Notas para romperse una pata

De la crueldad intra-laboral: El método Grönholm

La autora reseña la obra teatral dirigida por Álvaro Manzano
domingo, 03 de marzo de 2019 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro 

Bolivia es un país donde las horas extra rara vez se pagan y en general entran bajo el concepto de “ponerse la camiseta”. Es por eso que la búsqueda de un nuevo empleo con todos los derechos (que algunos llaman beneficios) es una pequeña búsqueda pirata del tesoro y uno está dispuesto a convertirse en cualquier persona -o en cualquier cosa- para adquirir el laburo que dé aportes y un buen seguro médico (en tantos casos, ese es el soñado). 

Por otro lado, conseguir un empleado ideal para una empresa o cualquier puesto es también muy difícil. Esto se debe a que hay que ser muy minucioso al contratar a alguien porque se busca a dos tipos de personas.

Por un lado, están los que no son una pérdida de dinero en una empresa, por ejemplo los(as) que poco se enferman y poco piden, y/o las que están decididas a no tener hijos. Por otro lado, también se busca a los que hacen ganar dinero a la empresa, que son los (las) estrategas y mañosos(as).

 El método Grönholm es el retrato de esta búsqueda, pero con un pequeño giro, ya que es la búsqueda del artero con una buena espolvoreada de humanidad. Esta obra fue escrita allá en el 2003 por el dramaturgo catalán Jordi Galceran y fue puesta en escena en varias ocasiones en España y hasta tiene su propia versión en formato de película para televisión. En nuestro contexto, fue puesta en escena por Álvaro Manzano. 

Pero poco hay de nuestro contexto (salvo “canchas, muchas canchas” y galletas de coca artesanales), lo que en un principio muestra la universalidad de esta obra. Y la universalidad del ser humano. El método Grönholm es un juego de rol, es la capacidad de mentir, en una primera instancia. En otra, es cómo la mentira y los papeles asignados pueden sacar a luz la  empatía, la tolerancia, o la humanidad-(in)humanidad.

 Cuatro personas (interpretados por Javicho Soria, Mauricio Toledo, Natalia Peña y WinnerZeballos) están esperando pacientemente por una entrevista de trabajo en la cual hay una serie de pruebas –muy poco ortodoxas– en que cada uno de los participantes se muestra en una situación de vulnerabilidad y el resto debe tomar el rol de Recursos Humanos. ¿Hasta dónde llega la empatía y la comprensión por el otro en el ambiente laboral? ¿Hasta qué punto un laburante es un humano y hasta qué punto es un porcentaje? Esto es parte del enigma que estos aspirantes y el público deben resolver. La otra incógnita, igual de laberíntica, es saber quién es quién, hasta ellos mismos.

 Esta obra ha ido versificándose de varias maneras, y esta puesta en escena no es una excepción. Hay unos nuevos elementos que hacen de la tensión de esta obra mucho más fuerte, y, en cierto punto, más obscena. La primera es la omnipresencia de la tecnología. Desde un principio pisa fuerte con la escenografía. En varias puestas en escena que se realizaron de El método, se observa el uso de paneles o rejas para reforzar la idea del encierro y del límite: los de afuera y los de adentro, los observadores y los observados, el rol y la realidad. En esta versión, el encierro es un cubo de cables de luces LED que nos deja bien en claro las fronteras. La tecnología es un recordatorio constante de que ya no se trata de un buzón, de que ya no hay una lejanía en la comunicación, sino en la inmediatez, en la vigilancia: códigos QR, fotos, posteos, mails en el celular. 

Esto hace que, conforme el tiempo va pasando, la postura de Galceran se vaya fortaleciendo cada vez más. El mensaje de la empresa ya no sólo llega a un buzón común, llega a uno de los aspirantes en específico. Se ratifica la vigilancia desde adentro y desde afuera, se refuerza el control. El teléfono celular ya no está para que el aspirante se comunique con los suyos, sino para que nos demos cuenta de que en realidad, él está a total disposición de la empresa china en la que quieren trabajar (otro pequeño cambio realizado, más adecuado a nuestra realidad). Es más, enfatiza mucho de las peripecias laborales de hoy en día.

 En esta versión (y creo que sólo en ésta) de El método hay un elemento que me parece transcendental para uno de los temas que más toca: uno de los personajes está en silla de ruedas. Si estamos frente a una obra donde la empatía es un tema central, es un momento para poner a sus personajes en una situación de mayor vulnerabilidad (aunque el tema de la discapacidad no se toque). ¿Y? ¿Qué piensan? ¿Hasta qué punto la empatía no se confunde con la convalecencia?

 ¿Y cómo esta obra resulta ser una comedia? (teniendo en cuenta además que uno de los actores es uno de los íconos de la comedia boliviana, Javicho Soria) Porque nos reímos de la desgracia ajena. Nos encanta. Porque sabemos que podemos estar allí, en esa situación horrible, pero esta vez no nos tocó. Y esa es una empatía perversa, la del público.   


 

 

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