Para verte mejor

El drama de Notre Dame

Lucía Querejazu escribe sobre el valor que se le da al patrimonio y a un monumento como la catedral francesa, que sufrió un devastador incendio el pasado 15 de abril.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:00

Lucía Querejazu  Historiadora de arte

Umberto Eco nos transmitió la idea de todo lo que hacemos como sociedad occidental es tratar de resolver los problemas planteados en la Edad Media. El pensador italiano fue una de las brillantes mentes que vieron a la Edad Media como lo que fue, una época inquietante en la cual no sólo se perdieron cosas y se desaprendieron saberes o desaparecieron los órdenes previos, también fue un momento de sembrar todo de nuevo.

Fue una época en que las catedrales y conventos ardían como fogatas regularmente  y que pensar en la Edad Media es esencialmente pensar en el fuego. Un poco de eso hemos vivido esta semana, un poco de la angustia de ver cómo todo lo que hacemos es ultimadamente muy frágil.

La Edad Media fue también un tiempo de innovación y superación de ese olvido cuyas primeras víctimas fueron los hombres y mujeres que vivieron su tiempo. Se fueron abriendo camino y con pocos medios y menos opciones lograron desarrollar las técnicas constructivas y lograr construir iglesias que sobreviviesen a los fuegos. Así, las comunidades más pudientes canalizaron sus esfuerzos en la construcción de templos de fe seguros para el albergue de la devoción y de las reliquias que tanto atesoraban. Y aunque sabemos que este esfuerzo implicó trabajos forzados, malas pagas, muerte y abusos, a nosotros nos queda más bien valorar el resultado y reconocer el esfuerzo.

La construcción de Notre Dame inició en 1163 durante el reinado del rey Luis VII y se completó en 1345, más de 180 años después. Iglesias de piedra como ésta son justamente el resultado de ese esfuerzo por evitar el fuego que consumía a las de madera en su totalidad. Este, del 15 de abril  no es su primer fuego, ni su segundo siquiera, ya había aguantado mucho fuego en sus primeros años. Pensemos que tan sólo en la estructura de madera del techo entró todo un bosque de cedros. Entonces cuando este bosque arde, duele, porque en cuestión de horas desaparecen siglos de historia, tecnología, sudor y sangre. Un esfuerzo que dolió a los cientos de miles de trabajadores que cargaron sus materiales y que perdieron salud y vida en su elaboración, porque es el símbolo del esfuerzo colectivo y de la capacidad humana para crear cosas bellas. Se hizo por una fe en específico, sí, pero somos capaces de valorarla más allá de eso.

Una edificación de esa magnitud y ambición, que debía ser un espacio de comunicación con Dios, no era fácil de construir. Tanto técnica como económicamente una catedral gótica es una maravilla. Técnicamente, lograr la elevación y los espacios de luz que tiene en su interior y que no se caiga es todo un logro, un avance de la ingeniería y el diseño que en un feliz matrimonio lograron edificios exquisitos y delicados a pesar del peso de las piedras y estructuras de madera combinada con la fragilidad de los vitrales.

 Por el otro lado, lograr los recursos para que se consiga la piedra, se la cargue hasta el sitio, se la pique, talle, arme, es un esfuerzo enorme que la literatura ha sabido bien reflejar en novelas como Los Pilares de la Tierra de Ken Folleto o La Catedral del Mar de Ildefonso Falcones por nombrar algunas. Claramente ya no es tan cotidiano para nosotros ser testigos en tiempo real de la destrucción de un templo, aunque en el mundo musulmán los destrozos cometidos por los conflictos de las últimas décadas solamente han dejado la memoria de la humanidad sin una parte vital de su historia. Pero en la Edad Media la destrucción y la muerte eran cotidianos, la catedral era la luz.

La reconstrucción de Notre Dame ha generado una abrumadora recaudación de fondos que ha dejado asombrado al mundo. Y es justo decir que parte del asombro es indignación, porque esa plata que tanto se necesita en otros espacios se desembolse con tanta facilidad por una iglesia. Coincido con toda la gente que piensa que el incendio de un bosque, como efectivamente sucedió el mismo día en México, es peor. Pero creo que es importante que entendamos que la importancia de Notre Dame no estuvo dada, fue trabajada y labrada a lo largo de los siglos y no sólo por la Iglesia. Seguramente han leído ya que fue el lamentable estado de la iglesia uno de los motivos para que Víctor Hugo escribiera su famosa novela en torno a ella y que gracias a esa popularidad y la toma de conciencia paulatina se pudo lograr que poco a poco se destinase tiempo y plata a proteger la catedral parisina.

Esa conciencia se debe labrar por los bosques tanto como por nuestro propio patrimonio. Se debe hacer por Curahuara de Carangas que insisten en llamar la Sixtina de los Andes y quieren que se la valore por lo que es. ¡Es absurdo! El momento que dejen de llamarla así y la conozcan, vayan, la valoren, lean las investigaciones y apoyen la solicitud de fondos, podremos con toda certeza reclamar que otros gasten en su patrimonio, que después de siglos, aprecian y cuidan. 

No es nuestro caso por mucho que esta realidad sea injusta. Francia ha construido su identidad nacional en torno a una lengua y a unas formas parisinas de ser en detrimento de la pluralidad y diversidad que alguna vez albergó. Este esfuerzo que se inició en el siglo XVII ve sus frutos ahora, en las toneladas de plata destinadas a restaurar Notre Dame.

 


 

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