Cine

Entre santos, cholos y morenos

Okie Cárdenas deja que esta tensión se manifieste y no la resuelve, no tiene por qué hacerlo, esa es labor del espectador, si así lo quiere...
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

Willy Camacho Escritor

¿Es realmente la devoción la que mueve la festividad del Gran Poder? Esa pregunta será una de tantas que surjan en la mente de los espectadores que asistan al cine a ver Entre santos, cholos y morenos, sobre todo en aquellos que no conocen nada de esta fastuosa fiesta que nació en el barrio de Chijini de la ciudad de La Paz y se realiza anualmente en honor del Cristo de tres rostros: el Señor del Gran Poder.

Los que conocen algo de las prácticas culturales alrededor de esta fiesta, quizá ya tengan una respuesta predeterminada: la devoción es lo de menos, porque en el Gran Poder la plata manda. Y es que hay algo de ambas cosas, y eso, precisamente, es lo que refleja el documental (combinado con una pizca de ficción) de Okie Cárdenas. 

Bueno, en realidad, lo que refleja es la tensión entre lo material y lo espiritual, entre la racionalidad y la locura, ese continuo caminar en una delgada línea que separa conceptos aparentemente contradictorios, pero que, en el contexto boliviano, conviven de manera relativamente armoniosa.

Para ilustrar esto, un ejemplo: Cárdenas sigue al propietario de un próspero restaurante paceño, quien antes de partir hacia el pueblo donde va a bailar morenada, challa su movilidad con cerveza y brinda “para que volvamos sanitos como hemos partido”. 

Es decir, bebe alcohol para que alguna deidad bendiga su pulso y lo ayude a llegar sin contratiempos a su destino. Todo es cuestión de fe: si le pasa algo, es que no ha gastado lo suficiente para agasajar a su santo; si pese a conducir ebrio llega bien, es que su santo ha aceptado su ofrenda.

Y todo es cuestión de enfoque: no se trata de que los pasantes de un preste derrochen dinero en un afán de ostentación, sino que miden el tamaño de su devoción con el monto económico que destinan a la fiesta de su santo. 

Eso sí, como declara un entrevistado en la película: “Para ser pasante hay que tener dinero, y no poco”. Y la mayoría de los pasantes entrevistados hacen hincapié en la devoción, en la fe, dejando en un segundo plano lo económico, aunque, claro, no dejan de jactarse por ello. 

Uno de ellos asegura que se trata de un “sistema de redistribución, no es derroche. El preste redistribuye la riqueza acumulada entre los invitados, con buena música, buena comida…”.

Okie Cárdenas deja que esta tensión se manifieste y no la resuelve, no tiene por qué hacerlo, esa es labor del espectador, si así lo quiere, pero lo más sano sería no tratar de encontrar una respuesta, sino convivir con la duda, o más bien con la ambigüedad, y asumir este documental no como un material que nos va a descubrir algo nuevo (a los bolivianos) sino como un espejo en el cual, en mayor o menor medida, nos podemos ver reflejados, porque la cultura chola es la que manda en gran parte de nuestro territorio, y no importa si el reflejo nos gusta o no.

Por otro lado, llama la atención la pizca de ficción que se entremezcla con las entrevistas: un maestro pintor de edad avanzada, convive con su aprendiz y tiene un romance imaginario con una chola hermosa. 

El maestro pinta para unos pasantes y se da a los excesos del alcohol, la comida y el sexo. No sé si Okie quiso plantear una analogía entre los excesos de la fiesta y la vida del maestro, o si se trata de una metáfora que sugiere la irrealidad del ámbito festivo, donde, precisamente, las reglas de la cotidianeidad, e incluso del tiempo, se suspenden durante unos días para que los que festejan den rienda suelta a pasiones que, en otro ámbito, serían mal vistas.

En todo caso, el desconcierto que causa esta línea ficcional entretejida con lo documental va de acorde con el desconcierto general que provocan (repito, para quienes no conocen nada de estas manifestaciones culturales) las declaraciones de los entrevistados. 

Por una parte, se habla de devoción en un sentido muy religioso, incluso conmovedor, pero lo económico también se destaca constantemente. Un entrevistado dice con orgullo: “Hasta los lustrabotas tienen harto trabajo en el Gran Poder. Esta fiesta ayuda a mucha gente, todos ganan plata, además que el Gran Poder es todo el año y el año entera genera dinero”.

Al parecer la nueva burguesía aymara se consolida con el poder económico, o más bien, tiene como condición la del poderío económico. Es como si nada más tuviese valor, solo el dinero. Ni títulos universitarios ni otro mérito que no sea la capacidad de organizar una fiesta mejor que la del año previo. El dinero manda, y por eso la chola abre el paso de las fraternidades de morenada, pues ellas son las que regentan esos emporios ubicados en las zonas comerciales de la zona norte. 

Como dice la letra de una famosa canción: “para bailar morenada hay que tener platita”, y estas señoras la tienen, de modo que su posición destacada y principal el primer bloque de las fraternidades está garantizada. 

Este último aspecto no es abordado en profundidad en el documental, como también se echa de menos una mirada al origen del dinero que se convierte en demostración de fe en la fiesta del Gran Poder. Quizá sean motivo de otro trabajo, pero sí creo que podrían haber enriquecido esta exploración de la festividad chola.

Fuera de ello, Entre santos, cholos y morenos nos sumerge en el interior del Gran Poder, nos presenta las contradicciones y ambigüedades de propia voz de los protagonistas, lo cual ya es un aporte. No es una pieza larga, apenas una hora que se pasa volando, pues, como ocurre fuera del cine, las fiestas generalmente parecen demasiado cortas.

 

 

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