Contante y sonante

Tiempo de misturas

Óscar García escribe sobre las condiciones de la sociedad como contexto para los creadores. Un momento largo en el que la obra deja de serlo. Es mistura, salpicadura. Es imagen, filtro, es una suerte del tiempo de ser fan de sí mismos.
domingo, 24 de marzo de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Qué dificultosa la tarea de quienes en un futuro cercano pretendan dilucidar los rasgos estilísticos de las gentes escribientes de hoy y de las hacedoras de músicas y de las que desparraman acciones de arte en las salas magnánimas de museos y catedrales sin religión para las narices delicadas que intermiténtemente asisten al aroma de las elevadas propuestas transparentes de las contemporáneas formas de morir fingiendo, fingiendo arte. 

Qué complicada tarea la de encontrar rasgos estilísticos de un momento, largo ya, en el que el concurso ha superado a la obra. Esto es, la intermitencia como rasgo. El lenguaje adecuado a la ocasión, una vitrina interior que ve para afuera y observa el estado de las tendencias para lanzar una ocurrencia que cumpla con las exigencias exiguas de los términos de referencia de la ocasión. Es que no parece haber más. 

Lectores extintos o en estado terminal, espectadores como salpicadura de tinta en dibujo puntillista, curiosas personas acudiendo al salón de arte no para decodificar la obra, sino para ser la obra, para dejarse ver, para dejar establecida la jerarquía en la que es de mayor relevancia mostrarse en la sala, el día de la inauguración, que asistir a decodificar, a dejarse llenar, a dejarse cuestionar, a confrontar. 

Nada de eso tiene sentido. Los sentidos han adquirido el sentido del cristal, todo transparencia, sin velos, sin posibilidad de dejar un momento siquiera a la contemplación. A falta de la otredad imprescindible para la obra y para el breve sustento que de ésta debiera desprenderse, está el concurso. Que no admite obra ni proceso. No lo requiere. Es más sustento, pretexto, opción. Casi la única opción.

Pero ayuda, ayuda a poner a las personas de moda, a incrementar el cartel y la notoriedad, a superar el miedo a la niebla, a legitimar la mayor ganancia, a más del cheque, la de la exposición. Es ya no un síntoma de la sociedad de hoy, de la urbanidad, de las soledades hacinadas, de las gentes apuradas, de las urgidas de la aprobación y del embuste diario. Es ya no un síntoma. Es la enfermedad en sí misma, la que deambula y se despierta y se duerme con el yo y el otro yo. 

Es la enfermedad que persigue al otro para exigirle una mirada. Por eso está todo expuesto, todo a la vista. Por eso las personas huelen la moda efímera y convierten el acto de obrar (hacer obra) en un acto teatral, efímero, compuesto de siete puertas y de siete ventanas. 

Siete partes que permiten entrar y siete partes que permiten dejarse ver, antes que ver. La exterioridad antes que el espacio interior.

Hay, por supuesto, absoluta complicidad entre quien obra y quien juzga. Parte de la misma ensalada. La ensalada fue una forma musical que en el renacimiento español consistía en combinar varias lenguas en una misma pieza, rica en opciones rítmicas, vestida de laud, de oud (su ancestro marroquí), de palmas, de pandereta y taco, de cabellos sueltos merodeando al viento y a los álamos.

Hay complicidad entre hacedores, juzgadores, minucia de audiovisores. Toda la sociedad en un segmento minúsculo participando de un jápenin convenido en el que se exaltan la virtudes ocurrentes, primero de unas gentes obrando en la provincia y más tarde de otras gentes. 

Unas que brillan hoy, a cambio de ceder su brillo mañana a otras, por posta, como un pacto silencioso que se acepta por temor a perder la visibilidad. El miedo es inmanente. Pero no es miedo a lo igual. Es miedo a lo distinto. 

Aquí lo distinto se convertiría en visillos violentos aparecidos en las ventanas, en las siete ventanas abiertas no para afuera si no para adentro. Se convertiría en un miedo que no se muestra, que se hace presencia como un acto de sumisión ante las credenciales que se debe mostrar al otro. El miedo se vuelve zalamería y ésta se devuelve con venias. Nadie puede salir lastimado de esta situación. Es la situación que deviene en estado. 

El estado hoy por hoy no decapita, no deforma. Enferma. Así se lee, en las páginas del filósofo, en las callles, en las redes, en las tertulias sin tertulia en las que por lo general se mueven más los pulgares y los filtros que las químicas del seso haciendo ebullición en medio del humo. Ya no hay humo. Hay menos humo. Más salud. Para vivir más tiempo. Más tiempo ¿para qué? Para terminar con lo que queda, entre más gentes vivas. La ecuación parece ser, a más gentes vivas, menos vida para el planeta. Menos bichos, más pollos, menos plantas, más leguminosas engendradas por los amantes de la palabra madre. Sólo de la palabra.

Menuda tarea, ardua, ingenua. La de reconstruir un tiempo de la obra dispersa y mistureada. Tiempo de la no obra. De la salpicadura. Tiempo en el que es más probable que las designaciones sean lo importante. Hay música cristiana pero no hay acordes divinos. Si los hubiera, también sería una realidad la existencia de un lechón vegano.

 

 

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