Letra 7

¿Avengers o El zorro y la pastora?: Esa es la cuestión

Mientras miles de fans peleaban por una butaca para ver el filme de superhéroes, Mauricio Souza se sumergió en una variedad de películas andinas sobre las cuales escribe.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:00

Mauricio Souza Crespo Crítico

1 Tenía 11 años cuando vi el primer capítulo de La guerra de las galaxias. De la película no recuerdo hoy casi nada, pero sí lo que sentí al salir del cine y mientras caminaba con mis hermanos de regreso a casa, en el casco viejo de Santa Cruz. En concreto, creo que consideré seguras dos cosas: a) que, por su tediosa mediocridad, la película sería un fracaso sin consecuencias; b) que había sido engañado con un entretenimiento pensado para niños chicos.

2 El tiempo se encargaría de corregirme en lo primero: 40 años después, son ya 10 los “episodios” de la saga. Casi cada uno de esos capítulos, incluyendo aquel que a fines de los años 70 me pareció un fiasco (el IV), fue un rotundo acontecimiento de taquilla.

3 Pero en lo segundo el tiempo me daría la razón: es claro que esa larga guerra fue siempre pensada para niños. Lo que no se sabía entonces, en los años 70, es que el mundo entero se poblaría lentamente de consumidores de todas las edades que, en los hechos, se acercan al cine como si nunca hubieran crecido.

4 Estamos pues hace mucho en los tiempos de los Avengers, una saga –menos meritoria aún que la de George Lucas– también destinada a esos niños pequeños de todas las edades que hoy son la mayoría del público. Algo tiene que significar la constatación, dicha como elogio, de que películas como estas las disfrutan por igual y de igual forma espectadores de  tres  y 30 años. Es probable que esto no se deba a que los niños de tres años de hoy tengan la sensibilidad de un adulto de 30.

5 Aproveché pues que una generación completa de adultos aniñados cumplía en estas semanas con el ritual de cerrar un ciclo de su historia sentimental: el ya mencionado final de los Avengers, como ya antes tuvimos el de Harry Potter y el de El Señor de los Anillos, y como pronto tendremos, en diciembre dicen, el de La guerra de las galaxias (con el episodio final de la saga, el 11). Y digo “aproveché” porque estos rituales suelen acaparar –como si fueran una epidemia– las salas, el aire, la mala prensa.

6 En concreto, y mientras otros hacían terapia con los Avengers (terapia que Pedro Susz calificó de “insípida nulidad cinematográfica”), no me quedaba otra, esta semana, que dedicarme a ver devedés. Para el efecto, recordé que había comprado, entusiasmado, 30 discos de cine boliviano en un puesto de la Feria de Ramos alteña. Hasta me hicieron precio por el volumen.

7 Aunque recibí 30 bolsitas de plástico, en realidad fui el beneficiario de muchas más películas: como buena parte de estos devedés comprimen entre dos y ocho películas por disco, según mi contabilidad obtuve exactamente 80 películas por  80 bolivianos. Por donde se lo mire, una verdadera ganga.

8 ¿Cuál es la visión que tiene la piratería alteña del cine boliviano? Es difícil aventurarse en respuestas a esta pregunta a partir de una muestra parcial y azarosa. Pero, provisionalmente y con el respaldo de 80 películas, puedo decir lo siguiente.

9 El productor alteño de devedés reconoce o postula algunos clásicos, algo que se deduce del hecho de que algunas películas se repiten una y otra vez en las compilaciones: Chuquiago, La nación clandestina, Mi socio, Amargo mar, Cuestión de fe, American Visa, El cementerio de los elefantes, Día de boda, Los hermanos Cartagena, Jonás y la ballena rosada, El cementerio de los elefantes, Insurgentes.

10 Los compilados (que reúnen entre cuatro y seis películas en un solo devedé) operan según el principio del trancapecho: confían ciegamente en los encantos del exceso y la incoherencia. En efecto, las combinaciones propuestas son un verdadero desafío: las prolijas urbanidades de American Visa conviven con las ruralidades algo relajadas de El zorro y la pastora; los brillos culturalistas de La nación clandestina son matizados por los encantos fascistoides de un documental sobre los Ranger de Bolivia; las ansiedades q’aras de Zona Sur hay que quizá leerlas en diálogo con las ansiedades cholas de Dame tu corazón, cholita; las paternidades alternativas de Mi socio pueden ser examinadas a la luz del calvario de El calvario de mi madre (1 y 2 ).

11 Si de precisiones clasificatorias se tratara, se podría reconocer una larga lista de géneros al parecer ya establecidos: a) el humor grueso y a veces racista de las sagas de La bicicleta de los Huanca, Los Serrano, El Pocholo o El Cholo Juanito; b) el sobrio y corporativo melodrama rural en aymara de Amor perdido aymara 1 y 2, El hijo desobediente y Justicia comunitaria; c) la comedia romántica campesina de Dame tu corazón, cholita, El ladrón de cholitas y El zorro y la pastora; d) el terror rural-urbano de La cholita condenada; e) el cine de acción alteño –con sus fijaciones moralistas en la violencia, la delincuencia y el consumo de sustancias– de El hijo pródigo, Con las alas rotas 1 y 2 y Pandillas en El Alto; f) el teatro filmado de –o en imitación a– Raúl Salmón, desde Plato paceño a La sanguchera de la esquina; g) el cine de desastres y tragedias: Derrumbes y deslizamientos en Yungas 2019, Selección de corneadas en corrida de toros en Huarina 2016, Octubre negro, Febrero negro.

12 Quizá sea engañoso llamar a este cine “boliviano”: más que una nacionalidad, esta producción reconoce una región cultural específica, que es andina y por lo general aymara. Hay por eso poco o nada del cine del oriente (no me vendieron nada de Elías Serrano o Paz Padilla, por ejemplo), y muy poco en quechua, y sí cine andino del Perú (y no sólo El Cholo Juanito, sino películas como la premiada Wiñaypacha, esa que la prensa peruana ha publicitado, con pereza chauvinista, como “la primera cinta filmada en aymara”).

13 No se debería asumir que este “cine de puesto de feria” es, a priori, menos atractivo o de menor calidad que el cine boliviano que llega a las salas hoy ocupadas por los Avengers. En el melodrama teatral de Raúl Salmón, por ejemplo, encontramos mejores diálogos (y, a veces, mejores actores).

14 ¿Me pierdo algo si evito aburrirme con los Avengers para tratar de entender El zorro y la pastora? En todo caso, y cansado del cine como sociología (y no importa que esa sociología sea la de La guerra las galaxias o la de La guerra del agua), me planto frente al televisor para olvidarme del mundo con otra saga, esta sí de algún mérito narrativo. Y siento la melancolía del final; y también la ansiedad: ¿Quién sobrevivirá y será la reina o rey de los Siete Reinos? ¿Daenerys Targaryen? ¿Jon Snow (es decir, Aegon Targaryen)? ¿Sansa Stark con el apoyo de Tyrion Lannister?

 

 

Confidencial

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