Fiesta

Carnaval o Anata

Manuel Rojas da cuenta de los orígenes y costumbres del Carnaval occidental que después de la colonización impregnaron la celebración andina de la Anata.
domingo, 03 de marzo de 2019 · 00:05

Manuel Rojas Antropólogo

La palabra  Carnaval, explicada por el enciclopedismo, se define así: “Carnaval es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, variable (desde finales de enero hasta principios de marzo según el año) que combina algunos elementos como disfraces, desfiles y fiestas en la calle.

Considerada una de las festividades más controversiales, el Carnaval  invita a una reflexión, en un Estado, como el boliviano, que hace dos años atraviesa por un caos cultural. En especial  porque constituye también el periodo en el que las autoridades originarias que han sido elegidas para un mandato por un periodo y que no pueden perpetuarse en ese mandato, como lo hacía la casta medieval, sino que  debe cumplir con los roles rotativos de dirección, sin pretender perpetuarse en sus mandatos, las autoridades son afirmadas y confirmadas en la oportunidad de la Anata en ese periodo único de mandato.

La definición de Carnaval obliga  a interpretar una festividad en la que el conjunto de la población, en diferentes lugares, dedica tres días del año al esparcimiento frívolo del espíritu, dar rienda suelta a festejos en los que predominan  el abuso del alcohol, la diversión en salones de baile privados o públicos y desmanes sexuales.

Haciendo un recuento histórico, la intencionalidad primaria de la antigüedad las poblaciones de distintas partes de la Europa medieval y muy anteriormente al medievo, contaban con la venia de las administraciones estatales para dedicar colectivamente tres días al desenfreno, llenar sus vidas de exceso principalmente carnales, para luego, el miércoles de ceniza, iniciar una dura etapa de 40 días un período de abstinencia y extrema sobriedad. La Cuaresma.

Analizando las condiciones propias de muchas regiones europeas, la explicación que justifica esta festividad alcanza plena justificación y están propiciadas por condiciones climatológicas propias de cada región.

En la Europa del norte, la escasa producción agrícola terminaba, a principios del mes de noviembre, inusualmente llegaba hasta diciembre. El trigo y los productos que podían almacenarse  eran celosamente guardados, pero al llegar el mes de diciembre, los graneros estaban vacíos, los pueblos nórdicos, por ejemplo, guardaban una reserva y el día 21 de diciembre usaban la producción y propiciaban una fiesta, era el día dedicado al dios Rueda o Jul. 

Adornaban con cirios el árbol más alto de la aldea, por lo general una pinácea, y al pie del macizo departía toda la comunidad en una fiesta en la que se sacrificaba quizá el último cerdo, bebían cerveza  y caían en excesos sexuales.

Esto nos recuerda y explica  la presencia de un árbol de pino en la fiesta de Navidad occidental que fuera incorporada a esa festividad junto al pesebre del niño nacido en Belén de Judá, región donde las pináceas no se conocían.

La festividad del dios Jul, de los escandinavos, antecedía a la partida de los hombres y el enfilar de sus guerreras naves con rumbo sur; es por eso que  cuando los pueblos del sur, conocidos ahora como franceses, españoles y otros, dadas las voces de alerta por la llegada de los vikingos, raudamente partían a esconderse a los montes hasta que pasara el peligro, puesto que, es muy cierto, no hay fuerza más peligrosa  que un conjunto de seres humanos hambrientos.

En tiempos posteriores, analizando la secuencia de circunstancias que conformaban parte del diario vivir de los pueblos en Europa, podemos observar que los meses posteriores a la celebración de la fiesta del solsticio del hemisferio norte  los meses que precedían a la llegada de los períodos de labranza en los campos, bajo un extremadamente frío invierno, no permitía ningún tipo de actividad agrícola, el hambre hacía estragos en la población.

