 1974), se pronunció con la nota titulada: “Los tiempos de la hoguera ya pasaron: No voy a defender aquí un libro determinado ni a una autora en particular. Sólo voy a levantar mi voz por todos los libros y por todos los autores que, por lo visto, siempre enfrentan el riesgo de que un día, a la manera en que se lo hacía en los tiempos de la inquisición, sean condenados a la hoguera por expresar ideas contrarias a las oficiales. El libro Tras la cortina del incienso del que  la autora doña Olga Bruzzone acaba de ser incautada por agentes y orden del Ministerio del Interior (…). Está mal que se lo haya retirado del mercado, como si este fuera un país en que todos debamos marchar y pensar al unísono”, indica M. E. G. 

En similar sentido, el periodista Ricardo Sanjinés publicó un artículo imparcial bajo el encabezado: “¡Cuidado…! Un libro satánico se vende en nuestras librerías”, (Revista Semanal de El Diario, del 6 de octubre de 1974), entre otras.

Tres años después de este funesto suceso, la escritora Bruzzone logró publicar en Colombia una segunda edición de la controvertida novela (Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1977), reimpresión que pasó totalmente desapercibida por círculos universitarios y académicos. Por ello, cuando se habla de censura no debe pensarse únicamente en la represión autoritaria, que es el resultado concreto de una presión oficial –ya sea directa o indirecta–, sino en el efecto que conduce a la larga al silenciamiento de textos, que termina relegando al libro y al autor en un total olvido.
 

 

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