Poesía

Dos Tumbas

Paul Tellería escribe sobre los nichos de Vicente Huidobro y de Pablo Neruda: Al final “las palabras de ambos en el litoral central todavía se juntan”, señala.
domingo, 10 de marzo de 2019 · 00:00

He aquí el mar abierto el mar abierto de par en par de sus ojos a mis ojos hay la distancia de la muerte. 

(Vicente Huidobro, Monumento al mar)

En la pequeña ciudad de Cartagena, en una colina olvidada, con vista al Litoral Central de Chile está enterrado el poeta Vicente Huidobro. Llegar a su tumba es un viaje lleno de acertijos, cuando uno pregunta ¿Dónde queda la tumba de Huidobro? algunos responden ¿Quién es ese señor? Otros, ahí nomás está. 

Altazor ha caído, el alerce ha prestado su espalda para escribir el letrero que señala el lugar. Encima de una montaña, rodeada de alambrados, arbustos y girasoles secos, descansa Huidobro. Mausoleo bicolor, mostaza y bordó, con un letrero de madera donde se puede leer un verso del poeta. La entrada a la tumba es gratuita, un letrero dice: “No se permiten quiltros” “Prohibido usar el lugar como parque para enamorados”. 

Poeta, antipoeta, culto, anticulto, Vicente Huidobro murió en Cartagena en una casa olvidada, postrado en cama, víctima de un ataque cerebral. Cuentan que en los últimos días de su vida decidió regalar a Chile la imagen de un paria, de un clochard atrevido y sucio, escondiendo su cabeza detrás de un sombrero. Huidobro murió peleado con los poetas, los jerarcas de la Iglesia, los fascistas, los comunistas y la aristocracia burguesa. Fue secando su poesía a voluntad, haciéndola indomable a cualquier lectura de pueblo, ajeno a aplausos, vaciando sus versos de chilenos.

En su último refugio no es posible encontrar una tienda donde comprar suvenires con su nombre, tampoco un bar para tomar un trago bautizado con el nombre de uno de sus poemas. Sólo un viejo cuidador y un flaco quiltro ladran cada noche a sus versos y los espectros de su fama olvidada. 

Huidobro murió en la pobreza, maldito, olvidado y rechazado. En su autoexilio, vomitó para todos aquellos que besaron sus poemas con flores. Lo llamaban el más europeo de los chilenos, poeta ajeno al pueblo. Jugador surrealista con aires de Breton. Muy contundente, muy ácido y lejano a los obreros y los curas que no lo soportaban. 

El poeta dejó su estela, su palabra a la montaña, olvidado e ignorado en el destino que labró con su irreverencia. 

II 

Estalla el agua en la piedra y se abren por primera vez sus infinitos ojos. Pero se cierran otra vez, no para morir, sino para seguir naciendo. 

( Pablo Neruda, El Mar)

 

Cerca del mar, en Isla Negra, junto a Matilde Urrutia, se encuentra la tumba de Pablo Neruda. La entrada a la casa, hoy museo, cuesta el equivalente a setenta bolivianos. Existen cinco guías que organizan visitas en grupos de máximo cinco personas. Uno debe esperar en una sala el aviso para ingresar que se anuncia por un micrófono, mientras tanto puede distraerse en la tienda y comprar algún libro, camisetas con versos del poeta, postales, adornos, bolígrafos, tazas conmemorativas, réplicas de los fetiches de Neruda (mascarones de proa, barcos en botellas, caracolas, conchas de mar). 

Cuando se ingresa a la casa se siente el aire salino que respiraba el poeta y dan ganas de saludar al mar que no puede estarse quieto, que se desborda con cada latido de los cientos de corazones de turistas. Queda en la casa el aroma a caldillo de congrio, dando sabor al homenaje de la palabra a las cosas, aquellas que el poeta amaba locamente. 

El lugar, último refugio de Neruda, donde descansa de tanta fiesta en una tumba rodeada de piedras y flores, hueso con hueso, enredado con Matilde, su tercera esposa. No hay referencias en la casa a Malba Marina, su hija que murió a los ocho años de hidrocefalia. Dentro la tumba el poeta y su musa se besan y beben la caricia del Pacífico en la proa de un barco imaginado, privilegiada última morada, digna del histrionismo y el ego desbordado en vida por el poeta. 

A Neruda le decían poeta del pueblo, burgués de mantel rojo. Escribía, entre copa y copa, regalo y regalo de los idólatras que bebían gratis en sus fiestas. Pintaba poemas al color de las cebollas, a la cola del caballo de madera de su infancia, a cientos de mujeres, menos a la hija abandonada, de ella acá no se habla.

El poeta, panza de calamar, pasaba de lado por las puertas de la casa. El catre de su cama crujía, torturado por su espalda y flatulencias festivas. Neruda bebía el mar en cada esquina y en el deleite de la amistad y la vida disfrutó su residencia en la tierra rodeado de besos y aplausos. 

Al final del tour uno aún embriagado de tanto deleite lírico puede conversar en una cafetería sobre las impresiones del paseo con otros turistas, donde venden platos y tragos con el nombre de sus odas, un homenaje comercialmente bien logrado. Las fotografías están prohibidas por derechos de autor.

III 

Vicente Huidobro al sur y Pablo Neruda al norte unen con sus versos las costas del litoral central. La biografía de Huidobro, escrita por Volodia Teintenbaum, cuenta que el ojo grande de diseño picassiano que pusieron en el monolito de su tumba es una mirada destellante que vigila que en la muerte Huidobro y Neruda no sigan peleando. 

Los que no cabían en este planeta diminuto y se enseñaron tantas veces los dientes ahora descansan con sus nombres enredados entre Cartagena e Isla Negra. 

Ellos se dan la mano entre las olas, según aquellos que creen que la muerte hermana a las almas y olvida los desencuentros y “maleficios” mutuos vertidos en vida. Huidobro y Neruda, cada uno decidió cómo hacer de su vida obra o de la obra vida. Dicen que el primero fue maestro, luego amigo y al final detractor del segundo. 

Neruda, hijo de padre ferroviario y maestra de escuela, aprendió viajando por el mundo a cantar a América, con esa voz de pavo constipado. Escribió a las cosas simples, a la gente simple. Fue adoptado por el comunismo como bandera, con su poesía digerible para mineros y obreros. 

Huidobro empezó académico, aristocrático, muy europeo y terminó como escupitajo filudo para todo lo que lo formó. Acidez negra en sus últimos días, para aquellos que sentenciaron su imagen final, aquella que se fue desvaneciendo y secando en la montaña, no en su tumba, la que guarda el mar y que todavía lo escucha. 

Neruda, con cada venta de suvenires, infla la panza, ríe, en la bodega del Infierno de Dante, con buen trago, seduciendo eternamente a sus amadas con poemas. Eso sí, rebota frente al limbo donde flota Malba Marina, da la espalda a su imagen, que lo mira sin rencor y besos desde otro lugar más puro. 

Ambos poetas decidieron en vida la huella de su palabra en muerte. Morir, bien muerto en tumba bebiendo del mar o morir decorado de fetiches, en la negativa a dejar la fiesta eterna y las reverencias. Al final, en un caldillo de congrio, las palabras de ambos en el litoral central todavía se juntan. El Canto General, los Cantos de Altazor, norte y sur de la misma costa. ¿Qué huella vale más dejar en muerte?, ¿qué trascendencia pesa más en la palabra?

 

 

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