Notas para romperse una pata

Decálogo de las dudas de una tesis

La autora analiza a los primeros movimientos como escritor, como dramaturgo, de Jorge Icaza Coronel, un referente mundial del realismo social ecuatoriano.
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro 

Mi investigación de tesis de maestría en Literatura fue sobre  la obra teatral del ecuatoriano Jorge Icaza Coronel (1906-1978), quien es más conocido por su narrativa, por ser el referente mundial del realismo social ecuatoriano, por ser un inolvidable del indigenismo hispanoamericano y, sobre todo, por su novela Huasipungo (1934), y lamentablemente muchas veces se lo reduce a esta novela únicamente. 

Pero de este autor hay mucho más, como su primer experimento con la escritura, que fue el teatro, hasta el último que fue la autobiografía (el tríptico Atrapados de 1972, es como si ya se hubiera dado cuenta de su cercana muerte, y que comenzó a hacer una larga revisión de su vida personal y como escritor).

 De su narrativa se ha dicho todo lo que se podía decir, por lo que he decidido acercarme a sus primeros movimientos como escritor, como dramaturgo. 

Creo que es de lo más lindo que podemos investigar sobre él, porque esta primera etapa como escritor (y muy poco conocida), fue una etapa de ensayo y error como en la ciencia, pero una serie de experimentación en la que hay que volver a empezar una y otra vez, porque una hipótesis no ha sido probada. 

Icaza tuvo un total de siete obras teatrales escritas, de las cuales las primeras tres están perdidas (El intruso de 1928, La comedia sin nombre y Por el viejo, ambas de 1929), tan perdidas que ni Wikipedia las nombra ni las reconoce. 

Las dos siguientes son hijas legítimas y derechas del psicoanálisis (¿Cuál es? y Como ellos quieren de 1931), y las dos últimas (Sin sentido de 1932 y Flagelo de 1936) son unas hijas bastardas y deformes del teatro del absurdo, el surrealismo, el teatro épico y la tragedia griega, y con un sabor a realismo pero que no es realismo, porque la copia de la realidad no está en las situaciones verosímiles (todo lo contrario), sino en los símbolos y alegorías. 

Estas últimas son mis preferidas y en las que me enfoqué durante mi investigación, justamente porque me costó saber qué eran. Porque son un monstruito híbrido que representan una época monstruosa. 

Son obras extraterrestres, y las dudas que se quedaron brincando en el aire me hicieron reflexionar un poco más sobre el teatro contemporáneo.

1. Hoy por hoy, ¿es posible que una obra teatral se mantenga sólo en una tradición? Revisando poco a poco, ¿podemos clasificar cada obra en un movimiento? ¿Por qué las tradiciones teatrales se reducen a una definición y no pensar en híbridos? ¿Puede una obra de teatro ser extraterrestre? 

Digo esto porque me costó mucho posicionar a Sin sentido y Flagelo en una sola tradición. Y no serán ni las primeras, ni las últimas obras a las que les ocurre. 

2. ¿Una obra de teatro puede ser una pintura? 

3. ¿El teatro sigue siendo teatro si no hay una línea argumental? Esa es Flagelo, no hay argumento, no hay historia, sólo una repetición en bucle de acciones, de un látigo que flagela constantemente a un grupo de indígenas, mientras un pregonero anuncia lo que ocurre con un buen tono irónico. 

Al final, nos enteramos que el látigo es manejado por tres personajes, que son un hacendado, un militar y un sacerdote, que saben cuál es su función en esta obra teatral. Algo interesante de esta obra es justamente el loop, el bucle que no lleva a ningún lado, un eterno presente de una historia nacional monstruosa y extremadamente violenta. 

4. Si una obra de teatro reflexiona sobre sí misma, ¿perdemos completamente la empatía? Es decir, ¿realmente dejamos de identificarnos? ¿Seguirá siendo útil la identificación del espectador con el personaje?

5. ¿Es contradictorio como espectadores que tengamos empatía y razonamiento a la vez? A veces pienso que sí, que es contradictorio. Pero a veces pienso que es posible pensar en las dos opciones en un determinado orden. Podríamos conmovernos, limpiarnos, llorar, y luego razonar sobre lo que estamos viendo. 

¿O es que estamos demasiados rotos cuando lloramos que luego no podemos pensar? ¿No es así la vida también? Dejamos que el horror nos invada por unos minutos para poder reaccionar después. ¿Podría seguir ese orden el teatro?

6. ¿Vamos a un espectáculo teatral a entretenernos o a pensar? Mucho del teatro del siglo XX siguió por la segunda línea, y nos quedamos con la idea de que vamos para pensar, y por eso el público de teatro se ha ido reduciendo tanto. Pensar nos quedó grande.   

7. ¿Cómo se pone en escena a un personaje-objeto que es alegórico? Las obras de Icaza que estudié no fueron presentadas, la primera fue autocensurada por los actores que tuvieron miedo a las posibles represalias, la segunda fue presentada por el ciclo de teatro polémico del Teatro del Pueblo de Buenos Aires, y como era tan under, no hay registros. ¿Cómo hizo que un látigo se vuelva persona? 

8. ¿Qué tanto nos hace reflexionar la ruptura de la ilusión teatral? 

9. ¿Será que todo teatro es político?

10. ¿Qué tan factible sería montar las obras de Icaza hoy en día? Son obras muy representativas de la coyuntura de los años 30 en Ecuador, pero es un contexto que se repetía en toda Latinoamérica. ¿Podríamos volverlas a poner en escena? ¿Podremos llegar a revisar la Historia a través del teatro? ¿Podremos revisar el teatro a través de la Historia? Pregunto, porque creo que esas obras merecen una oportunidad. Se lo debemos a Jorge. 

Es lindo, cuando un autor deja más preguntas que respuestas.
 

 

 

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