Cultura

Tomemos el arte en serio

Antonio Peredo escribe sobre el reciente fondo lanzado por el Ministerio de Planificación y cuestiona la mirada que se tiene del sector de artistas.
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:00

Antonio Peredo   Actor y gestor cultural

Hace poco el Ministerio de Planificación anunció, con pompa y boato, la convocatoria a un fondo de  millones de bolivianos, que han sido ofrecidos para diferentes sectores de la sociedad (normalmente “no atendidos”) entre los que se encuentran científicos, innovadores, creadores, deportistas y “culturetas” (como nos llamó la propia Ministra de Planificación). 

Sin ánimo de detenerme en la visión denigrante de una ministra para con un sector, quiero hablar sobre un hecho muy claro: si hay voluntad política (llámese deseo de voto) para poder erogar semejante cantidad de dinero para ser gastado en ocho meses, quiere decir que la carencia de recursos no es un conflicto estructural, sino una ceguera política.

No han pasado más de 10 años desde la creación del Ministerio de Culturas en Bolivia y ya muchos se han hecho la pregunta: ¿para qué lo necesitamos? Nuestro Estado (léase bien, Gobierno central, gobernaciones, alcaldías, etc.), más por ignorancia que definición institucional, otorga apoyos innumerables y abundantes a las entradas folklóricas y todos los eventos masivos que les doten de visibilidad. El resto de las expresiones artísticas no han sido tomadas en cuenta, salvo gestos excepcionales como el mencionado anteriormente. 

Este paisaje tan desolador se traduce en el reclamo y la denuncia de la carencia de políticas culturales, normativa insuficiente y ausencia de financiamiento. Pero detrás de este accionar, al parecer, deambulatorio, por parte de las instituciones estatales, se encuentra una política que no ha cambiado desde hace muchos años: satisfacer los deseos de la clase económicamente dominante en nuestro país. 

Probablemente la asociación de artistas folklóricos de Oruro sea la más grande asociación de artistas en Bolivia. Pero no es un sindicato de trabajadores que se agremia para poder reivindicar sus derechos y colaborarse entre compañeros gremiales. Digamos que es más parecido a un colegio de médicos que generan ganancia de los pagos constantes que tienen que hacer sus agremiados para tener el permiso de bailar. El poder económico que ésta y otras de su género tienen hace preguntarse: ¿por qué reciben tanto apoyo económico cada año si, sin lugar a dudas, son los que menos necesitan?

Desde principios del siglo XX nos hicieron creer que las fastuosas entradas eran la expresión genuina de nuestro pueblo. Y desde ese entonces todo el aporte público a la cultura ha estado enfocado en esas expresiones masivas que apoyaban los gremios más influyentes de nuestra sociedad: la minería y el comercio. Y nuestra identidad, por decenas de años, se ha visto reducida a una visión exótica, sofisticada y colonial de nuestro origen y de nuestra ritualidad. Si se quiere hacer política para las artes y las culturas será necesario revisar el panorama y darnos cuenta de lo que se está haciendo y hacernos la consecuente segunda pregunta: ¿qué queremos hacer con el arte y la cultura?

A través de una visión del proceso vital por el que transcurre el arte podemos clasificar las artes en tres: las artes originarias, las artes oficiales y las artes emergentes. En todos los países las artes oficiales serán la bandera estatal. El teatro lo fue para la Inglaterra isabelina, como Hollywood lo es para los norteamericanos, como las escuelas de samba lo son para el Brasil, como las entradas folklóricas los son para Bolivia. No nos engañemos, sólo porque la Unesco declare algo como patrimonio de la humanidad, no le quita su carácter político, sino todo lo contrario. 

Pero, qué hubiera sido de la humanidad sin un Van Gogh que nos mostrara la vida de otra manera, qué hubiera sido de Cuba sin una Alicia Alonso que bailara la vida, de Venezuela sin un Dudamel que tocara el mundo desde Latinoamérica, sin un García Márquez o un Cortázar o un Carpentier o un Galeano que contaran nuestra historia y construyeran nuestra memoria. Y todos ellos, grandes personajes del arte emergente de sus tiempos, surgieron en permanente resistencia a su entorno y con la fuerte convicción de la posibilidad de transformarlo. El Estado y los artistas tenemos un rol que jugar en este proceso. 

Empecemos por organizar al sector y para eso, primero habrá que conocerlo y darles los espacios para su desarrollo. Demos a los actores involucrados las condiciones para su asociación, a todos. Condiciones suficientes y dignas para el desarrollo de su labor (lo que no significa poner billetitos en sus bolsillos por un corto plazo) con una planificación seria y así superar la barrera de la sobrevivencia y poder comulgar entre todos los artistas sobre la visión de país que queremos. 

Se habla de nuestra “expresión tradicional” pero muy poco se ha avanzado en recuperar nuestros verdaderos orígenes, muy poco se ha logrado en la recuperación de un patrimonio que, siendo este país uno de los más grandes yacimientos arqueológicos de la región, por cantidad y por historia, nos permitiría comprender de mejor manera nuestra procedencia, sin contar que incrementaría el flujo turístico, cosa que le encanta a los gobiernos modernos.

¿Qué se ha hecho por formar profesionalmente a los artistas fuera de las iniciativas privadas de muy pocos?, ¿qué se ha hecho por formar a nuestra niñez y adolescencia en temas del arte, no sólo local sino mundial? ¿qué se ha hecho para formar a los públicos y darles las herramientas necesarias para poder comprender e involucrarse con nuevas formas de comprender el mundo en el que vivimos?   

Me gusta pensar que el arte actúa como espejo de la sociedad en la que se origina. Los espejos que vemos nos muestran una sociedad estancada en la colonia, una reiteración de imágenes, cada vez un poco más estilizadas, de lo que éramos y, sobre todo, un contado número de señores que ostentan su capacidad derrochadora de dinero. Pero estoy seguro de que existen otros espejos, menos visibles tal vez, que muestran esas otras alternativas de lo que queremos ser y de lo que somos. Mucho se dice que somos un pueblo sin memoria y todavía tenemos el atrevimiento de preguntarnos por qué. 
 

 

 

 

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