Para verte mejor

Sumaq Mistura

Lucía Querejazu escribe sobre la exposición de Maximiliano Siñani. “Es una propuesta sobredimensionada y excesiva en justificaciones de sofisticación que la obra no necesita”, asegura.
domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:06

Lucía Querejazu Historiadora de Arte

El 2019 ha arrancado con mucho movimiento en el mundo del arte contemporáneo en los espacios paceños. En febrero el Museo Nacional de Arte arrancó con la exposición del artista Maximiliano Siñani Sindicato Comercio en la que el artista expuso la reflexión y el proceso de varios años de trabajo consumados, entre otras obras, en la recreación del Cerro Rico de Potosí en el llamado Patio de Cristal del Museo. La muestra fue curada por el antropólogo y artista Juan Fabbri.

La muestra se expone en tres salas del museo. Una inicial donde vemos el texto curatorial como abrebocas a la muestra y la máquina de hacer mistura. La sala que expone el proceso del trabajo y reflexión resulta bastante floja, sin duda es atractivo e interesante ver el proceso creativo de un artista, especialmente si se está mostrando en el Museo Nacional de Arte porque es el espacio de exposiciones temporales más importante de La Paz. Mi impresión es que esta sala quedó grande y eso es algo que se puede evitar con una curaduría adecuada. Llenar un espacio con pocas cosas a veces hace más hueco que poner solo una cosa. El video registro de la acción del artista proyectado al fondo de la sala es, tal vez, lo mejor de la sala pero el montaje es decepcionante. En esos aspectos los artistas, o sus curadores, tienen que imponerse a los espacios y exigir que las cosas se muestren bien. Pero bueno, aquí estoy asumiendo que las falencias de montaje se podrían haber salvado de haberse objetado. 

De lejos lo más atractivo de la muestra es el Sumaq Urku creado de toneladas de mistura y al que el texto curatorial se refiere casi exclusivamente. Sin lugar a dudas este cerro es una propuesta sugerente y divertida pero que también cae, creo, en una solución bastante trivial a una propuesta simple pero muy elucubrada. El montón de mistura evidentemente se parece  al Cerro Rico de Potosí pero en una dimensión anodina. La idea puede ser genial, sobre todo el hacer un cerro que se vaya evaporando por todo lo que la gente se lleva, incluso inadvertidamente, pero que es temporal. 

Igual que el Cerro Rico para los bolivianos que por mucho que queramos ser descolonizados lo único que hacemos es continuar con la labor extractiva profesionalizada en la Colonia. Lamentablemente la idea se cae el momento en que entras a la sala y el cerro no mide más de  dos metros. Me dirán que se fue desmoronando, seguro que sí, pero ese espacio daba para un cerro de 10 metros fácilmente y eso hubiese sido sobrecogedor y majestuoso. 

Naturalmente hay dificultades técnicas pero ese es el trabajo del artista, el tener una visión y disponer de todos los recursos para hacerlo realidad porque no es una kermese de colegio donde se hace lo que se puede, es una propuesta artística en la que se busca generar una reacción totalmente nueva en el público.

Aunque pareciera que curaduría y texto sostienen las obras de arte contemporáneo, creo que aquí son justamente estas las que le han quitado fuerza a la muestra. El público ha respondido mejor solo ante el estímulo del montón de mistura que a la reflexión sobre Potosí, la plusvalía y la mistura. Ahí está el acierto de Siñani, que aunque a mí personalmente me parezca un dejávu por supuesto no le quita validez pero la obra no funciona como otras propuestas de montones como por ejemplo los montones de tierra Robert Smithson  o los de caramelos de Felix González Torres porque en la muestra de Siñani hay una disociación entre lo que la obra propone como experiencia y lo que la propuesta curatorial sostiene. Finalmente claro está, que a la gente le importa un comino todo esto al momento delicioso de lanzarse a un montón de mistura. 

Entonces, como puede ser evidente a estas alturas, la muestra tiene dos dimensiones muy claras, una, la de la propuesta que yo encuentro sobredimensionada y excesiva en justificaciones de sofisticación que la obra no necesita y la otra que es la que la obra ofrece: la experiencia del partícipe del montón. La obra es un imán para meter las manos, mover las piedras de base o en el mejor de los casos, lanzarse. En esta medida la obra es exitosa y divertida pero también ha generado muchas reacciones, sobre todo porque se le ha dado mucha cobertura, ha habido diálogos, sesiones de foto y hasta mediaciones de la muestra con el artista. 

Se reclama que una obra de este tipo, que aparenta mínimo esfuerzo y excesivo texto, tenga espacios y cobertura que otros artistas no tienen. Este es un reclamo recurrente en el mundo del arte contemporáneo y es un tema complejo de abordar pues desde mi punto de vista, depende del esfuerzo y la tenacidad de los artistas aunque lógicamente no es el único factor pero no me voy a meter en cómo hace uno para mostrar en esas salas privilegiadas. También molesta que cualquier cosa pueda ser arte. 

Difiero aquí pues lo que unos entienden como cualquier cosa no lo es para otros, pero si va a ser así el diálogo yo sostengo que sí, cualquier cosa puede ser arte cuando es un producto que refleja un proceso de pensamiento creativo. Ahora bien, discrepo con la crítica de Reynaldo González de que todo se puede justificar con un texto enrevesado porque en este caso no se justificó nada, el texto no funciona y la obra solo a medias. Por lo tanto coincido con él en que esto no es una muestra como para el Museo Nacional de Arte, veremos que pasa con el nuevo director de aquí en adelante.
 

 

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