Contante y sonante

Regresiones certeras

Te gusta sumar los números y volverlos un número del uno al nueve; te gusta hacer que la cucharilla suene en la taza, de izquierda a derecha, al revés, en círculos, hasta que alguien diga basta...
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

Óscar García Músico, compositor, escritor y productor musical.

Te gusta sumar los números de las puertas en las casas. Los que se inscriben en las puertas, o al lado, o encima. Los que se instalan brillosos en los edificios, en las puertas sin casa.

Te gusta sumar los números y volverlos un número del uno al nueve. Un número simple al cual le confieres algo de mágico, de suerte, de bajón. Cuando la suma da un número que te hace algo, digamos vibración buena o buen augurio, sonríes, envidias de buena forma a quienes habitan detrás del número. Dices, para adentro, es un buen número. La numerología no es tu especialidad. Es pura intuición. Sientes que debieran agradecer, pateas una leve hoja seca, te vas.

Te gusta, cuando es posible, meterte en un turril de metal, abandonado, oxidado, para sentir una especie de hogar pero no como protección o resguardo. Te gusta como experiencia sonora. Te gusta meterte ahí adentro y hacerlo sonar golpeando desde el interior o de afuera, extendiendo un brazo con algún objeto largo, contundente. Lo haces sonar para que la vibración te sitúe entre el límite de un campanario que te abraza o de una campana cuyos latidos son tus propios huesos.

Te echas en la cama, de espaldas, dejas que tu cabeza cuelgue, hacia abajo, hasta que puedes mirar el suelo. Sueltas los brazos, dejas que la sangre baje, esperas con ansiedad que de pronto algo te nuble la vista. No ves nada, crees que vas a morir, no mueres, te ríes.

Te gusta hacer que la cucharilla suene en la taza, de izquierda a derecha, al revés, en círculos, hasta que alguien diga basta. Cuando nadie dice basta, es tiempo de mirar alrededor. Ya no te gusta. La otredad ha concluido.

Te gusta, lo sabes en el fondo, subir las gradas, rápido, para algo y por algo. No sabes, al llegar, ni el por qué ni el para qué. Entonces bajas, con el mismo entusiasmo y con el mismo resultado. Te gusta, te asusta.

Te gusta acercar los dedos de tu mano derecha a tus narices y recordar.

Te gusta imaginar que lo imaginado hubiera sido certidumbre y el momento consumado futuro y cosa cotidiana. Que la hierba que te observaba apenas sostenida por el viento tibio, hubiera sido la nueva alfombra. Te gusta soplar el humo, a las pompas. Entrecerrar los ojos y lanzar las mejores energías a las estrellas de San Juan.

Te gusta pensar que la rabia va a darle más picante a la llajua que mueles en el batán pero el momento que comienzas a disfrutar del hecho, ya es alegría por lo que causas el efecto contrario. Te gusta romper tu propio hechizo.

Te gusta mirar la lluvia en la ventana. No la lluvia, sino lo que hace la lluvia a la ventana. La besa, la recorre, la golpea, la humedece, la entristece y al final la abandona. Mientras miras, piensas, llevas hacia atrás un brazo extendido e intentas que algo, alguien lo toque, para tener sotén porque sabes, de alguna forma, que sin sostén no hay libertad.

Te gusta sacar la miga del pan para ofrecerla a un pájaro, a una sombra, a una bolsa de basura. Te gusta que tome formas diversas hasta que sea desechada.

Te gusta doblar tu ropa una y otra vez. Te gusta desdoblarla para exponerla al sol y pensar que te habla.

Te gusta bailar sin música, encontrar el orden rítmico en el sonido de las teclas de la máquina, en el tamborilleo que hace la caldera al hervir el agua. En la respiración de las gentes apuradas en medio de la venida más transitada de la ciudad, en hora pico, cuando a nadie le importa nadie.

Te gusta saber que siempre se puede volver al tiempo y a los lugares en los que todo lo que hacía falta era gustar de solo lo trascendental, lo valorable, lo único.

 

 

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