Contante y sonante

Capital para acabar con el capital

Óscar García escribe sobre cómo personas con lógica elemental maldicen un sistema, desde el mismo sistema, al que alimentan, sacan brillo, engordan y del que, además, disfrutan con absoluta plenitud y apasionamiento.
domingo, 05 de mayo de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Para llevar ropa usada de un lugar de acopio al lugar de venta, sea una feria, una tienda en la desvencijada calle en la que diez minutos de granizo acabaron con los planes de vivientes en estado de hacer planes, se necesita capital. 

Para comprar fardos y fardos de ropa usada con marcas que serán ostentadas en el pub recién inaugurado para beneplácito de las gentes que suelen tener como mayor propósito en la existencia  mostrarse en el pub recién inaugurado, se necesita capital. 

Para trasladar los fardos, se necesita capital. Para alquilar el lugar en el que se pondrá en exposición la ropa de marca, sea mostrada como nueva o como evidentemente vieja, se necesita capital. Para mandar a hacer el anuncio con determinada coquetería, se necesita capital. Para comprar el material con el que el hacedor de letreros irá a fabricar el anuncio de la boutique, necesita capital. El hacedor de letreros, el que sube las gradas inauditas que llevan a la ciudad alta, más alta que la alta ciudad, el que sube a buscar el material más barato para construir sus obras, suele ser bastante cuidadoso a la hora de elegir salvo cuando sube después de una celebración familiar o como diría un locutor que se respete, después de un acontecimiento social. 

Que es en realidad una junta para ingerir alcohol. Ingerir alcohol no está mal siempre y cuando no esté mal. El trabajador de los carteles suele darse al alcohol una vez a la semana pero con conciencia, con pasión, con absoluta convicción. Porque sabe que es una sola vez y no va a desperdiciar la oportunidad. 

Entre las dos ciudades altas hay un bar. En el letrero casi luminoso se lee “recuperemos nuestro bar”. Ahí se concentra lo mejor de los trabajadores de letreros, canaletas, marcos de ventanas, jaulas para pájaros en extinción y parrillas personales, de esas pequeñas en las que apenas entran dos chorizos y un jalapeño partido en dos. 

Se reúnen a veces lunes, a veces jueves. Hasta el día siguiente no paran. Si el cuero les da, continúan  un día más. De entrada piden dos botellas de ese trago que solo en el bar recuperemos nuestro bar se vende. Es de color azul maya. Complicadísimo de lograr. De qué estará hecho. Pero se dice que el efecto es rápido y furioso. Comienzan los síntomas con sensaciones de mayor temperatura corporal. Luego, después de unos treinta minutos, sudoración profusa en las plantas de los pies. Más tarde, hormigueo en la columna, en toda la columna. La vista nublada durante un largo rato, sordera súbita. 

Al cabo de doce horas, lucidez impresionante en temas específicos pero jamás coordinados. Uno habla, por ejemplo, de política en los países bajos, otro, de deportes extremos en el Himalaya. Una experta en canaletas  se pone a hablar de pronto de la obra completa de Sofonisba Anguissola, la pintora renacentista a la que le usurparon tantas veces la firma por el solo hecho de ser mujer. La canaletista habla de ella y se compara, nadie le da crédito por sus canaletas. Cuando las ofrece le preguntan por el maestrito. El maestrito, de marcos para ventanas, de pronto comienza a hablar de Gengis Khan, el gran Khan, y del canto armónico. Todos, ellos y ella, hablan al mismo tiempo, fuerte, con vehemencia. Mueven los brazos, zapatean, hacen una serie de ademanes, luchan por sobresalir a toda costa. 

De pronto y como si fuera un mandato divino, a la señal de ahora, se callan. Entran a la etapa de la confusión. Empiezan a confundir todo con todo. El dedo índice con un tajador de lápices gruesos, el vaso que está ahí al frente, esperando a ser levantado, con un busto de Beethoven que antes estuvo bien plantado a la entrada de una oficina en la Universidad Mayor de Salamanca. Confunden gato con liebre. 

Por supuesto, se marean un poco. Bueno en realidad ya vienen mareados de hace rato pero esta etapa marca con mayor profusión el acto del mareo. La confusión marea como marea el poder o no tanto, pero marea. De este estado de confusión general, como afirma Macedonio Fernández, se desprende el estado de letargo y vigilia que consiste en un aparente estado de contemplación sin sentido. 

Es el tiempo en el que quedan mirando a un punto fijo con la boca semiabierta, apenas abierta de tal manera que no permita el ingreso de moscas. Puede durar mucho tiempo pero nunca se sabe. Nadie ha medido este estado en varias oportunidades como para hacer un promedio. No es, por supuesto, algo tan importante como para convertirse en un caso de estudio. Es un rumor, un relato. Como el relato religioso pero inofensivo.

Para llegar a este estado, se necesita capital. Para salir y esperar el minibús luego, con el cuerpo quebrado, se necesita capital. El minibús que aparece en medio del polvo es producto de capital. El trago azul maya, producto del capital. Mientras exista el capital lucharemos, dice en la radio una voz que es producto del capital, el más salvaje de los capitales saliendo de una radio que esa voz  ha comprado con capital. 
 

 

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