Matasuegra

No por mucho madrugar…

“Ese sol de gloria del que le habla el hombre al niño, al inicio y al final de la película, se queda sólo en palabras”, señala Willy Camacho en su reseña de Avaroa, el sol de la gloria.
domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:05

Willy Camacho Escritor

En medio de los tradicionales actos conmemorativos que se celebran en Bolivia, especialmente en La Paz, por el Día del Mar, 23 de marzo, me llamó la atención que en la cartelera de los cines se anunciaba una nueva película boliviana: Avaroa, el sol de gloria. Y claro, considerando que desde colegio hemos escuchado la hazaña del más importante héroe boliviano, fui a ver el filme, seguro de que, al menos, iba a salir muy emocionado de la sala. Pero desde las primeras escenas comenzó la decepción.

La película comienza a guisa de documental, con imágenes de noticieros televisivos luego del fallo de La Haya que enterró nuestras esperanzas de obtener acceso soberano a las costas del Pacífico. Luego, siguiendo la receta de filmes exitosos, como Rescatando al soldado Ryan o Titanic, se ingresa a la ficción en un tiempo presente, actual, donde se ve a un señor conversando con un niño en un ambiente que podría ser una biblioteca. El hombre, con un tono declamatorio, le habla al niño sobre Avaroa, el sol de gloria, y ahí hay una analepsis para permitir que comience lo que nos interesa, ese episodio histórico que tanto nos enorgullece y entristece al mismo tiempo: la invasión chilena de 1879 y la posterior inmolación de Eduardo Avaroa en el puente Topáter.

De entrada, las actuaciones son de malas para abajo. Ojo, hablo de las actuaciones, no de los actores. No me consta si los actores y actrices tienen talento y oficio en otros ámbitos (teatro, televisión, etc.), pero en esta película su trabajo deja mucho que desear. Y creo que aquí tiene mucho que ver el director y guionista, Camilo Maldonado, quien finalmente es la voz de mando en el rodaje y decide la cantidad de tomas y guía la labor de sus actores. Si todos los actores fallan, hay que suponer que la falla viene de la dirección.

Sólo por mencionar una cosa: el acento de los chilenos. Un actor logra reproducir el acento de nuestros vecinos, los demás son burdas caricaturizaciones, y para colmo, el actor que interpreta al general del Ejército enemigo ni siquiera hace el esfuerzo, habla como un colla más y asunto acabado. Claro, eso tiene que ver también con la preproducción y con el bajo presupuesto, pues lo ideal habría sido contratar a actores chilenos.

Y lo errores de producción se suceden uno tras otro a lo largo del filme: aparece algún personaje luciendo una camisa Polo y hay otra marca moderna que no recuerdo ahora (ninguna existía en 1879). En la puerta de un despacho hay una cerradura moderna, de las que inventó Yale y se popularizaron ya entrado el siglo XX, pero que en 1879 no existía. Como seguramente no había presupuesto para movilizar grandes cantidades de extras con el vestuario de época, la movilización de tropas se registra con un recurso aceptable: en gris y primer plano, solo se ve el paso de las botas. Claro, con 10 colaboradores se puede hacer eso y el efecto se consigue: que el espectador imagine una gran cantidad de soldados avanzando al campo de batalla. Sin embargo, el problema es que varias botas, la mayoría quizá, tienen suelas de goma y diseños que no corresponden con la época. Por otra parte, en una explanada donde se prepara la defensa de los bolivianos, se aprecia con nitidez las huellas de oruga del tractor que seguramente niveló el lugar para dar comodidad al rodaje (obviamente, esos tractores no existían en 1879). Asimismo, en una toma externa, se aprecia el cableado eléctrico de fondo. En fin, son una serie de errores de producción que bien podrían haberse disimulado en posproducción, ahora que la animación digital está tan avanzada.

Pero claro, si el presupuesto no dio para lo primero, tampoco habrá habido para lo segundo. De hecho, los efectos digitales son patéticos. En la secuencia final del combate, comienza a llover, pero nadie se moja, ni siquiera se ve gotitas en los uniformes rojos de los chilenos. De los fusiles salen chispitas de risa, la sangre salta con los balazos, pero luego no hay rastro de sangre en el piso ni en la ropa. En algún caso, la herida de bala, añadida digitalmente, se mueve de lugar. O sea, el colmo de la pobreza.

Si eso es malo, con el guion se termina de sepultar este intento de película. Es que no hay picos, es una estructura narrativa plana, que ni siquiera se altera un poquito en lo que debería ser el clímax: la inmolación de Avaroa. Es más, el guion no construye la figura de un héroe, sólo se presenta a un tipo valiente y patriota; hay más heroísmo en el sargento obeso de los Colorados, que pese a haber sido expulsado del Ejército, ante la invasión, no duda en defender el país, incluso sin armas. Quizá se dieron cuenta de este detalle y procuraron incluir una escena para caricaturizar a este personaje, burlándose de su sobrepeso, con la típica musiquilla burlesca de fondo.

Imagino que luego del fallo de La Haya, algunos amigos se juntaron y planearon hacer una película para aprovechar el momento, montarse en la cresta de la ola y hacer algo divertido y, quizá, de paso, algún dinerito. Obviamente, para que el plan funcionara, había que apurarse, y así lo hicieron, pues el fallo se leyó en octubre de 2018 y en marzo de 2019 la película fue estrenada. Quizá el director y los productores se guiaron por el refrán, “A quien madruga, Dios ayuda”, y quisieron madrugar a cualquier otro intento de producción similar, porque para ganar dinero, sería vital no competir con otra película sobre el tema marítimo.

Pero el refrán que más se adecúa a este filme es “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Y en este caso, no amanece nunca. Ese sol de gloria del que le habla el hombre al niño, al inicio y al final de la película, se queda sólo en palabras, en declamación cursi y patriotera. Para colmo, en el crédito final aparece el título de la siguiente manera: “Avaroa, el sol de Cloria”, ¡con C!

En todo caso, me madrugaron a mí y a las otras personas que fueron a ver esta película. Los 45 pesos peor gastados de mi vida.

 

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