Esbozos culturales

Hechos históricos, etiquetas y disfraces

¿Se puede decir que en 1942 hubo un descubrimiento de América? Para el autor esta noción no es más que una etiqueta con la cual se disfrazaron hechos grotescos.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:00

Óscar Rivera-Rodas Escritor

Un anuncio del presidente de México el 25 marzo pasado lastima aún la sensibilidad de algunos vasallos españoles, y súbditos no españoles y latinoamericanos. López Obrador informó: “Envié una carta al rey de España y otra carta al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos”; y explicó: “Hubo matanzas, imposiciones. La llamada Conquista se hizo con la espada y con la cruz”.

Obviamente, se refería a hechos reales del siglo XVI, grabados en la historia. La llamada “conquista” esconde atrocidades de los invasores a pueblos de nuestra región. Los hechos de la historia son inmodificables; sus nombres pueden ser variables. La susodicha “conquista” fue una ocupación brutal, bárbara y cruel realizada en siglos. La palabra “conquista” oculta esa realidad y no es más que un grotesco disfraz. Para la historia, los hechos son solo hechos: sucesos, incidentes, accidentes, sin nombres ni apelativos, es decir, palabras. Después, reciben títulos, etiquetas, figuras, camuflajes...

 Cronistas y filólogos acumularon un vocabulario amplio de rótulos, letreros y marbetes desde el 12 de octubre de 1492. Entre los disfraces más comunes están: descubrimiento, conquista, nuevo mundo, creación de un nuevo continente, cristianización, virreinatos, Indias, encuentro de dos mundos, nuevas españas, nuevas granadas, nuevas castillas...

El pensamiento racional y crítico latinoamericano rechazó ese vocabulario descabellado desde las luchas por la Independencia política y descolonización iniciadas en el siglo XVIII. El humanista venezolano Andrés Bello (1781-1865) refutó varios de esos absurdos, como “nuevo mundo”. En el periódico que fundó en Londres, El Censor Americano, Nº IV, de octubre de 1820, publicó su artículo “Consideraciones sobre la primera población y las antigüedades de América”. 

Afirmó que no hay “fundamento para creer que el Nuevo Continente salió de las aguas mucho después que el antiguo”; pues las varias capas de las montañas andinas son contemporáneas de las que componen los Alpes suizos; que se hallan fósiles esparcidos en ambas partes; y que “generaciones de especies, tiempo ha extinguidas, precedieron a las que hoy pueblan la tierra, las aguas y el aire. Tampoco se puede probar que la existencia del hombre sea mucho más reciente en América que en el otro continente”. 

No vamos a transcribir todas las refutaciones de Bello a la insensata denominación “nuevo mundo”, menos aún a la disparatada “creación del nuevo continente”. El filósofo y humanista venezolano en ningún momento pretende confrontar civilizaciones de ambos continentes. En cambio, advierte: “Nada es más difícil que comparar naciones que han ido por diferentes caminos hacia la perfección social”. En fin, Bello también rechazó la incoherente afirmación “cuando se descubrió el Nuevo Mundo”. Su rectificación es inmediata y dice: “más bien, cuando se verificó la primera invasión de los españoles”.

 Otro pensador latinoamericano crítico es el colombiano Germán Arciniegas (1900-1999). En su libro América, tierra firme (1937), inicia su tercer ensayo con un primer tema titulado: En el siglo XV nadie descubrió la América. Su primer enunciado explícito dice: “La afirmación de que los españoles descubrieron la América a finales del siglo XV y principios del XVI es inexacta y se funda en el vocabulario que por rutina heredamos de quienes se han consagrado a la tarea de escribir lo que en el lenguaje figurado solemos llamar “Libros de historia”. Ciertamente, Arciniegas señalaba un fenómeno innegable. El manejo del lenguaje frente a los hechos histórico.

Explica que su afirmación no se debe a otros hechos reales, como la llegada de los mongoles al territorio de Alaska, 10 o 20  siglos antes que los españoles, ni a las posibles invasiones de los polinesios a la costa del Pacífico suramericano, o a las naves escandinavas que navegaron los límites de Groenlandia en los tiempos de Erik el Rojo, el vikingo noruego, comerciante y explorador, de finales del siglo X. Aclara: “Si digo que no hubo tal descubrimiento”, me refiero “al espíritu mismo del viaje de Colón, al hecho de que no es posible considerar como descubridores a quienes, en vez de levantar el velo de misterio que envolvía a las Américas, se afanaron por esconder, por callar, por velar, por CUBRIR todo lo que pudiera ser una expresión del hombre americano”. Explica que ese cubrimiento ocurrió en toda su materialidad. Ese encubrimiento ya había ocurrido con relación a los palacios moros, en los que se cubrió la ornamentación que perpetuaba versículos del Corán; se cubrió el arte del pueblo árabe, así como se sepultó siglos de la más fina expresión de ese pueblo que dominó España por ocho siglos. 

