El Chicuelo dice

Las insignificantes criaturas de los años treinta

La Revista Policial es para el escritor paceño Wilmer Urrelo la materia prima de este cuento que evoca a uno de personajes que forma parte de la “Galería de delincuentes”.
domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:04

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Entonces dígame, inspector Loayza, qué hacer cuando uno aparece por primera y última vez en la “Galería de delincuentes”, esa sección extraña y morbosa de la Revista policial, la revista que se publicaba en 1937 allá en la ciudad de La Paz. 

Qué hacer, qué actitud tomar cuando el tomberío te caía, cuando el tomberío mejor dicho me cayó en el hotel América en Oruro, cuando me disponía a ver si los zapatos que había comprado ayer ahora sí, como por arte de magia, ya me cabían sin sentir el dedo gordo del pie aplastado: cómo y en qué momento, dígame, los tombos cuando entraron a la habitación, si te mueves te quemo, y el inspector Loayza, la nariz torcida, dónde están las joyas de la señora Daza, las cejas espesas, di de una vez, Loco. Qué hacer, pues, cuando uno ni siquiera ha desayunado, cuando uno ni siquiera tiene zapatos que le calcen bien. Qué cuando Loayza, el inspector de Policía, la espalda ancha, se enfurece más aún por mi silencio, las manos de dedos gruesos, te he dicho mil veces, Loco, nada de meterse con la gente de ese lado de la ciudad. 

Qué, pues, cuando de pronto la mano del inspector Loayza cayendo sobre tus mejillas, Loco, nada del otro mundo, un roce, una caricita no más, ahora di dónde están las joyas de la señora Daza, cojudo. Qué hacer si el Loco, si este Clodomiro Torrico (o Torres), alias el Loco, se queda callado, si no dice nada mientras yo le pego primero con las manos abiertas, para que luego no se queje con el jefe, me han pegado, me han sonado como les ha dado la gana, patrón. Así que por si acaso no más primero sólo con las manos abiertas, recalco, a ver si así reflexiona y dice mejor hablo antes que me muelan: di de una vez, Loco, dónde has escondido las joyas de la señora Loayza. 

Por si no lo saben aún ese de la foto de perfil, la cara asustada, la corbatita clara, el traje oscuro, el gallito en el cabello que por más que mi mamá me decía ponte azúcar con limón para que no se levante, por más que me decía yo ni caso, a mí me gustaba así, má, por eso tal vez desde chiquillo me decía el Loco: este mierda haciendo sus reglas desde que era de este tamaño, allá en Capinota de donde dice que es, y miralo ahora a este sonso, dice el inspector Loayza, tirándose las joyas de la señora Daza, ¿sabes a qué casa te has metido vos, cangrejo? El Loco sólo sonríe, las encías con su poquitín de sangrita, porque el inspector Loayza a esas alturas pegaba con las manos cerradas, te hemos dicho clarito, nada de ir por esos barrios, tu lugar es el mercado. ¿Qué queriendo has ido por ahí vos? El Loco o Clodomiro Torrico (o Torres) no dice nada, sólo busca con los ojos los zapatos que adquirió justo ayer, carajo, ni cómo pedir permiso al inspector e ir ahora a la zapatería y decirles no me caben, no sé qué ha pasado pero creo que mi pie ha crecido desde anoche. No sé, dos, tres centímetros. ¿Será que me puedo hacer la prueba otro parcito? 

Qué, y ahora qué hacemos con el Loco, inspector Loayza, qué hacemos y cómo procedemos para buscar y hallar, y devolver de manera inmediata, como nos ha ordenado el jefe, las joyas a su legítima propietaria: la señora Daza, una señora medio rubia, alta, eso sí, por lo menos dos o tres cabezas más que el jefe, la señora Daza que no ha venido a la comisaría en persona si no que ha mandado a su empleada, han robado en la casa, se han tirado las joyas de la señora. Y yo ahora qué hago no sólo con los zapatos que ya no me entran, por más esfuerzos que el Loco hizo, por más que colocó hace unos minutos, hace poco antes que el inspector Loayza abriera la puerta del hotel de un patadón: colocaré las medias hechas una bolita a ver si el cuero así se agranda. Qué, Loco, qué hacer ahora que el tomberío busca por toda la habitación mientras el inspector Loayza te dice eso me pasa por confiar en la gente, eso me pasa por buena gente, por decirle dame tu palabra y te dejo trabajar como si nada en el mercado, eso me pasa por.

En ese instante uno de nosotros saca un bulto debajo del piso, este carajo había movido una tabla, y ahí estaba, inspector, mire. El Loco se sienta en la cama, extiende las piernas, cómo devolver los zapatos, tal vez decirle a uno de los tombos si vos me lo vas a reclamar, hermanito, si vos corres a la zapatería y dices mi amigo ha comprado un par de zapatos ayer pero ya no le quedan, disculpe. ¿Ves, Loco?, dice el inspector Loayza, ¿ves cómo ustedes me hacen renegar todas las semanas?, ¿ves que no hay ni una semana de tranquilidad para mí? Busco con la vista, ya para qué mis zapatos nuevecitos. Los zapatos nuevos, para qué ya, los que el Loco no se calzará, los que de manera increíble se hicieron chiquitos de la noche a la mañana, no sé, dos o tres centímetros más enanos, y justo del dedo gordo, que es de donde más me aprietan. ¿No podría uno de los muchos ir a? 

Claro que ante la propuesta el inspector Loayza me da un huaracazo, con razón te dicen Loco a vos, por hablar burreras. Esta vez el golpe es con la mono cerrada, lado derecho, más abajito del pómulo, por eso estos de la Revista policial sólo ponen mi foto de perfil, para que no vean semejante verde que tengo ahí. Eso. Esa la historia de mis zapatos nuevos y mis pies que crecen por la noche, no se dos o tres centímetros, es la historia de las joyas de la señora Loayza: aunque sería lindo saber ahora qué hacemos, inspector Loayza, qué con estas criaturas pequeñas y misteriosas y lejanas, pequeñas y volubles, qué, señora Loayza, con esas criaturas que de pronto aparecen por un rato, por un tiempo en la Revista policial, año I, número tres, sección “Galería de delincuentes”, junio de 1937. Y que luego desaparecen, ¡plaf!, tan repentinas, tan insignificantes, tan nada: como si nunca hubieran existido.

 

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