Patrimonio

¿Qué nos dice Notre Dame? Entre patrimonios humanos y deshumanos

La autora reflexiona sobre el incendio de la catedral francesa y la indiferencia de la gente ante esa pérdida y otras que hacen al patrimonio mundial.
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:00

Inti Sol Tedeschi Comunica- dora Social

El incendio de Notre Dame, una de las catedrales medievales más bellas del mundo, sin duda una joya arquitectónica de estilo gótico, patrimonio de la humanidad que testifica más de ocho siglos de nuestra historia, no puede dejarnos indiferentes.

Si bien la Torre Eiffel es el símbolo más conocido y emblemático de París, Notre Dame, o Nuestra Señora, es una hermosa edificación construida en tiempos medievales, dedicada a la Virgen María y por tanto representa la fe de miles de creyentes en el mundo. 

Creyentes o no creyentes,  más de 13 millones de turistas anuales  visitan o visitaban Notre Dame, quedando maravillados al escuchar el emotivo sonido de sus afinadísimas campanas dando la bienvenida a moros y cristianos.  Apreciar la belleza artística de su fachada resguardada por peculiares estatuas y gárgolas esculpidas con precisión maestra  es sin duda una experiencia sobrecogedora e inolvidable. 

Ya al interior de la edificación, la sublime entrada de luz a través de sus preciosos y detallados vitrales relataba  importantes pasajes históricos, en medio de  una atmósfera única, donde el ancestral órgano, el más grande de Francia, resonaba con sus maravillosos acordes, interpretados por músicos y maestros, destacados por su nivel y calidad interpretativa. Por donde se vea, valiosas y esplendorosas piezas de arte entre pinturas, esculturas y una vez más la magnífica arquitectura.  

Para los franceses, la señorial catedral de Notre Dame es de lejos un símbolo de identidad y orgullo nacional, aunque en tiempos de Víctor Hugo no lo fuera y estuviera descuidada al punto de usarla como almacenes, siendo en sus propias palabras  un olvidado pero “ sublime y majestuoso monumento”. Su afamada novela Nuestra Señora de París  escrita en 1831, fue de hecho la obra que abrió los ojos al Gobierno francés de la época e impulsó la restauración y revalorización de la hoy famosa catedral. 

Pero esta identidad y orgullo nacional  ya están bastante golpeados por la dura realidad que obliga a los chalecos amarillos, desde hace ya varios meses, a expresar su impotencia y descontento ante políticas económicas que no hacen más que incrementar la crisis que azota a Francia y al resto de Europa.  

Después del voraz incendio que dejó destruido gran parte del techo de la nave central de la catedral de Notre Dame, el dolor también es grande para muchos amantes del arte y la arquitectura en todo el mundo, al ver hecho cenizas gran parte de semejante patrimonio de incalculable valor, ante un suceso accidental, cuando irónicamente se realizaban trabajos de reparación de la aguja central de más de 90 metros, cuyas más de 600 toneladas de plomo y madera quedaron desplomadas sin que nadie pudiera evitarlo.

El valor histórico, religioso, espiritual, artístico y simbólico de Notre Dame no tiene precio y eso lo han comprendido muy bien las empresas privadas, instituciones públicas, multimillonarios, filántropos y demás personas y organizaciones que no han dudado en sumarse a las generosas donaciones que a la fecha y al momento de escribir este artículo,  suman más de 900 millones de euros, cifra que en sólo tres días supera los humildes seis millones de euros que habían sido destinados para las obras de refacción, iniciadas semanas atrás.

Agradecidos a los generosos donantes quedarán por siempre franceses y no franceses, millones de devotos feligreses, creyentes y no creyentes, turistas, amantes del arte y la cultura y seguramente, muchos chalecos amarillos. 

Pero, ¿qué nos dice todo esto?,  ¿cuál es el mensaje de Notre Dame?   Primero, nos recuerda lo que ya todos sabemos pero frecuentemente olvidamos: la vida es efímera y sorpresiva, nada es seguro. Siglos de construcciones, magnificencia e historia ardieron en minutos ante la vista impávida del mundo entero. 

La aguja central de Notre Dame, bautizada por los franceses como “la flecha”,  cayó como cae simbólicamente el orgullo y la arrogancia indiferente del ser humano ante el hambre de millones en un mundo donde los recursos bastan y sobran para todos, pero donde la mala distribución de las riquezas ocasiona tanta desigualdad e injusticias.

