Disco perdidos

Del pop latino al jazz, giros inciertos en la vida de un guitarrista

El autor escudriña en la obra de Carlos Santana que, desde el punto de vista estrictamente musical, tiene canciones muy interesantes y complejas.
domingo, 24 de marzo de 2019 · 00:00

Jorge Valda  Literato, politólogo y docente universitario.

En 1969 Santana, una pequeña banda de San Francisco, se presentó en uno de los festivales más icónicos de la cultura pop; en plena efervescencia hippie, Woodstock marca un hito indeleble en la historia de la música contemporánea. De ese entonces, muy pocas cosas quedan; recordamos con efusión las notas estridentes de Jimi Hendrix, en la memorable redición del himno de los Estados Unidos de América, el grito de protesta de una generación idealista, contestataria, irreverente. 

También recordamos, la extraordinaria interpretación de Santana: los timbales, las maracas, las congas y el solo de batería de Mike Shrieve, es uno de los momentos más representativos del festival. El disco epónimo, lanzado al mercado ese mismo año, fue un éxito rotundo y   Santana se convirtió en una leyenda. 

La banda fue concebida como un colectivo, una asociación de músicos sin un estilo definido, experimentando con diferentes género y ritmos. Después de tres discos apabullantes, Carlos Santana (el guitarrista) decidió darle un giro a la dirección musical; Columbia Records dictaminó la medida como un suicidio comercial. Creo que todo artista, busca expandir sus horizontes, lo peor que nos podría pasar es caer en la repetición y la morosidad, copiando siempre las mismas fórmulas, sin mayor esfuerzo, constriñendo la creatividad. 

El arte no es repetición, es una búsqueda constante de nuevas variantes. La banda entró en crisis y los discos que siguieron pasaron prácticamente desapercibidos; Santana resurgió a finales de los setenta para luego desaparecer casi por completo hasta su renacimiento triunfal a finales de los noventa, narración para otra ocasión. 

Al margen de su trabajo con la banda, Carlos Santana también sacó varios discos como solista, es tal vez el aspecto más desconocido de su carrera. Uno de los más interesantes y de los más extraños, es el álbum que grabó junto con Alice Coltrane, viuda del mítico saxofonista; es una cuasi anomalía en la vasta discografía del guitarrista porque se aleja por completo de la imagen y del sonido, de la banda que lidera hasta el día de hoy.

Es jazz, aunque por momentos colinda más con la música clásica. Illuminations (1974) es una revelación espiritual, es música para meditar y alcanzar un estado de trascendencia, rebasando el límite corporal. 

Expresado de esa manera, suena un poco pretencioso y de hecho el álbum fue vapuleado por la crítica. Poco convencional y abstracto, no era lo más apropiado para publicitar las convicciones metafísicas del guitarrista, su reconversión como creyente alejado de las drogas y de la vida frívola. 

Desde el punto de vista estrictamente musical, tiene canciones muy interesantes y complejas, entre las cuales se destaca Angel of Sunlight, y se inserta en una suerte de tetralogia junto con Love Devotion Surrender (1973) grabado con John Mclaughlin, Oneness: Silver Dreams - Golden Reality  (1979) y The Swing of Delight (1980) trabajos concebidos bajo la influencia de Sri Chinmoy, el célebre líder espiritual de los años 70 que sedujo a las estrellas. 

Sin posibilidad de éxitos radiales, los trabajos mencionados se empolvaron en los anaqueles. Cambiar de sonido, cambiar de estilo, es arriesgado en sí mismo; los seguidores de la banda afirman que son una porquería y los fieles seguidores del jazz hacen lo mismo. 

Al Illuminations hay que darle el beneficio de la duda, es un disco raro y no diré lo contrario, pero tiene la virtud de equilibrar muy bien partes violentas, los solos agresivos y desenfrenados, con pasajes melódicos, tétricos y arreglos orquestales; es un viaje astral, en toda su magnitud.

En ciertos momentos, de trémula complacencia, es necesario salir de nuestras zonas de confort; en regla general escuchamos de manera obsesiva diez canciones, o nos empecinamos en escuchar siempre los mismos géneros y nos olvidamos que hay todo un universo artístico por explorar. 

Agazapados a nuestros prejuicios miramos con desconfianza todo aquello que escapa a nuestro modesto entendimiento. 

El universo está en expansión, sería un error cerrar la mente; por desgracia es la tendencia, los tiempos de la ignorancia en la era de la información, la paradoja cruel. A mi me encanta este disco porque disfruto el rock progresivo, la fusión de géneros, la música caótica y las improvisaciones, tal vez no sea del agrado de todo el mundo, pero esa es cuestión de gustos. 

Es música un poco hermética, porque requiere de concentración y de vez en cuando es necesario sentarse y escuchar un disco, analizarlo más allá de las apariencias, no es solo un objeto de consumo, es una obra de arte. Estamos muy acostumbrados a los ritmos pegajosos, las letras sin sentido, las canciones de tres minutos, es más un ruido de fondo que una composición musical, pero nunca es tarde para deshacerse de las malas costumbres. Es tiempo para explorar y descubrir, y Santana tiene mucha música más allá de los éxitos radiales empalagosos y algo tediosos. 

Sea dicho de paso, el jazz no es música para elitistas, es música para inadaptados: negros, prostitutas y drogadictos; hoy en día tiene esa pisca de esnobismo. No obstante, para disfrutar de la música, sea jazz, metal, pop, cumbia o electrónico o lo que fuere, el único requisito es dejarse llevar por el momento: un instante de revelación metafísica. Discos perdidos, disco eterno, como diría Soda Stereo.

 

 

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