Música

Josef Strauß y la “armonía de las esferas”

El escritor comenta el concierto que ofreció la Orquesta Sinfónica Nacional a fines de febrero.
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:00

Ignacio Vera Rada Escritor

La noche del 21 de febrero de 2019, en los predios de la Orquesta Sinfónica Nacional, los espíritus del músico Josef Strauß y del matemático y filósofo Pitágoras se unieron en una sola expresión; el uno daba a la filosofía natural una forma sonora, y el segundo hacía de la música una explicación para percibir y concebir el orden perfecto del universo. Era el orden del todo natural traducido en melodía. Ambos se complementaban de la forma más maravillosa que puede haber entre dos espíritus hechos para la verdad y la belleza.

Decía Pitágoras, al contemplar la majestuosidad del cosmos, que el sonido de los planetas dependía de las proporciones aritméticas de sus órbitas alrededor de la tierra y el sol, lo mismo que sucede con una lira y sus cuerdas, cuyas respectivas longitudes determinan el tono de su sonido. Pitágoras trataba de explicar una especie de ultrasonido perceptible solamente a los oídos sensibles; era como si las estrellas  chocaran entre sí, haciendo una suerte de eco de campanas siderales; o era como si en la distancia entre los planetas y la tierra se tendieran hilos o cuerdas de metal, pulsadas por unos dedos invisibles y divinos.

Josef Strauß musicalizó el pensamiento de Pitágoras, o más bien hizo real aquella música que percibía el filósofo de la antigua Grecia y, con él, los denominados pitagóricos. Tal música estaba contenida en el número. El número como principio de todas las cosas. El número como explicación del todo. Y en la obra de Strauß, el número es un fondo subyacente de una música que explica el movimiento perfecto de los cuerpos celestes que se ven en la majestuosidad del universo y que se rige por los cánones de la arquitectura musicológica más rígida, como las obras de Mozart y Bach. Los pitagóricos decían que las esferas más cercanas producían tonos graves, y que éstos se iban agudizando a medida que la esfera estaba más lejos. Cada sonido producido entre un planeta y otro se unía a otro sonido, y no sólo se unía, sino que se complementaba de una forma misteriosamente artística, formándose así la armonía o música de las esferas. El universo, de esta forma, terminaba siendo un canto u orquesta permanentes que ejecutaba la música de los dioses supremos. Es la quintaesencia de la explicación del cosmos armonizado por la concordancia de las proporciones aritméticas y musicales.

Tendría que pasar el tiempo para que esas especulaciones se volvieran menos poéticas y más científicas. Kepler decía que el sonido de una estrella es más agudo en tanto se mueve más rápido. Y luego se supo que el sol emite ondas sonoras trescientas veces más graves que lo que puede captar el oído humano. Por otra parte, el objetivo de Einstein fue descifrar, de forma matemática, el arte que encierra el orden de la naturaleza, o la naturaleza en forma de arte, y éste, a su vez, en forma de matemáticas. Sabía que una música gobernaba el orden del todo. Con Mozart y su violín lo podía percibir.

 

Sphärenklänge, la armonía de las esferas

La obra está escrita en forma de vals, y titula, en alemán, Sphärenklänge (Walzer, op. 235); “sonidos de las esferas”, en castellano.

Primero hacen entrada los vientos, con tonos lentos, ligeros, relajados, como para transmitir las imágenes de un universo en completo orden y disposición. Porque la música, al igual que la literatura, debe ser como la pintura, y las notas como pinceles, para dar cuadros de una precisión detallada: la creación divina de un universo en completo orden con un cálculo precedente.

La introducción de la pieza es extraña, nada convencional, y a pesar de que la estructura general es la de un vals modelo, con un compás de tres por cuatro, hay momentos en los que la estructura se trastorna. Los vientos entran acompañados del sonido de un arpa que es pulsada delicada y muy lentamente, arrancando de sí misma sonidos de misterio. La melodía, en esta parte, sugiere un orden y una paz inalterables, una concordia de movimiento.

Los violoncelos, las trompetas y los oboes sugieren ahora un movimiento más rápido, pero no menos ordenado. Es como si los planetas estuvieran recorriendo sus elipses keplerianas, o mejor, como si estuviesen en pleno tiempo de formación, adaptándose a sus órbitas y asimilando sus recorridos.

Las cuerdas de violines y violoncelos son frotadas con delicadeza, y en determinados momentos irrumpen los sonidos impetuosos de una percusión que da la sensación de desorden, pero que es en realidad la representación de un caos aparente, y que termina siendo, en la imaginación sutil del melómano, la disposición perfecta de posiciones y movimientos.

Los cambios de ritmo y velocidad que frecuentemente se escuchan en la pieza dan la sensación de un movimiento abrupto y, por lo mismo, en estado caótico. Pero lo que en verdad dice el fondo de esas notas es la inalterabilidad de un orden establecido por un Dios o por una mano inteligente. El sonido del tambor significa tal vez la etapa de ordenamiento de la naturaleza, cuando los planetas y las galaxias estaban posicionándose concluyentemente y adquiriendo sus características definitivas para siempre.

El ritmo es, en general, lento, pero por momentos se va estremeciendo y haciendo más nervioso. Es un ir y venir. Un subir y bajar. Pero luego la melodía se torna nuevamente delicuescente, como la música de Wagner, y recuerda que el orden del cosmos es inalterable, y al mismo tiempo simple, desnudo, sencillo (como pensaba Einstein), y que está gobernado por una arquitectura musical perfecta, y ésta, a su vez, por el elemento primigenio del todo natural: el número. Pero la magia de Strauß hizo del número música y arte.

Esta pequeña obra maestra es un juego armónico de sensaciones y números, cuyo sentido es uno solo. Y al final de la melodía, como el clímax o la resolución de la creación artística, los vientos (trompetas y clarinetes, principalmente) organizan un cierre triunfal, formando las imágenes de todos los planetas en movimiento en sus respectivas órbitas o retratando la más grande cúspide intelectual alcanzada por el hombre en lo que se refiere al conocimiento del universo: la cuarta dimensión, el espacio-tiempo einsteniano. Todo esto, llevado a la música.

También la naturaleza merece ser percibida con amor y, sobre todo, con arte.
 

 

 

Confidencial

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