Letras

Disparos y caídas en la niebla

Óscar García escribe sobre las particulares formas que tiene a veces aquí, en estas tierras, la gente para dejar de estar viva, sorpresivamente, sin explicaciones, sin motivo.
domingo, 10 de marzo de 2019 · 00:00

Óscar García Compositor y músico

No es una cosa del otro mundo porque se nota que es normal. Mirando de cerca, es más que normal. Se ha visto cosas así antes. De hecho, el otro día, sin ir más lejos y en medio del mercado campesino, se   vio algo similar. Claro, el hecho de que haya sido visto en el mercado campesino fue tomado como si fuera poca cosa. Siempre es así. El mercado, mientras más campesino, más mal visto. Pero barato. Ahí se dan encuentro quienes necesitan comprar mucho de cada producto. Por carga, por arroba, por montones. Porque ya no alcanza la plata. 

En el mercado campesino hay ajíes de toda índole y repollo fresco, además de otras cosas, como zapatos para practicar deportes extremos. Uno de los deportes extremos más recurrente consiste en correr, por lo general de los gases, de los apedreamientos y hasta de una que otra bala que siempre nace de gajo. No se sabe de bala con dueño. Los muertos a bala tienen alojadas en el cuerpo unas anónimas partes de plomo provenientes de, a su vez,   anónimos disparantes que responden a ningún mando. Como si cada vez que se presenta una situación extrema, caídos de uno de los anillos de saturno, disparantes sin nombre la emprendieran a tiros contra una colectividad y luego desaparecieran como abducidos. 

Hay abducidos de varias clases. Los hay de clase C. Estos, que están casi en el ultimo peldaño de los abducidos, no tienen lugar conocido de domicilio, viven a diestra y siniestra, sin arraigo. 

En las calles, en terrenos baldíos en los que se juntan con perros también con sensación de abandono. Prenden fogatas, se miran con tristeza pero no se mueren de pena, de pena se mueren algunas gentes que no habiendo podido resolver sus existencias al lado o cerca de otras existencias, se apenan. O por menos que eso. 

Se mueren de pena de ver enfermar a los líquenes, de ver a la luna languidecer o de ver cuando se derrite un polo. Cosa que pasa pero no es que se vea. 

Los abducidos de clase C no tienen derecho a reclamar ni a refresco. No tienen derecho a cantar “estas son las mañanitas” ni a usar un papel higiénico suave en las ásperas tardes del universo. El universo tiene tardes y mañanas aunque todo sea noche. Lo confirman las estrellas del firmamento y las estrellas venidas a menos, aquí, en pleno centro del continente americano. 

Los abducidos de la clase C viajan en aparatos también de clase C. Estos no tienen asientos de cuero y se nota que fueron trajinados ya en varias ocasiones. Los viajes largos arruinan a los aparatos como las relaciones largas que no van ni vienen, esas que parecen estar, estarse, sufrir del síndrome del altiplano en las mañanas en las que parece que no se movieran las quiswaras ni las llamas. 

Esas mañanas en las que la quietud ha ganado a toda vibración y que extenuada, al fin, se rinde. La quietud se rinde ante tan devastadora inmensidad. Cualquiera se rinde ante la inmensidad. Una hormiga se rinde, un cíclope se rinde. Se rindió el Titanic y el Cañón del Colorado.

En una de las rendiciones más célebres de la historia, al menos de la historia cercana, alta, árida, gélida, está la rendición del líder de una comunidad ante las huestes extranjeras. No hay claridad sobre cuál de ellos se consideraba extranjero. Al parecer ninguno. Ni el líder de la comunidad ni el de las huestes. Ambos se enfrentaron al fin en una planicie, en un descampado en el que días antes se había celebrado una fiesta rave o lo que fuere. 

De la fiesta quedaron unas 25 personas entre hombres y mujeres, planeando bodas y otras celebraciones, entre religiosas y paganas. Del enfrentamiento quedó como daño colateral la muerte del líder de la comunidad, habiéndose rendido antes con ruego y rodillas en la tierra. 

Nada lo salvó de la muerte, de la muerte no se salva nadie. Aparece y no hay nada que hacer, aunque interceda el Papa o un buen mate de yerbas contra cualquier atisbo de la muerte.

No es cosa del otro mundo. Ya se vio antes. Se reconoce el acento y la coloración. Se ve de lejos que es algo ya recurrente. No tiene nada de raro. Nada de extraño. En un bus de esos enormes se vieron tres casos. En realidad seis. Cada caso de estos asuntos implica la participación de dos partes por lo que cada caso se vuelve dos. Lo que pasa es que para ciertas personas estas cosas son del pasado pero ocurre hoy y ocurrirá después, en el futuro inmediato.

Se trata de la ternura y sus manifestaciones. De cómo las miradas se encuentran y se rozan las vestiduras al punto en el que no hay posibilidad de reno. Eso sí se ve, se nota. Hay en ello empuje y coraje, hay un riesgo que si no hay, no hay nada. 

Está en las noches de la ciudad y los ventanales vertiginosos de una cabina voladora. Está en la luna y en el café con leche. En una madrugada que no pasó nunca. En los sueños.

 

 

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