Mientras ello sucedía, las élites medievales dominantes de esas sociedades se dedicaban a un tipo de vida en el que sobresalía el lujo y el derroche. Para evitar convulsiones sociales —las cuales habrían sido una casi lógica reacción ante la escasez de alimentos, pues el hambre y la miseria hacían presa de la población— las circunstancias exigían la presencia de un artilugio que obrara de manera tal que, la población alcanzara a las primeras cosechas de alimentos de la primavera, sin alterar el orden desigual imperante.

Había necesidad de una válvula de escape social que mitigara el descontento de los famélicos habitantes; la solución más concreta la proporcionaba el Carnaval. Tres días de permisividad absoluta eran más que un deseo de expansión del espíritu, una necesaria válvula de escape de la sociedad.

Todo lo que se puede hacer con la carne vale decían los italianos y muchas poblaciones, como los hispanos y otros pueblos, daban rienda suelta a los placeres de la carne, el desenfreno sexual y permitir toda la gama de excesos.

Todo ello concluía, sin derecho a reclamo, en el advenimiento del miércoles de ceniza, cuando la población era obligada a ingresar a un período de total recogimiento y abstinencia. Cuarenta días en los que casi no se debía comer.

Muchas de las costumbres portadas por el colonizador hispano a un continente donde las condiciones eran diferentes fueron agresiones a las culturas de los pueblos que habitaban en la región. En el Tawantinsuyo, Estado ubicado  geográficamente  en el hemisferio sur, las condiciones climáticas eran totalmente diferentes, mientras el frío invierno castigaba Europa, un verano espléndido proporcionaba a la población beneficios  y el ser humano se dedicaba a la recolección de una rica producción agrícola.

Las sociedades originarias basadas y regidas por igualdad social  no conocían el hambre, puesto que  no existían las élites de casta, pese a todo lo que la historia oficial pretende explicar, siguiendo las políticas coloniales impuestas desde el inicio del periodo colonial.

Los pobladores de la región andina tenían sus piruas, graneros o depósitos, repletos de productos agrícolas, una extensa gama de éstos, que lamentablemente la gestión colonial ha pretendido destruir, como los cientos de tipos de papas  o cereales, gramíneas y alimentos altamente nutritivos que lograron sobrevivir y llegar hasta nuestros días, tales como la quinua, millmi y otros.

Para los Paka Jakis, Lupi Jakis, Zooñis, etc., pueblos y naciones que poblaban el Qullasuyo, la festividad mayor era aquella en la que dedicaban a dar cumplimiento o a ejecutar las rituales de agradecimiento propios de sus culturas. De esta manera, la festividad dedicada a agradecer a sus manes o divinidades era la ch’alla, ceremonia en la que se agradecía a Pachamama, achachilas, tayikas, qutamama y otras fuerzas protectoras, dependiendo de la región en la que se encontraban.

Era la fecha del calendario agrícola de estos pueblos que llegan a nosotros descritas por Johan Murra, inspirado por el concepto de “control vertical de un máximo de pisos ecológicos”. En el núcleo central o serrano se reunían la gran mayoría de habitantes, exceptuando aquellos que habían quedado al cuidado de los otros pisos ecológicos, para celebrar la fiesta de fiestas.

Los pobladores andinos, la sociedad chacha-warmi, kari-warmi, una auténtica forma de igualdad de género y sin distinción de edades, cumplían con las ceremonias propias del agradecimiento a sus manes por todos los dones alcanzados.

En la oportunidad también, y siguiendo algunos relatos llegados a nosotros por   la tradición oral se propiciaba todo aquello que hubiese sido producido en la comunidad, la repartición de la producción agrícola, su necesaria acumulación para evitar el hambre, tanto como lo distribución de los elementos materiales y aquellos  que hubieran generado excedentes eran quemados,  cuando los  integrantes de la comunidad, menores, adultos, así como ancianos, contaban con los objetos necesarios, era una forma de compartir con sus manes tutelares lo que el ser humano producía. Este  hecho nos permite apreciar muy de cerca la política de evitar la acumulación, imponiéndose el principio de los pueblos originarios que nos transmite la grandiosidad de ese pensamiento: “acumular es morir, redistribuir es dar vida”.

