Cuestión de fe

Un puesto que mira a quien lo mira

Sin ritual no hay conversión, no puede hacerse lo ficticio real sin la mediación de los rituales; el humo debe convertirse en prosperidad, el calzón rojo en pasión…
domingo, 19 de mayo de 2019 · 00:00

 Óscar García Músico, compositor, escritor y productor musical

Una botellita, pequeña, más pequeña que el mismo diminutivo y que en su anterior vida habrá contenido una pizca de penicilina, cobija ahora a unos cuantos chuis, rojos, cada uno de un brillante y profundo rojo en medio de un líquido que de qué estará hecho, amarillento, de apariencia espesa. 

Para la suerte, para el armario, para la vitrina, para la colección de un etnólogo, para el desordenado mueblecito de la antropóloga que junta cositas hechas por humanos de diversas creencias. Ahí estará la botellita.

 Tambien en el fondo de un cajón de velador en una calle sin nombre, a la sombra, cuidando, protegiendo según cree la dueña del velador porque en algo hay que creer. Sin fe no hay paraíso, no hay propósito, no hay a qué o a quién echar la culpa. No hay a quién maldecir, a qué escupir.

 Se cree desde tiempos remotos se ha sacrificado, se ha sacado corazones, se ha quemado, se ha descuartizado, se ha clavado, se ha empalado, se ha ahogado, se ha envenenado, se ha flechado, se ha disparado a personas por descreer, por bailar sin permiso, por devolver a la tierra lo que la tierra ha entregado. 

No parece que esto vaya a cambiar. Vidrio o yeso, todo sirve para hacerle una reverencia y valor. Darle un rasgo de divinidad, un cierto poder que ni la kriptonita ha logrado. Una pata de conejo que atrae a la suerte. No a la del conejo, por supuesto. Una herradura sin caballo, para atraer la buena suerte, no la del caballo cojo, por supuesto.

Sin ritual no hay conversión, no puede hacerse lo ficticio real sin la mediación de los rituales. El humo debe convertirse en prosperidad, el calzón rojo en pasión, la gallina en pareja humana. El vino en sangre, la galleta en cuerpo. De ahí que la obra de teatro más representada y taquillera de la historia de la humanidad sea, como ya lo han descrito de muchas maneras, la misa católica. Pero hay más. Siempre hubo esta necesidad de hacer real lo inventado.

Una canasta con palo santo. Ahí cerca a la puerta. Haciéndose los desmayados, los palos santo aguardan con absoluta paciencia  hacerse humo. No como los imberbes toca timbres, que se hacen humo pensando que hicieron la broma de su vida. Bueno, a veces sí. Otras no.

 Unas veces saldrá la señora renegona a abrir la puerta y al no encontrar a nadie hará un berrinche zapateando en la acera, pateando la puerta misma, que siendo de lata, producirá un estruendo cada vez, como si fuera un gong trucho de los Andes. 

Pero otras veces, cuando la broma no es de mucho efecto, sale a abrir la puerta gente que no puede salir, o que apenas puede salir. Gente enferma, gente aquejada de profusas enfermedades, gentes con una profunda y sostenida melancolía que las empuja cada vez más a la muerte que a los sitios de la felicidad. Gente melancólica que ha dispuesto por voluntad propia disociar al yo para vengar en sí la pérdida. 

Para hacer en la propia mente lo que eventualmente haría a la persona, cosa, fruta o animal perdidos. Una persona melancólica no abre las puertas, las cierra. No escucha la sonoridad de los timbres ni de las campanas. Hace oídos sordos, cierra también las ventanas con tablas o con calamina. Apaga las luces y apaga la música.

Los palos santos esperan. Tienen paciencia. No es común que pase mucha gente por la zona y diga “oh, un palo santo, lo compro”. Hay que ir específicamente por un palo santo. Para hacer también algo específico. Un ritual en semana santa, una visita a un nicho, una espantada general a los mosquitos en el trópico. 

O por último para hacer humear una casa con multipropósitos. Para atraer plata, o para atraer a una persona con foto y todo, que a su vez lleve la plata, el vino, la pasión y toda clase de comodidades.

Hay retamas. No siempre hay retamas. Están por el momento adentro de un balde con agua y muestran con orgullo su amarillosidad luminosa. Son lo más amarillo que hay por estas tierras, desde el más amarillo de Van Gogh. Se podría decir que hay un amarillo Van Gogh y un amarillo retama. El primero es como vigoroso y el segundo es como intenso.

 Parece que se ha vuelto una técnica mañuda esa de prestarse palabras de otras áreas para explicar otras. Palabras de la luz para describir el sonido, palabras del fisiculturismo para describir cosas de la luz. La retama ahí hace caso omiso a estas disquisiciones. Ahí está quieta y nada la perturba. Es a veces adorno, a veces mate. El mate de retama sirve para asuntos del corazón. No es seguro si para cosas cardiacas o para cosas sentimentales. Si alguien ha sido abandonado, decepcionado, deslealtado, ya sea que se trate de hombre o de mujer, o de macho o hembra, o lo que fuere, la elección es cosa de cada quien, se aconseja tomar un mate de retama para sanar. 

Que no es lo mismo que para olvidar. Para olvidar se bebe alcohol y no funciona. El mate de retama sana la pena pero no la arregla. Para arreglar la pena se usan otros brebajes y amarres que tampoco funcionan pero se usan. 

Son otros inventos que requieren de otros rituales que incluyen fumadas poderosas y escupos con dedicación. Incluyen toda clase de combinaciones como el tarot con la astrología y ésta con las carpas apaches. Las carpas apaches con la diosa Kali y las manos de la diosa Kali con el pañal de Cristo colocado de cabeza en un elefante de la India sentado sobre un Buda que a su vez debe estar sentado sobre una moneda de 20 centavos acuñada hace no más de 20 años.

 Con estas acciones tampoco se va a arreglar nada. Pero quien hace todos los rituales sale siempre ganando. O plata o a la persona en estado de pena, desgracia y abandono. La retama para el corazón puede funcionar si se cree que funciona. Es otra vez cosa de conversiones. El mate en fe.