Teatro

Gestos valen mil palabras

Jorge Patiño escribe sobre la obra del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht, quien, a decir del autor, luchó toda su vida escribiendo.
domingo, 05 de mayo de 2019 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli Escritor

En uno de sus arranques típicos, del Valle Inclán dijo que “Cuando el cine sea mayor será teatro”. En Bolivia vivimos una pequeña primavera del teatro y se abren mil posibilidades para representar a autores nuevos y viejos. Entre ellos, Bertolt Brecht tiene virtudes que lo hacen atractivo para nuestro momento político y teatral. Quiero recordarlo. 

Brecht pertenecía a una generación de comunistas que estaban orgullosos de serlo; cuya convicción era tan segura que en ella cabía toda esperanza de transformación hacia una sociedad más justa. No ha sido pena perder el comunismo, que era una ideología más –socialmente extrema y económicamente delirante- sino la esperanza y la fe en la esperanza misma.

Entramos al siglo XXI cargados de estadísticasy modelos vigentes y muertos, pero sin esperanzas y sin ilusiones. Escaldados de todos los experimentos, del comunismo totalitario al capitalismo descarnado, estamos paradójicamente dispuestos a creer en cualquier cosa; no porque pongamos en ello ilusión, sino porque la desesperanza nos hace crédulos e irracionales; terreno fértil para populismos. 

Brecht despreciaba esa frivolidad peligrosa. El futuro era para él cosa demasiado seria como para dejarlo en manos de charlatanes. Había esperanza en el aire y él creía en el teatro como instrumento de una acción transformadora que llevase a la realización de esa esperanza. “El teatro como arma revolucionaria es el mejor abogado y portavoz de la causa proletaria”.

Brecht, Orwell y Stalin

Brecht era un “dogmático intransigente” y hermano de Orwell en la austeridad intelectual. Ambos eran hombres de izquierda fuera de los partidos. Orwell más preocupado por el hombre que por el sistema. Orwell más lúcido, Brecht más lúdico y más cínico. Orwell arriesgó la vida en la Guerra Civil Española, Brecht no quiso ira Madrid por miedo a las balas. Orwell despreciaba a Stalin. Brecht aceptó el Premio Stalin de la paz. Eran casi contemporáneos, pero no he encontrado ninguna referencia mutua. ¿Brecht leyó 1984? ¿Conoció Orwell la Ópera de los tres peniques?

Brecht nunca se afilió al partido comunista y abogaba por una visión escéptica con Rusia. Al final de cuentas, “sin el uso de la fuerza y la opresión no era posible erradicar la fuerza y la opresión” y llegó a sugerir que las víctimas de las purgas “cuan más inocentes son, más merecen morir”. Brecht creía que Stalin era un gran déspota  revolucionario y lo ponía en la misma categoría que Cromwell, Robespierre y Napoleón. Decía también que Kafka era el único escritor verdaderamente bolchevique.

 

Obra

Brecht alcanzó la fama a los veinte años con su Ópera de los tres peniques, con música de Kurt Weill a partir de una obra del siglo XVIII. Cuando se la estrenó en 1928, “todo Berlín tarareaba sus melodías” cuenta Lotte Lenya, actora principal del elenco (y esposa de Weill). Pero eran días difíciles para una Alemania donde, no recuperada del desastre de la Primera Guerra Mundial, ya aparecían las señales agoreras del nazismo.

Además del teatro que le dio la fama, Brecht escribió mucha crítica literaria y poesía. Una reciente  edición de su poesía afirma que Brecht dejó más de dos mil poemas. “¿No sería más sencillo si el gobierno disolviese al pueblo y eligiese otro?”,  “Primero viene la comida, después la moral” son dos de sus frases famosas.

Después de la Noche de los cristales rotos, Brecht, que estaba en lista negra del nuevo régimen y era casado con una judía, huye prudentemente de Alemania, con estadías en Dinamarca, Finlandia, Suecia y Rusia hasta que decidió paradójicamente buscar refugio en el EEUU capitalista.

 
Hollywood

Para evitar el control nazi, Brecht atravesó Rusia en el tren transiberiano y llegó a Hollywood en 1940. Un infierno con aspecto de paraíso, como lo llamó él, que “detestaba las partes de la ciudad vestidas de domingo y prefería los suburbios industriales”, pero, siendo contradictorio como era, también decía que  “no podría vivir en una ciudad porque me gusta orinar bajo las estrellas”. 

No sorprende que Brecht, poco dispuesto a hacer concesiones a la realidad comercial del arte, tuviera poco éxito en Hollywood. Cuando comenzó la cacería de brujas del macartismo, Brecht fue interrogado por el infame Comité parlamentario para actividades anti-americanas, donde se dice que llevó la mejor parte. Su frase “Creo que estoy seguro” pasó a la historia de la ambigüedad. Volvió a Europa en 1947. Fiel a sus convicciones se fue a vivir y trabajar a Alemania Oriental, donde murió en 1956.

 

El teatro

Brecht ha pasado a la posteridad por su empeño en revolucionar el teatro haciéndolo didáctico. Se asocia lo didáctico con lo aburrido, pero él argumentaba que  “El teatro didáctico debe ser también divertido” y, de hecho el suyo lo es. “El espectador es un fugitivo que ha huido de su pequeño mundo. Fugitivo, pero cliente que hay que agradar”. Brecht sabía que su teatro estaba compitiendo con otras distracciones y el cine en particular. 

El universo del teatro de Brecht incluye personajes del vulgo –prostitutas, camareros, contrahechos, contrabandistas– y “grandes” como Juana de Arco, Antígona y Don Juan; en situaciones dramáticas y cómicas, de Chicago a China. Uno de sus logros es haber producido un teatro realista e inteligente con humor y música. Su definición de realismo suena hoy demasiado revolucionaria: “Arte realista es arte combativo. Es lucha contra los falsos modos de ver la realidad e impulsos que se oponen a los intereses reales de la humanidad”, y ya lo era. 

La utopía política a la que él apostó y donde puso su empeño se hizo añicos, pero incluso desprovisto de su vigencia revolucionaria, obras como La vida de Galileo, Madre coraje y su Ópera de los cuatro cuartos pueden ser vistas hoy en día, desinfectadas de su vigencia revolucionaria, en grandes ciudades capitalistas. “El efecto estético produce un efecto moral”, decía él. Quizá, pero el sistema todo lo asimila.

 

El Bertolt dentro de Brecht

El matrimonio y el adulterio eran para Brecht conceptos de la moral burguesa, pero era él un polígamo que exigía fidelidad. 

Un agitador mal oliente, vestía siempre de negro, de forma informal y aparentemente descuidada, pero confeccionada por un buen sastre. Trabajador incansable, empedernido y consecuente; durante toda su vida se permitió el placer de leer una novela policiaca al día. “El ser humano es por naturaleza inconsistente y contradictorio”, decía él mismo.

“Lucha escribiendo.  La realidad está de tu parte. Ponte de la suya”. Él lo creía y luchó toda su vida escribiendo.

 

 

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