En la oportunidad, la comunidad  mostraba regocijo, no de la manera occidental, sólo propiciando el desenfreno de los sentidos, la festividad enmarcada en el tiempo de lluvias, Jallu Pacha. La población en su conjunto interpretaba y bailaba música, haciendo uso sólo de los instrumentos musicales propios, como los aerófonos o instrumentos de sonidos agudos, que propiciara la necesaria e imprescindible lluvia.

 

Tiempo del Anata

La Anata  podría resumirse como la comunicación espiritual y material que resume el agradecimiento de los seres humanos a sus manes protectores, cuya mayor expresión sería la ch’alla, agradecimiento a sus fuerzas tutelares por la excelente producción agrícola y por el reforzamiento de sus instituciones,  la reciprocidad y la fortaleza de la organización colectiva comunitaria.

Es también el periodo de afirmación y confirmación de las autoridades originarias, elegidas por un mandato único e impostergable, evitando de esta manera la continuidad de los puestos de liderazgo que en la cultura occidental son sinónimo de corrupción que no permiten la opción rotativa en el desempeño del liderazgo.   

Un ejemplo claro y específico de agresión colonial nos muestra como la leyenda de los pueblos zooñis, mal conocidos como urus, definición que los zooñis se niegan a aceptar puesto que  fue un apelativo impuesto por el clero, en venganza por no haber podido doblegar ni evangelizar a ese pueblo.

Los zooñis fueron víctimas de desprecio y se los quiso denigrar poniéndoles epítetos groseros, como el de huraño, del cual uru es una abreviación.

El hecho, registrado en la mitología de los zooñis, da una clara muestra de lo antes expuesto y nos relata que desde tiempos inmemoriales los zooñis se han dedicado a la actividad de la caza, pesca y recolección de huevos, siguiendo la descripción de sus mitos, ellos habrían olvidado al celoso dios Wary, considerado uno de los dioses de las aguas y las montañas. Wary, en un arrebato de ira, habría convocado a fuerzas afines a él  y dispusieron el exterminio total de los zooñis. Por el norte de la población del núcleo serrano, definido así por J. Murra, un inmenso y devorador sapo ingresaba al poblado; por el sur una no menos peligrosa y agresiva víbora se predisponía a dar fin a los pobladores; y para cerrar la mínima posibilidad de escape, miles de enormes hambrientas hormigas atacarían por el este del poblado.

Los aterrorizados zooñis procuraron refugio a los pies del cerro Pata de Gallo, de la ciudad conocida hoy como Oruro. Cuando todo presagiaba el cruel fin de los zooñis, fuerzas protectoras afines a las gentes de agua  hicieron aparición y convirtieron al devorador sapo y a la culebra en piedras, y en arena a las hormigas.

Los zooñis pidieron perdón a Wary y en agradecimiento a las fuerzas que los habían salvado de tan horrendo fin decidieron honrar a todos sus manes, estableciendo la Anata, como una festividad en la que rinden pleitesía a todos y cada uno de sus manes.

La leyenda concluye indicando que Wary, avergonzado por su acción, tomó la forma de Taruka, venado andino, se confinó en las entrañas de las montañas, desde donde pasó a prodigar dones a los zooñis, quienes, cada año desde tiempos inmemoriales honran a Wary interpretando música y bailando en su honor y también en honor de sus fuerzas protectoras para que les proporcionaran la totora, los peces y las aves necesarias para su sustento.

Reproduciendo la figura del Taruka, con la cual se manifestaba Wary —a la que la administración colonial, pretendió deslucir y confundir la tradición del Anata zooñi, contando con apoyo de la Iglesia católica— definió la representación del Wary o Taruka como el diablo o maligno, propiciando la danza, que a despecho de los prelados, ha sido reconocida como una de las danzas más bellas del género humano, caprichosamente denominada diablada, actualmente, parte  importante de la celebración de la festividad del Carnaval de Oruro “Obra Maestra de la Humanidad”.

