Poesía

La Poesía Reunida de un autor imprescindible

Considerado uno de los poetas más importantes e influyentes de la poesía norteamericana contemporánea, Wallace Stevens es un autor cuya importancia radica en que a lo largo de su obra entrelaza distintas tradiciones. De él escribe Ricard Bellveser.
domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:00

Ricard Bellveser Escritor

Wallace Stevens (Reading, Pensilvania, 1879 – Hartford, Connecticut, 1955) es uno de los poetas más importantes e influyentes de la poesía norteamericana contemporánea  y un eslabón imprescindible entre la cultura europea clásica grecolatina, (Platón, Lucrecio), clásica inglesa, (Shakespeare), de los románticos ingleses y franceses y los poetas simbolistas franceses (Apollinaire, Verlaine, Rimbaud), con los poetas contemporáneos americanos, tradiciones que él con su obra entrelaza.

Su actualidad se debe a la edición de su muy recomendable Poesía Reunida (Ed. Lumen, Barcelona 2018), de Wallace Stevens, en edición, presentación, estudio introductorio, notas y coordinación de las traducciones, del crítico Andreu Jaume (Palma de Mallorca, Islas Baleares, 1977), editor de autores tan imprescindibles como Henry James, T. S. Eliot o W. H. Auden, y en 2013 de la edición, en cinco volúmenes, de la obra completa de Shakespeare.

Como personaje, Wallace Stevens fue un ser críptico y contradictorio. Por un lado, ganó el Premio Pulitzer de Literatura por Collected Poems y el National Book Award por Las auroras de otoño. Por otro, fue enemigo de la sociedad literaria, que nunca frecuentó, razón por la que tenemos muy pocas fotos suyas, en ningún caso de participaciones en actos públicos sociales. 

“Su influencia, –escribe Andreu Jaume– ha venido siendo, a partir de su muerte en 1955, tan intensa y perdurable –sobre todo en la mejor poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, de John  Ashbery a Anne Carson– que su voz se ha fundido con la de sus sucesores, con lo que aún resulta más difícil tomar la debida distancia para enjuiciar una obra tan fascinante como extraña o incluso extravagante”.

El texto inicial de Jaume nos sitúa adecuadamente al autor, e informa de aspectos biográficos, que son donde se acostumbra hallar algunas de las claves interpretativas de la obra literaria, aunque no sea así en este caso, porque Stevens fue un autor tardío, su primer libro Armonio de 1923 lo publicó cuando ya tenía 44 años de edad y era un alto empleado, subdirector, de una empresa de seguros, –empleado de seguros como lo fue Kafka, sin que con ello quiera insinuar que exista más razones de comparación entre ellos–,  que apenas viajó, excepto por algunos estados de EEUU, porque era, en sus propias palabras, “un eremita” de la poesía en lo social y un afrancesado de formación literaria y lingüística en lo cultural.

Conviene advertir que no estamos ante una edición de sus poesías completas, como las que actualmente se está produciendo con las de su contemporáneo, vanguandista como él, T.S. Eliot, sino de una selección muy cuidada, un “Corpus esencial” formado por 177 poemas, más una sección de aforismos, que da como resultado un volumen espléndido. Bien elegido y cuidadosamente traducido por un grupo de traductores formado por Andrés Sánchez Robayna, que es el que hasta ahora está considerado como el traductor canónico de Stevens, más Daniel Aguirre y el propio Andreu Jaume.

La obra de Wallace Stevens, aunque muy apreciada por el lector especializado, está necesitada de una profunda exégesis que aclare aspectos en sombra, y avente algunas de las habituales confusiones que sus versos y sus artículos periodísticos han provocado, más algunos aspectos extra literarios pero importantes como establecer la razón por la que, en algunos casos, -y esto le emparenta con la del argentino Jorge Luis Borges-, ha sido considerada como el producto de un autor “de derechas”, a quien incluso se le ha llegado a llamar atolondradamente y sin justificación alguna, de “fascista”, con toda probabilidad porque quien así lo ha dicho, demuestra que no entiende la ironía del autor, su espeso sentido del sarcasmo y su luminosa concepción de las metáforas. Su mundo de imágenes, su deslumbrante cosmología.

Pese a su sentido severo de la vida, su alejamiento del mundo literario, su sentido críptico de la poesía y de la vida, tan propias de un ejecutivo de empresa, la eficacia con la que impermeabilizó su vida profesional de su vida lírica, para que una no contaminara a la otra, en su nota introductoria, Jaume refiere una excelente anécdota por su simpatía que elocuencia su perfil temperamental: “En un coctel –fue en febrero de 1936–, Stevens se encontró con una hermana de Hemingway, al que detestaba y sobre el que empezó a hablarle muy mal, hasta que la pobre mujer abandonó la fiesta llorando y fue a reunirse con su hermano, que estaba también en Cayo Hueso. Cuando se enteró, Hemingway salió a buscar a Stevens, a quien encontró a la salida del cóctel –es de suponer que algo bebido– hecho una furia y gritando que ojalá tuviera a Hemingway delante para pegarle. Stevens tenía entonces cincuenta y seis años y aunque era muy alto y de complexión fuerte, Hemingway tenía veinte años menos y era mucho más atlético. Stevens le lanzó un puñetazo pero falló el golpe y cayó al suelo. Cuando se levantó, Hemingway le dio en la cara y Stevens le devolvió el puñetazo pero se rompió la mano. Al cabo de unos días hicieron las paces. Fue su única salida de tono conocida. No deja y de ser llamativo que el poeta más introvertido y sedentario quisiera romperle la cara al escritor más físico y aventurero. Parece una metáfora de la tensión entre uno y otro extremo de la literatura norteamericana”.

Su propósito literario que diferenciar el yo poemático del yo cotidiano, por ello el hombre de negocios triunfador, que logró un acomodado status de vida, al volver a casa se encerraba con la poesía, sin que sus amigos y compañeros apenas lo supieran, con sus lecturas y el sentido que tiene el fin de la vida.