Contante y Sonante

Gerardo de Apatía

Oscar García escribe sobre la necesidad de, a través de la apatía, comprender que la vida es más que sólo respirar. Que es también una forma de comprender y aceptar el morir como la suerte de normalidad.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Habiendo alcanzado el estado supremo de la apatheia (apatía) supo que desde ése momento podía sentirse aliviado, casi flotante y acceder al siguiente peldaño, consistente en la contemplación de las naturalezas vivas o muertas, visibles o invisibles. Podía acceder a eso que en la antigüedad tenía una palabra: Phuseis. La manera de contemplar para comprender o al menos para sospechar la relación con las cosas del mundo, con los seres del mundo, con las energías del mundo, con los fenómenos físicos, con la física del mundo y por último, con la muerte, con ella como un estado de normalidad, de sublime normalidad.

En días como los que corren, que parece ser que literalmente lo hacen, las varias y distintas formas de relación con la muerte ya no tiene que ver necesariamente con la comprensión del entorno y el vaciamiento de las pasiones, que es eso la apatía. Al parecer ahora tiene que ver más con el miedo, con el pavor a la enfermedad y con el terror al abandono del cuerpo. Con la frustración de estar cerca de dejar de estar sin haber estado en realidad nunca. No es tan fácil decir que se está viviendo por el simple hecho de estar respirando. Un cangrejo también está respirando en este momento, y una salamandra y no se hacen mayor problema cuestionando a la vida sobre los por qué de la vida misma. 

Hay gente biológicamente viva y con franco descenso cerebral. Que se parece al problema bastante propagado en seres humanos, del descenso de riñones que debe ser como se caen porque no tienen de dónde agarrarse, a lo mejor ocurre en las personas flacas que al carecer de musculatura o grasas en las partes que sujetan a los riñones, estos no saben agarrarse y se lanzan al abismo de las caderas. El abismo ése que visto de afuera es una metáfora que prefigura vida, de varias formas. Desde la simpleza de la respiración, el sabor de los mares, el aroma del comino, la forma de un durazno después de haberse deshecho de la pepa.

Para haber alcanzado el estado de la apatía tuvo que hacer de tripas, corazón. Comparado con lo que se hacía en tiempos de la antigüedad, lo que hizo aquí el sujeto es casi nada. Antes, había renuncia a la material, confesión inter persona de los errores, vivir en consonancia con el pensamiento filosófico. Aquí y ahora alcanzar un estado de apatía no se relaciona con el desprendimiento de las pasiones si no, al parecer, con el desprendimiento de problemas ajenos. Nadie parece estar con disposición para empatizar con nadie, ni con nada. La libertad, ya se dijo de tantas formas, es la jaula nueva. La nueva apatía se viste de conexión y de virtualidad, de apariencia, de disfraz, de paraguas. Todo importa y en verdad nada importa. A más vestiduras del todo, a más cosas y gentes que importen, se cumple una formula inversa. Más es menos. En este caso, para peor. Tan conectados como incomunicados, tan pasados por el forro del mundo como inmersos en el mundo desde la tocable superficie. Tan desesperadamente libres que cada segundo ingresando a la ajenidad desde las soledades, cuenta. No se compara la apatía como una forma de ingresar a universos extendidos, que la apatía de ingresar en una celda abierta al mundo por solo una venta, pequeña, iluminada, en la que se puede contemplar todo, todo desprovisto de velos y se puede hacer ver también todo, también desprovisto de velos. Expuesto, en oferta, a la venta, a la compra venta. 

Unas nuevas apatías parecieran hacer falta. Unas que hayan pasado por las llamas de los misterios, de los altos edificios y de los síntomas de la belleza. Unas que hayan pasado por destilar eso que funciona como una interfaz con el mundo, con el resto del mundo. Eso que es amor en palabra y acción en el tiempo y en el espacio. Eso que evita que acerca a los pingüinos y los lanza a la continuidad, eso que evita sentir vergüenza del otro para circular en libre exposición, eso que sin mayor esfuerzo es un consenso para construir y dejar en el sitio único, algo fundamental, una piedra, una semilla, un brillo, un silbido, un foto de la gárgola, una lágrima.

Habiendo dejado algunos bienes materiales, a saber, un acordeón, una máquina de afeitar Philips, tres o cuatro cartas de un mazo español, una pipa linda de pinta pero inútil porque el tiempo la secó como seca las plantas que no se pueden cuidar, una frazada ploma y una tecla negra de piano que bien se podría vender en la feria, se propuso dedicarle tiempo a contemplar el mundo. Entonces y con absoluta convicción descargó unas aplicaciones y se compró un ramito de romero y una maceta.

 

 

Confidencial

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