Respecto a las invasiones españolas a América, Arciniegas pregunta: “¿Por qué el conquistador iba a ser descubridor?” Y responde: “Descubrir y conquistar son dos posiciones opuestas en el hombre. Descubrir es una función sutil, desinteresada, espiritual. Conquistar es una función grosera, material, sensual. Yo advierto diferentes categorías entre los hombres que trajeron las naves españolas”. 

 En consecuencia, el siglo XVI, cuando milicianos y predicadores invaden América, para Arciniegas es “el siglo del cubrimiento del nuevo continente. De esa fecha en adelante, el alma de América se esconde, las manifestaciones suyas se ocultan, y pasarán siglos -dos, tres, cuatro, quizás cinco- antes de que resurjan nuestras naciones para expresarse con entera libertad”. 

También los sistemas propios de América, adecuados a su desarrollo natural; el “sistema democrático de trabajo” fue sepultado por “el latifundio, la economía del empresario, la muerte de las familias americanas, sistemas de préstamo reforzados por el repartimiento que culminaron en la esclavitud total de los pueblos sojuzgados”.

 Veamos otro caso. En 1992, cuando España preparaba grandes festejos para celebrar el quinto centenario de su “descubrimiento” y “creación del Nuevo Mundo”, el pensador y escritor venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001) publicó su ensayo América no fue descubierta. Dos años después se republicó en su libro Del Cerro de Plata a los caminos extraviados (Bogotá, 1994). Lo primero que dice, lúcido y enfático: “Desde un punto de vista rigurosamente histórico, no ocurrió nada el 12 de octubre de 1492 que pudiera llamarse, con alguna propiedad, el ‘Descubrimiento de América’ y que, por ello mismo, ha constituido por siglos una fuente constante de errores de apreciación y de falsa interpretación de la historia”. Explicaba que “muchos fueron los equívocos y las deformaciones en que incurrieron los europeos del Renacimiento cuando toparon con un continente desconocido y se empeñaron en asimilarlo superficialmente a las nociones, creencias y concepciones que traían de su propia experiencia histórica”.

 Esos europeos se desencantaron al no encontrar en tierras americanas lugares y seres fabulosos, como aquellas mujeres guerreras y desnudas sobre caballos llamadas las Amazonas, o el Paraíso Terrenal de sus mitos religiosos, o la Fuente de la Eterna Juventud, o El Dorado, aunque sí encontraron mucho oro, mucha plata, diamantes, perlas que llevaron a su metrópoli. 

Uslar Pietri también escribió: “todos los manuales de historia repiten la frase, casi sacramental, de que “el 12 de octubre de 1492 Colón y sus compañeros de viaje descubrieron a América”. Agrega que esa “afirmación irracional y absurdo lógico” no sucedió cuando en 1609, el navegante inglés Henry Hudson descubrió a Nueva York, lo cual “no lo ha afirmado nunca nadie”. 

Ciertamente, ni el navegante y explorador inglés Hudson (1565-1611), ni sus historiadores repitieron hasta el cansancio el “the discovery of New Amsterdam”, que tal era entonces el nombre de aquella ciudad.

 Uslar señala que buena parte de la polémica respecto al hecho de 1492 “proviene del malhadado problema semántico que inevitablemente suscita la idea, anti-histórica, de que América” fue “descubierta” por Colón y sus compañeros, cuando en realidad estos hallaron solo “una pequeña parte geográfica y humana del inmenso fenómeno histórico y cultural que hoy abarcamos con el nombre de América”.

 En efecto, el genovés halló, repetimos: halló islas antillanas, en su empeño de llegar a la India. Pero, el desorientado navegante repitió tozudamente su “descubrimiento” de una nueva ruta a la India, convertido después en el “descubrimiento de Indias”, y más adelante el “descubrimiento de Indias Occidentales”; finalmente, “descubrimiento de América”. En ese tiempo, la palabra “América” no existía en ningún idioma. Los reyes católicos, embriagados por el asombro, celebraron ese “descubrimiento”, y empezaron a planear leyes, instituciones, archivos para esas Indias. Sin embargo, acaso un inglés dijo: “it's so too good to be true” (“esto es demasiado bueno para ser verdad”). La corona católica dudó, y buscó otro navegante para confirmar ese hecho: fue Amerigo Vespucci (1454-1512), florentino tres años menor que el genovés, que realizó su viaje en 1502, y recorrió la costa atlántica de América del Sur. 

A su retorno dibujó rudimentariamente lo que vio parcialmente. Cinco años después, el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publicó en 1507 ese mapa con el nombre de “América”, en reconocimiento a “Vespucio y otros”. Ese mapa “descubrió” el error de Colón, la confusión de la corona española y la ignorancia de los europeos; además, legó el nombre “América”.

 En fin, el coloniaje español en los pueblos latinoamericanos duro tres siglos. En cambio, la Conquista Musulmana de Hispania, iniciada entre los años 711 y 726, duro ocho siglos. Esa conquista árabe real fue parodiada después por los “conquistadores” de 1492. Lo demás son palabras, etiquetas y disfraces. Los historiadores cristianos bautizaron los hechos históricos con apelativos sacrosantos. Pero, los nombres para los hechos históricos  son solo etiquetas, disfraces, palabras.
 

 

 

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