Con el fin de hacer más efectiva la política colonial, las distintas administraciones impusieron que el Carnaval europeo válvula de escape social  fuera confundida con la espiritual e importante  festividad de los pueblos originarios que es la Anata. La incorporación de ambas festividades bajo el denominativo de Carnaval ha propiciado que  en la mentalidad de los pueblos andinos, en especial en el moderno Estado Plurinacional  de Bolivia, se desarrolle un espacio festivo confuso y sin mucho sentido  aparente.

Empero, y al no haber alcanzado su objetivo, toda vez que la población de las ciudades como Oruro, Cochabamba, La Paz, Potosí y de casi toda Bolivia, año que pasa  realzan con mayor ímpetu la celebración de la ch’alla, como la expresión más alta del Anata, ritualidad que no ha podido ser reinterpretada por la religión católica, como casi todas las fiestas de los pueblos originarios lo han sido, y que demuestra la presencia, innegable, del pensamiento del Tawantinsuyo en la vida cultural y social de la moderna Bolivia, la intencionalidad del pensamiento colonizado, aún vigente en la vida nacional, ha logrado extender un amplio manto de confusión en lo relacionado al tema.

En 1977 la Unesco de Naciones Unidas, dentro de su programa para la proclamación de Obras Maestras del Patrimonio Oral e Intangible de la humanidad, proclamó al Carnaval de Oruro, festividad zooñi ancestral, como primer Patrimonio Cultural Oral e Intangible de la Humanidad.

Como una clara muestra de la política colonialista y colonizadora, vigente aún en nuestros días, la Iglesia católica  sustituyó a la tradición zooñi  por una hierofanía, en la que el bandido Chiruchiru apuñalado por el padre de la mujer con la que huía, llegó a un hospital ayudado por una mujer que portaba un niño. El bandido murió en el hospital y en su refugio en el cerro Pata de Gallo  encontraron imágenes de la Virgen de la Candelaria. Esta hierofanía pasó a sustituir a la leyenda zooñi, celebrando al presente la fastuosa festividad de los zooñis  en honor a este hecho religioso.

Como hemos expuesto, la confusión que ha sembrado la política colonial, que aún se mantiene vigente en nuestros días, obra de manera totalmente negativa, puesto que confunde el sentido que para los pueblos andinos representa una de sus expresiones espirituales más altas, la ch’alla del Anata, confundiéndola con una expresión superficial y sin otro fin ni propósito que alcanzar desenfreno y excesos.

El ejemplo con el que hemos ilustrado las bases de nuestra investigación expone claramente  la agresión cultural a una alta manifestación cultural, hoy Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Estos extremos se pueden claramente observar durante la realización de la fastuosa Entrada de Oruro, donde las danzas ancestrales vernáculas, que han sido modificadas y sofisticadas en alto grado, sufren la provocación del juego con agua, bajo el justificativo de “es Carnaval y en Carnaval hay que jugar con agua”, sumando a este argumento que la mejor manera de mostrar alegría y júbilo es recurriendo al abuso del alcohol.

La confusión y otras similares, perpetran daño a las tradiciones milenarias de los pobladores; por ejemplo, en  La Paz, que cuenta con tradiciones propias cuyos antecedentes han sido proporcionados por la mitología de los pobladores de la zona, como el Jiska (pequeño) Anata y Jacha (gran) Anata, en los que se honran a los manes tutelares, como el Kuntur Mamami, pero que y como lo hemos descrito ampliamente, son inscritas bajo los esquemas del superficial  carnaval europeo.

La agresiva política neo-colonizadora, no sólo agrede el sentido de las festividades andino-originarias, sino que atenta de manera directa a la reconstrucción de la verdadera historia a la que tienen derecho todos los pueblos que, por razones de opresión ha sido y es negada por el colonialismo y la adhesión de determinados sectores a estas políticas.

 

 

Confidencial

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