Letra 7

A 70 años de la muerte de Carlos Medinaceli

Nunca pudo retorcerle el pescuezo al cisne del modernismo, fue un eterno inadaptado, como todas las personas que pretenden vivir con autenticidad.
domingo, 19 de mayo de 2019 · 00:00

J. Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

El 11 de mayo se cumplieron 70 años de la muerte de Carlos Medinaceli acaecida en 1949 y algunos días antes terminé de leer el libro, Atrevámonos a ser bolivianos que lleva como subtítulo Vida y epistolario de Carlos Medinaceli, obra compilada por Mariano Baptista Gumucio, quien ha escudriñado la vida de importantes figuras de nuestro país desde hace varias décadas.

Puede afirmarse que Medinaceli es uno de los últimos “poetas malditos”. Fue pobre toda su vida ejerciendo el ingrato y estéril trabajo, como los hay pocos, de maestro de literatura en distintos colegios y liceos de señoritas por buena parte de la geografía patria, llevando una existencia de crónica precariedad económica, reclamando y cobrando sueldos retrasados como todos los maestros de ayer, hoy y siempre en nuestro país. Esta perenne inestabilidad material se agudizó en algunos momentos de su  existencia, como en 1942, cuando murió su compañera dejándole con una deuda bancaria y una herencia pecuniaria que se le fue como agua entre las manos.

A partir de 1930, año en el que se traslada de su entrañable Potosí a La Paz, empieza a beber con más frecuencia hasta caer en el alcoholismo que le provocaría la cirrosis renal y su consecuente fallecimiento casi 20 años después. Al parecer jamás pudo adaptarse a La Paz, pues en una de sus cartas tiene una frase muy dura para esta ciudad, llamándola “hueco,  o quebrada hedionda”.

Fuera de su  paso por la Convención de 1938 y una breve temporada en la Cancillería poco antes de la Guerra del Chaco y al final de la misma, no ocupó ningún cargo público de importancia, a diferencia de casi todos los intelectuales bolivianos de su época que llegaron a ejercer altos cargos en la administración del Estado, con distintos gobiernos. Fue siempre como él mismo afirmó en unos de sus escritos “un profesor de literatura para señoritas bien”; en otras palabras, la más infecunda e infructuosa labor en un país como el nuestro.

De toda su obra intelectual y literaria, dispersa y que sólo logró ponerla en orden pocos años antes de su muerte, hay dos cosas por las que Medinaceli tiene un sitial importante en la historia del pensamiento boliviano. 

La primera es Gesta Bárbara, la revista literaria editada en Potosí en el año 1918, cuando Medinaceli tenía 20 años de edad,  y que llegó a los diez números publicados, importante logro tomando en cuenta la precariedad el medio social e intelectual  de Potosí a principios del siglo XX.

 Fue alrededor de Carlos Medinaceli y del peruano Gamaliel Churata, pseudónimo de Arturo Pablo Peralta, que se formó un grupo entre los cuales estaban Walter Dalence, Alberto Saavedra Nogales, Teófilo Loayza, Armando Alba, Néstor Murillo y otros que con el tiempo llegaron a ser denominados o autodenominarse “la generación de Gesta Bárbara”, o simplemente “los bárbaros”.

Este grupo postulaba algunos principios del modernismo literario de la época influenciados por la figura de Ricardo Jaimes Freyre y Rubén Darío: cosmopolitismo, crítica al medio social, político y cultural de su época  al mismo tiempo  que el aislamiento en ilusorios ideales líricos de superación intelectual, alejados de la pedestre  realidad. En una palabra, el decadentismo modernista.  

Sin embargo, de ese grupo fundacional de Gesta Bárbara, casi todos  con el devenir del tiempo “sentaron cabeza” y se adaptaron a la realidad logrando un lugar al sol, con un futuro más o menos estable económica y socialmente, cumpliéndose así de forma  lapidaria la frase de Carlos Medinaceli en tono de reproche al referirse a “su” generación: “estallaron en un verso y encallaron en un empleo”, o “anochecieron al medio día”,  traducción de la frase quechua de uno de sus escritos chaupipunchaypitutayarka.

