El caníbal inconsecuente

“Mi amigo tan querido como nunca olvidado…”

En este texto, la autora explora la figura de Carlos Bravo Molina, intelectual decimonónico que estudió sin tregua la lengua aymara.
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

El caníbal inconsecuente

Kurmi Soto / Literata e investigadora

A pesar de una breve pausa durante el mes de mayo, en la cual este espacio fue, en realidad, utilizado por Ximena Soruco para hacer un pequeño homenaje a Carlos Medinaceli a los 70 años de su muerte, quisiera continuar con algunos temas que ya pude tratar en abril, sobre todo al momento de mencionar a Jesús Viscarra Fabre, eximio aymarista, aunque no exento de polémica.

 Por eso mismo, comienzo este artículo con unas palabras que Carlos Bravo dedicara al cura franciscano en una carta fechada a finales del siglo XIX en la que, tras unas líneas muy sentidas, se dispone a tratar temas menos personales y más eruditos: los pormenores de una investigación sobre el famoso obispo Bernardino de Cárdenas, figura central a la que volverían casi de manera obsesiva a lo largo de su correspondencia. Sin embargo, hoy me gustaría dirigir esta dedicatoria al injustamente olvidado Carlos Bravo Molina (1849-1902). 

 Sobre él se sabe poco y se ha escrito aún menos, a pesar de haber sido en su momento un respetado patricio paceño cuyo recorrido intelectual merece ser rescatado. 

Los retazos que nos quedan son bastante escuetos y no hacen justicia al personaje. Sabemos, por ejemplo, que fue un incansable investigador que se ocupó de varias disciplinas, entre las cuales la geografía, la historia y la lingüística. 

Sus libros también nos hablan bastante sobre sus intereses y, ante todo, dicen mucho de su afán divulgador. En efecto, la mayoría de los textos que nos quedan de él son manuales de escuela, censos, una historia sobre los hospitales de La Paz y, por supuesto, diccionarios y gramáticas aymaras. 

Gran parte de esta obra fue desarrollada junto a otros pensadores de talla, como Eduardo Idiáquez, o Manuel Vicente Ballivián, amigos entrañables con los que escribiría constantemente y llevaría a cabo incontables proyectos. De hecho, con este último fundaron la Biblioteca Boliviana de Geografía e Historia, una colección de gran envergadura en la que se publicaron, entre 1887 y 1894, cinco grandes libros de viajes y exploración a los confines del territorio boliviano que resumen algunas de las grandes inquietudes decimonónicas. 

 Asimismo, no cabe duda de la personalidad carismática e inquieta de Carlos Bravo, alrededor de la cual se construyó la mítica Academia Aymara. Esta institución fue, de cierta manera, una suerte de continuación de la obra de José Rosendo Gutiérrez y constituyó el primer espacio institucional, en el pleno sentido de la palabra, dedicado al estudio del aymara. 

Ya en 1882, ambos, Gutiérrez y Bravo, formaban parte de la Sociedad de Aymaristas, en la que se dieron cita los más importantes intelectuales paceños de la época: Félix Reyes Ortiz, Nicolás Acosta, Agustín Aspiazu o Macario Pinilla, entre muchos otros. 

Este grupo de notables compartió varios rasgos en común que permiten subrayar las dinámicas de la élite de aquel entonces: en su gran mayoría, eran hombres que provenían de las cálidas regiones yungueñas, casi todos ocuparon un puesto político en la Alcaldía y ejercieron profesiones liberales (abogados, profesores universitarios…), al mismo tiempo que entablaron fructíferas relaciones de estudio con el clero local, en particular, con el célebre obispo Juan de Dios Bosque y con el gran aventurero Nicolás Armentia. 

 Tras la muerte de Rosendo Gutiérrez en 1883, el núcleo se desintegraría y tardaría unos cuantos años en volver a componerse. 

En el ínterin, Bravo colaboraría con Ernst Middendorf en la publicación en alemán de Die Aymara-Sprache (1891), sin embargo el explorador europeo nunca reconocería públicamente el importante aporte de los letrados paceños en su investigación y ocultaría, en más de una ocasión, a sus informantes. 

Al menos así lo afirma Carmen Beatriz Loza en su estudio sobre las libretas de apuntes del arqueólogo Max Uhle y, a través de estas notas, reconstruye la rica actividad finisecular de los círculos aymaristas. 

Gracias a su trabajo casi detectivesco, ella logra proponer una lista pormenorizada de las personalidades que participaron de este movimiento y aporta un amplio panorama que debería servir para futuros estudios sobre el aymarismo del siglo XIX. 

Bravo, está claro, ocupó un lugar privilegiado en este circuito y, al poco tiempo, se transformaría en el principal impulsor de la Academia Aymara, como ya lo mencionábamos. 

 Gracias a sus lazos privilegiados con la Alcaldía, que deseaba reconocerlo, él consiguió un pequeño local que serviría para las reuniones de la Academia y un financiamiento para sus publicaciones.

 El boletín, del que se conocen unos seis números, constituye, en este sentido, el esfuerzo mejor logrado por difundir los resultados de este grupo de trabajo que buscaba, entre otras cosas, insertar el aymara dentro de los estudios universitarios (algo que no se lograría sino hasta la década de 1970). 

Sin embargo, en 1902, Carlos Bravo moría enfermo y casi ciego, y pronto pasaría al olvido. Según Nicanor Aranzaes, su biblioteca “le fue embargada por una pequeña deuda” y, con ella, sus manuscritos, perdiéndose así un significativo acervo documental. Ciertamente, la dejadez con la que se ha tratado su figura constituye una omisión ingrata y dolorosa, como lo prueba el estado de su tumba, ubicada en el Cementerio General, hoy en día descuidada y por poco en ruinas, un final trágico que también ha marcado el destino de muchos de sus contemporáneos.

 

 

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