Sombras nada más

El Cerro de Juan

Gabriel Chávez Caszasola escribe del más reciente trabajo del poeta Juan Cristobal Mac Lean, titulado Cerro.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:00

Gabriel Chávez Casazola Poeta

Si alguien quisiera proponer un programa verdaderamente revolucionario en el mundo de hoy, éste debería, creo, tener apenas tres puntos, en apariencia muy sencillos:  caminar, callar y contemplar; tres verbos que los seres humanos hemos dejado o estamos dejando de conocer por experiencia directa, para propio y ajeno deterioro. 

Juan Cristóbal Mac Lean es uno de esos pocos seres que a estas alturas (o bajuras), hace precisamente eso: camina, viaja, atisba, levanta una piedra, se la guarda en el bolsillo, contempla las estrellas o las nubes, el polvo que se levanta, la calima, un insecto, alguna hoja de árbol, pero también algunas hojas de papel, un lienzo, una escultura, unos grabados antiquísimos, rastros, pecios, fósiles, trazos culturales. 

Y después, en esa particular forma de callar que tenemos los escritores, Mac Lean vuelca su caminar contemplativo, su contemplar andariego, en pinturas o ensayos o poemas o textos inclasificables y hasta en posts de redes sociales. 

Por fortuna, hace ya algunos años que ha elegido reunir la dispersión de lo que ama (pienso aquí en Cerruto y en el callar: “una sola palabra / la no pronunciada / porque en ella está inscrita / la dispersión de lo que amas…”), y que lo ha hecho en libros, algunos de cuyos nombres dan buena y despojada cuenta de sus recorridos real-textuales:  Transectos, Fe de Errancias, Cuadernos y ahora Cerro  (Plural, 2018), que acabamos de presentar en Santa Cruz. 

¿Qué cerro es este al que sube, caminando, callando y contemplando, Juan Cristóbal? Tal vez el mismo Sinaí o el Tabor o el que diversos hombres y mujeres han escalado buscando la luz, el fuego y la trascendencia a lo largo de los siglos:  de la mirada de algún dios / caído por los cielos / está hecha la montaña / derramada su pura santidad / de alturas y quebradas / y aguas más allá de toda comunión / cumplida la devastación originaria / con sus ofrendas tierra adentro / con su sangre en la piedra / con su agua / su incendio.

Acaso se trate del monte al que subía su padre, solo, y del que regresaba con la frente rasmillada / las sandalias rotas / los ojos llenos de líquenes / todos éramos felices / la mesa estaba puesta / los jardines partían lejos / pero sabíamos de la sombra que traía del cerro. 

O del cerro que llama “de la infancia”, donde sintió por vez primera el terror y la dicha íntima del niño: la de ser abandonado entre la tierra y los follajes y donde, tal vez, se le pegó el olor de los caminos extraviados y el gusto por recorrerlos.

O simplemente sea una loma del Valle Alto, donde lo llevaron alguna vez sus pasos domingueros, o uno de los cerros de Cochabamba de toda la vida: el que miraba su madre por la noche / sin preguntarle nada, ya yéndose con él a oscuras, el Tunari en lontananza o el San Pedro al este: la diaria aparición del cerro / clava el sitio de vivir / al propio flanco.

O, de los años andinos del poeta, tan del altiplano él, una montaña de la cordillera, su rosario de cuentas nevadas los nombres / en idiomas de polvareda inalcanzable // llullaicoillimanisajama / llicancahur (…) Illampu…  Cerros que se quedaron solos, montañas abandonadas / bajo las nubes lentas (…) cuando ya nada se sabe del corazón quemado.

O la montaña de agua, Shan Shui, venida de la tinta y el pincel en una isla remota, esquiva entre la niebla que la esconde / y adusta en el papel que la despliega; caída junto al poema que la dice en el taller de pintura del poeta, celebrando el cielo y lo que resta entre óleos, sed, roqueríos, claraboyas, telas, un cuadro de Cézanne de la Montagne Saint-Victoire, fotografías, cartas y demás artefactos de la memoria, de su memoria que conoce los rincones de la pérdida.

O, lo más posible, el cerro de Juan resulte la síntesis de todas esas elevaciones, pues la loma del Valle Alto y el monte de su infancia y el Llicancahur y la Shan Shui y el Tunariserían, el Sinaí y el Tabor que a él le han tocado, como todos tenemos nuestros cerros pendientes de escala y de descenso, entre los molles que confunden el cielo con la tierra o los eucaliptos que sacuden precipicios con sus ramas y las retamas, vegetal secreto de la luz.

Es que, como puede comprobarse en las páginas de este libro, tan importante es la subida como la bajada de un cerro, su ascensión y su descendimiento y lo que se divisa en ambos trayectos y, por supuesto, en su cima, donde todo el día, el viento viene en sí, el corazón honra su pacto con la nube, en países de piedra arroja su donación de sombra y convierte al autor (y al lector) en cuenco en que el azul cae; también si el cerro nos mira desde su distancia y nos asomamos sin más (como aquí lo hace Mac Lean) a la profundidad de la lejanía:

Aparte de estos nuevos bosques a lo lejos / en el cerro no ha cambiado nada / desde hace mil años / desde hace cien mil años / ¿desde hace un millón de años? // a cuestas de la melodía de la tierra / transcurre del este hacia el oeste / y que se sepa aquí ha estado / desde que el aire tiene uso de razón // o lo he soñado o es el mismo que vi ya niño / el mismo / que tomó mis ojos a su cargo.

Caigamos, entonces, en el verde y el azul que tomaron a su cargo los ojos de nuestro poeta; en la profundidad de la lejanía de este haz de poemas que miran al cerro desde el cerro cuando / está lejos // y el cielo se pone a volver.

 

 

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