Él también encalló en un empleo pero sin renunciar a sus ideales, teniendo que pagar por ello un alto precio de forma  dramática, llevando una vida llena de dificultades, penurias y limitaciones lo que incubó en su espíritu un humor ácido y casi cruel junto a una crítica literaria mordaz con los escritores de su época, algunos de los cuales eran sus propios amigos. 

Tuvo también palabras poco elogiosas para quienes con el tiempo llegaron a ser figuras connotadas del ámbito cultural, así por ejemplo se refiere en términos despectivos a Cecilio Guzmán de Rojas y a Gunnar Mendoza. 

Su pluma estaba cargada, quizá, de un poquillo de envidia al ver que gente muy mediocre, en comparación a él y de acuerdo a la imagen  que tenía de sí mismo, logró mejores sitiales en la vida. Esa fue su mayor frustración. Nunca pudo retorcerle el pescuezo al cisne del modernismo, fue un eterno inadaptado, como todas las personas que pretenden vivir con autenticidad en un mundo prosaico y ramplón.

Existen también en el pensamiento y la vida del autor  flagrantes contradicciones; mientras por un lado reinvindica la cultura nacional, convive con una chola durante dos años, frecuenta chicherías y fiestas en los valles de Potosí y se siente más identificado con lo popular; por otro, su correspondencia no es muy generosa cuando se refiere a los indios denotando un sentimiento de superioridad con respecto a ellos y sintiéndose muy  orgulloso por su origen español que retrocede hasta el general Medinaceli, el vencedor de Tumusla, la batalla con que se selló la libertad del Alto Perú.

La erudición de Medinaceli fue la  de quien nunca salió de Bolivia; su correspondencia está llena de frases afectadas como por ejemplo: “actitud spengleriana”;  “acción nitscheana”, actitud propia del que pretende imitar, actitudes, costumbres y usos de personajes literarios o figuras célebres. 

Del mismo modo en La Chaskañawi hace comparaciones inapropiadas al equiparar por ejemplo el comportamiento del  personaje Javier   con escritores franceses como Renan o Stendhal, actitud ésta propia de  quien le gusta hacer gala de su erudición sin que venga a cuento, lo que desmerece a ratos su novela

La segunda es La Chaskañawi.  Hay que empezar señalando que el encholamiento es un mito literario al cual tres escritores nacionales han dedicado su creación, produciendo tres personajes con el mismo nombre. La protagonista de La Chaskañawi se llama Claudina;  La Miskisimi, del cuento de Adolfo Costa Du Rels, también lleva por nombre Claudina y por último Claudina también se llama el personaje de la novela En las tierras de Potosí de don Jaime Mendoza. 

¿Cuál es la tesis del encholamiento y qué subyace en ésta? La idea parece ser la siguiente: el hombre citadino, mestizo blancoide, profesional o no, más o menos aristócrata, o no, (aristocracia nunca existió en Bolivia),  es un ser que carga la decadente abulia finisecular o de “fin de siglo”, como le gustaba decir a  Medinaceli, de la civilización occidental y que llegado de la ciudad al campo encuentra en la chola de provincia la sensualidad devoradora, la vitalidad de la “madre naturaleza” y el orgullo de raza que él ha perdido, cayendo subyugado ante la hembra que termina entregándose y  pariendo para él,  pero siendo su dueña y señora. Aunque en La Miskisimi y En las tierras de Potosí el argumento varía un poco, la idea es esencialmente  la misma.

Esta tesis resulta forzada y hasta cierto punto falsa si consideramos que los procesos de mestizaje y aculturación en nuestro país han sido una constante desde la colonia hasta la República. Ningún hombre va a caer en una crisis existencial por concubinarse con una chola o va a “perderse” moral o psíquicamente por amar a una mujer del campo, habida cuenta de que el boliviano es un ser impermeable a este tipo de crisis o coyunturas morales.  Sin embargo, el mérito de La Chaskañawi es que está muy bien escrita. Publicada en 1947, su autor pudo gozar de efímera gloria dos años antes de su muerte.

 

 

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