Resúmenes cotidianos

Guitar Hero

Álex Aillón Valverde recoge mensualmente algunos de los escritos que realiza y ensaya a través de las redes sociales a manera de prosas breves que, a veces, con suerte, se infectan de poesía.
domingo, 14 de abril de 2019 · 00:02

Alex Aillón Valverde Escritor

La persecución 

Bajaba a la ciudad con mis audífonos escuchando Franco de Vita al borde de las lágrimas -uno de viejo se pone nostálgico- cuando del espacio extraterrestre apareció mi ex en una esquina. Qué escuchas me dijo, subiendo una ceja y mirándome fija e inquisidoramente. Bob Dylan, mentí. Y qué estás leyendo. Perec, recontra mentí. ¿Ah sí? A ver, déjame oír. Salí rajando mientras ella corría tras mío tratando de quitarme los audífonos. Cruzamos en persecución la plaza, el parque, la estación y cuando llegamos al siquiátrico nos detuvimos exhaustos, nos miramos un instante y nos cagamos de risa. Te odio, le dije. Yo también, me respondió. Y nos despedimos para siempre.

 

Lo bonito

Solía escribir bonito. Ahora ni eso. Mi padre reventó de risa cuando mi primer poema se lo dio a mi madre para que lo leyera y ella dijo “bonito”, él en cambio me miró y sentenció “estás jodido, un poema no puede ser bonito”. Pero yo pensaba “bonito no está mal, bonito es suficiente”. Lo bonito no alcanza lo bello, lo hermoso, lo excelso. Durante un tiempo intenté descubrir y llenarme del significado de esas palabras, pero luego me di cuenta que nunca había oído a las personas sencillas pronunciarlas. 

Esta mañana miro el pesado y oscuro vuelo de un moscardón que busca asentarse torpemente sobre una margarita. Lo horrendo y lo maravilloso vuelven a hacer equilibrismo en mi mirada. Mi corazón es una flama.


Contar

A mí nunca me gustaron las matemáticas. Y sin embargo contar era lo mío. Contar. Quién lo diría. Su principio más noble, simple, esencial. Nada es triste en el mundo cuando cuentas las cosas. Comencé contando las montañas de los Cárpatos, luego conté sus lunas, sus atardeceres, sus años, los siglos interminables. Jamás perdí la cuenta de nada. Alguna vez conté todos los edificios de la ciudad a orillas del Hudson que son como las estrellas en el cielo del asfalto. Hasta que una de esas noches, bajo el puente de Manhattan, la encontré. Comencé contando las cicatrices de sus brazos, los alaridos de sus pesadillas, las estaciones grises de su memoria, luego las oscuras pulsiones de su corazón, las partículas de su aliento. Para cuando la mordí ya me había perdido en el desorden de su sangre. 

Ahora ya no cuento. A ella no le gusta. Lo considera una pérdida de tiempo. El amor me ha empujado a operaciones más complicadas, absurdas. Sin embargo, cuando miro un rebaño de nubes mis ojos muertos se iluminan y comienzo a contar como quien entona una hermosa sinfonía: una nube, dos nubes, tres nubes, ¡ah! tres hermosas y gentiles nubes. Y la felicidad es conmigo, nuevamente.

Lo neutral boliviano

A los bolivianos no nos gusta ser categóricos por miedo a equivocarnos. Por eso pueden decirte que el aeropuerto se encuentra medio lejos, para decirte que también está medio cerca; si te dicen que estás medio guapo, quiere decir que también estás medio feo; si te dicen que eres medio inteligente, entonces también eres medio cojudo. Nos gustan las medianías, las medias tintas, esa es la forma en que vivimos nuestro tenebroso equilibrismo cotidiano. Hasta ahí todo bien, todo lo aceptamos de buena gana e interpretamos de la manera que más nos convenga, hasta que la persona que te gusta se acerca y te dice que está medio enamorada, entonces ves rojo, la ecuación se termina, no piensas que por el otro lado está medio desenamorada. Exiges certezas. Compromisos. Firmas. Iglesias. Se acaba lo neutral boliviano. Comienzan los problemas.

Lo oscurito

Algunos bolivianos (hombres, mujeres y derivados) tenemos alma de guías turísticos. Nos gusta llevar a nuestros visitantes que llegan de países extranjeros y que no han conocido el amor en el espacio y lugar adecuados al lugar y espacio donde el amor es adecuado. Nosotros le llamamos lo oscurito. En lo oscurito nos explicamos y ellos se explican. No hay necesidad de idiomas adicionales, traductores ni aplicaciones afines. En lo oscurito las lenguas se hablan mejor, los cuerpos se saludan mejor y las sangres se confunden mejor, porque no solo de montañas, ríos, paisajes y pachamamas vive el hombre. Hace tiempo que no llevo a nadie a lo oscurito, ni nadie me lleva a mi, pero recuerdo cuando lo hacía, me sentía un héroe nacional, el guardián del bosque, el man que tenía el mapa completo de Bolivia.

Lo que existe 

Por tu culpa terminé llorando la eternidad que no me corresponde sobre un puente que no existe. Por tu culpa dos rabinos crueles me dieron una golpiza por tratar de discutirles la existencia de Dios sobre un puente que no existe. Por tu culpa alguien me robó mi último par de Adidas mientras dormía la borrachera bajo un puente que no existe. Por tu culpa terminé lanzando aviones de papel al vacío desde un puente que no existe. Ahora el puente existe. En este mismo poema. En cambio tú.

Guitar Hero

Estaba haciendo pedazos el Guitar Hero. Me había paseado por todas las de Slayer, le di duro a Eruption de Van Halen, mis dedos volaban en Megadeath y Metallica era mi nena. Ni una falla, ni una maldita falla. Eres el puto Steve Vai, me repetía mientras hacía arder la consola. Luego decidí descansar, era demasiada maestría, fui al refrigerador, tomé una cerveza, luego regresé, prendí de nuevo el aparato, en la lista saltó Still loving you, dudé un momento, pero apreté el botón y mientras la tocaba me puse a llorar como un marica.

Buscar el amor

Me aburría como una langosta viendo Netflix así que salí a la calle a buscar el amor. Pero en estos tiempos resulta que no es fácil entontrarlo, los lugares donde solía estar ahora no existen, te envían a direcciones fantasmas, donde se levantan torres de torres de concreto o simplemente habita el vacío. Recorrí los supermercados, las plazas, las iglesias, los saunas, las librerías y cuando ya oscurecía entré en una cantina y ahí estaba el amor, con un cigarrillo en la mano, una peluca rubia y un lunar pintado en la mejilla arrugada. Le invité un trago y después de confesarle francamente cuánto había cambiado desde la última vez que nos vimos, pagué la cuenta y me fui. El tiempo no pasa en vano, ¿viste cuánto maquillaje?, pensé y volví apresurado a ver Netflix.


Cuando me dejaste 

La primera vez que me dejaste lloré cien años seguidos, sin parar. La segunda lloré cien años más mientras veía cómo unos pájaros oscuros se posaban sobre los cables de alta tensión y no dejaban de mirarme y me decían: “ya calma viejo, esas cosas suelen suceder”. A la tercera los pájaros oscuros y yo nos encontrábamos en la cantina de la esquina celebrando no sé qué, riendo como unos malditos desquiciados.

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