No deja de sorprender la rapidez con que las millonarias donaciones suman y siguen, lo cual nos muestra gratamente el valor incuestionable que tiene para los donantes este patrimonio de la humanidad y todos sus tesoros religiosos, artísticos y culturales, gran parte de los cuales fueron felizmente salvados. 

Pero al mismo tiempo,  deja un amargo sabor la tremenda indiferencia del mundo occidental ante otros patrimonios históricos de la humanidad, con orígenes incluso antes de Cristo, como el Museo de Mosul en la antigua Mesopotamia, el Arco del Triunfo y el Templo de Bel en Palmira, la gran Mezquita de Omeya y otros tantos de la era cristiana como la catedral Nuestra Señora de la Asunción en Alepo, la Catedral Nuestra Señora de la Piedad de Armenia o el Anfiteatro de Bosra, no menos importante que el famoso Coliseo Romano, en la capital italiana.

Y más allá del patrimonio arquitectónico con todo su valor histórico y cultural, tenemos un patrimonio ambiental que se traduce en miles de bosques y áreas protegidas y no protegidas ante las cuales poco o nada estamos haciendo. ¿No es posible destinar también donaciones para preservar nuestra Amazonia que día a día es más pequeña?,  ¿acaso esto es interés exclusivo de unos cuantos locos ambientalistas que apoyan a los pueblos originarios defensores de la ya diezmada naturaleza? 

¿Qué estamos haciendo ante la devastación tan veloz y atroz de miles de hectáreas de áreas verdes en el TIPNIS boliviano, los bosques nativos argentinos, la deforestación y tala en áreas protegidas en el Mato Grosso brasileño, por citar sólo algunos casos? 

¿No merece el medioambiente y nuestro planeta igual o mayor importancia que la refacción de Notre Dame cuyo emblemático campanario fue construido con 3.000 vigas de roble, para lo cual se calcula se utilizaron más de 21 hectáreas de bosque, que en ese entonces naturalmente abundaba y no estaba “protegido”?

Y ante todo, ¿qué estamos haciendo por todos los seres humanos que están pasando hambre, miserias y sufrimiento en todo nuestro planeta? Tener la dicha de visitar Notre Dame y otros tantos monumentos de indiscutible belleza en París u otros destinos turísticos europeos es sobrecogedor pero más sobrecogedor es ver en inmediaciones a ellos cantidad de seres humanos batallando por ganarse el pan de cada día, ese mismo pan del “Padre Nuestro”.

Europa está llena de gente que sufre, por un lado migrantes intentando huir de la miseria y violencia que azota sus lugares de origen y por otro lado, muchos europeos desesperados, que quedaron desempleados, endeudados, desahuciados y desalojados de sus viviendas,  marginados, excluidos en sus propios países y continente. 

Duele ver ciudades donde grandes marcas y lujos ostentan y fomentan el consumismo y  banalidad, mientras seres humanos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres,  enfrentan carencias básicas, en temas de salud, alimentación, vivienda, educación, empleo y seguridad social.

Sorprende la llegada de  millones  de euros en donaciones y recursos estatales para el templo de Notre Dame frente a la indiferencia ante el dolor de millones también de personas en Haití, Venezuela, Siria, Somalia y otros tantos seres que están pasando situaciones difíciles, no sólo en África o Latinoamérica, sino también en las propias ciudades de Estados Unidos y Europa… mal llamado “primer mundo”.  

La riqueza natural y económica del planeta alcanza y sobra para todos. El sufrimiento y la hambruna mundial no tienen justificación y las donaciones millonarias deberían terminar con ello. ¿No es ése el mensaje de Notre Dame? 

Que el humo de la hermosa Notre Dame no nos nuble la vista ante tantos problemas que deberían ser prioridad humana para salvar tesoros y patrimonios universales como los bosques de nuestro planeta, nuestra niñez y cada ser humano que vive injusticia y sufrimiento. 

Cuidemos y valoremos nuestros patrimonios universales, arquitectónicos, artísticos, religiosos, espirituales, culturales, que hacen parte de nuestra historia, pero no olvidemos cuidar aún más la historia presente y futura de nuestro planeta y de toda nuestra humanidad que día a día  se va destruyendo y quedando más deshumanizada.

 

 

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