Discos perdidos

El disco que nunca fue, la ópera rock truncada

Jorge Valda escribe sobre la ópera rock, un proyecto que impulsó The Who.
domingo, 14 de abril de 2019 · 00:00

Jorge Valda Literato y politólogo

The Who son pioneros en muchos aspectos, inventaron la violencia escénica, por citar un ejemplo. Si los Beatles era la banda de chicos buenos  y los Rolling Stones la de los chicos rebeldes, los Who eran unos salvajes. La forma que tiene Pete Townshend de rasguear y pisar los trastes, son los pilares que sostienen el hard rock; le dio fuerza a las canciones. En 1969, el grupo dio un giro ambicioso, acuñaron un nuevo concepto: la ópera rock.

Tommy es un disco narrativo, algo bastante inusual en ese momento y marca una ruptura: de lo radiofónico a lo conceptual. Desde que la música es industria, lo que busca son éxitos, los discos fueron concebidos bajo ese enfoque, canciones cortas, estructuras simples y pegajosas; productos de consumo masivo. El concepto implica plasmar el disco como una obra que no puede ser desmembrada en éxitos transitorios; es una revolución por sí misma.

Durante la gira del Tommy, una de las más exitosas del grupo, Townshend se sintió conmovido por la reacción del público, sentía que esas vibraciones (la masa viva de la audiencia), provocaba un efecto catártico y de éxtasis permanente. Es el embrión de una idea que tratará de desarrollar para el siguiente disco, una obra conceptual que pueda reflejar las diferentes facetas de la audiencia. Utilizando los nuevos recursos tecnológicos, trató de concebir una máquina capaz de generar temas que puedan expresar la individualidad del público. Townshend diseñó un método, programar el colosal sintetizador VCS3 en una secuencia, alimentada con los datos de un individuo: su estatura, peso, sigo zodiacal, creencias, comportamiento y demás, asignando notas a cada variable, cuyo resultado es un retrato musical. 

Ese fue el punto de partida del proyecto Lifehouse, que debía culminar en un concierto armado con esos retratos musicales, canciones concebidas para cada individuo. Aún para nuestros días, es demasiado ambicioso. Thownshend redactó una historia futurista, el colapso de la humanidad y su redención a partir de la música, recuperando la individualidad perdida. Pero el guitarrista no pudo materializar sus ideas, llevándolo al colapso nervioso. La banda no entendía el concepto, esa cacofonía universal que debía cerrar el concierto. El proyecto fue abortado, pero muchos elementos fueron reutilizados en la placa de 1970, Who’s Next. Algunas de esas ideas también fueron utilizadas para el disco solista del Thownshend, Who Came First de 1972 y Who Are You de 1978. El guitarrista trató de retomarlo, muchas veces, sin mayores resultados, siendo el gran fracaso de su carrera.

En 1999, para cerrar definitivamente esa etapa, puso en marcha un recopilatorio de seis discos para reflejar la totalidad el proyecto, comenzando por los demos, siguiendo con los temas y los experimentos con el sintetizador, junto con arreglos de viejas canciones regrabadas para la ocasión; pero tal vez el aspecto más interesante se condensa en el disco cuatro, una reinvención del proyecto desde lo sinfónico. La parte narrativa fue adaptada en una radionovela, compilada en los últimos dos discos. Con eso teníamos un panorama global de la intención original y de la secuencia narrativa. Todo artista tiene obsesiones que moldean su obra y los proyectos fallidos, se convierten en una suerte de fetiche, siendo la marca personal de cada artista. Es muy complicado olvidar viejas ideas, es casi doloroso dejar a un lado las obras inconclusas, tenemos la necesidad de volver sobre el producto, armarlo y deshacerlo en ese ejercicio fútil que añora la perfección.

En 2005, Townshend no pudo resistir la tentación y acomodó sus ideas en un texto narrativo, The Boy Who Heard Music, adaptado en una miniópera que cierra el último disco en estudio de The Who, Endless Wire de 2006. Ayudado por el músico y matemático, Lawrence Ball, en 2007 lanzó la página web Lifehouse Method, materializando la idea original. 

Los usuarios alimentaban un software con datos personales y el resultado era una secuencia musical única. El propio Ball, el 2012 sacó un disco doble, compilando algunos de los resultados obtenidos a través del método. Es un álbum muy raro, repetitivo, pero condensa muy bien la intención original: el retrato. El artista y su obra, es una relación compleja de odio y amor, puede ser la mejor idea del mundo, pero si no logra concretarse, es sólo una elucubración que nos atormenta. El tiempo no perdona; en 2018, ya como un capítulo final, Townshed puso en marcha una versión definitiva, Music from Lifehouse, grabado en vivo, que restituye la secuencia narrativa original y compila todas las canciones que fueron grabadas para proyecto.

Un punto final, quizá, es la obra de una vida, el disco que nunca fue, la ópera revolucionaria que debía cambiar la manera como percibimos la música, como la entendemos, analizando esa relación compleja que nos sublima. 
 

 

 

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