Estados...

Gentes vemos…

En la ciudad hay gente fiesta, la gente cohetillo, la gente farsa, la gente avestruz. La gente lucero de la mañana, la que brilla unos segundos...
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:00

Óscar García Músico, compositor.

En la calle está la gente, atisbando. Está apurada vacilando, cargando sus depresiones en un hombro y en el otro. Gesticulando mientras se pregunta y se responde a sí misma. Está la gente con audífonos adheridos en las orejas oyendo sin escuchar toda una línea simétrica de compases multiplicados por miles, todos iguales y en un futuro inmediato reproducibles como se reproducen las cosas en las matemáticas de la igualdad. 

Está la gente entrando y saliendo de las cajas de sardinas que parecen reproducirse en algún lugar de la ciudad de El Alto para invadir, para infestar, para detener un día y de una vez por todas, todo el altiplano y sus hoyadas asfixiantes. 

Está la gente vendiendo y comprando como las dos acciones que marcan la existencia en estos y en los próximos días. 

Está la gente sentada en una silla, frente a un escritorio, mirando una pantalla, jugando el juego de las gentes conectadas. Solitario. 

Están las gentes diciendo a las gentes, desde el escritorio, no se puede, no ha traído sus documentos, usted debe por todo, usted tiene que ponerse de rodillas, usted tiene que firmar, usted no tiene que firmar, usted tiene que acarrear sus huesos para que se los pisemos aquí, usted tiene que cacarear cuando a nosotros, sus empleados, se nos dé la gana. 

Usted tiene que darse la vuelta y entregarnos al menos la espalda para cargar nuestras ganancias lícitas de toda licitud aparente.

Está la gente con sus frenéticas respuestas cuando nadie pregunta. La gente fiesta, la gente cohetillo. La gente farsa, la gente avestruz. La gente lucero de la mañana, la que brilla unos segundos hasta que se acuerda de cada uno de sus problemas, se acuerda de que debe a la señora de la tienda, al tío, a la novia que se fue hace años con un fornido croata jugador de cartas españolas. 

Le debe plata al amigo que tiene plata quién sabe de dónde porque trabaja haciendo nada en un viceministerio que no se sabe para qué sirve. Se acuerda de ser inútil para casi todo, se acuerda de no saber abrir una lata de salsa de tomate ni de planchar una camisa complicada en su diseño. 

Se acuerda de ser de esas gentes a las que cada cierto tiempo se las cambia por cualquier cosa, por papas, por zapatos viejos. Se acuerda de haber tomado siempre decisiones equivocadas en todos los ámbitos. 

De haber sido en el amor una tregua, un juego de damas chinas sin contrincante, una boca seca, una saliva sin boca. 

En los negocios, un colibrí después de haber tomado néctar fermentado en yerbas con propiedades alucinógenas. 

Un soñador, una soñadora con los ojos abiertos todo el tiempo, sin tomar en cuenta una desastrosa miopía que nunca dejó ver lo que venía, ni lo que iba, ni cómo los pocos billetes que conseguía se volvían de a poco en ruinas, en Pompeya, en Tiahuanaco después de todos los procesos de cambio.

 De rateros, de clima, de reservistas de las morales que algún rato, más temprano que tarde, se comerán todas las piedras del mundo.

Está la gente afán, colgada de los nuevos puentes colgantes sin lianas, los que conectan a las ciudades con las luminosidades celestes, de día, de noche, de costado. 

La gente afán que dice estar todo el tiempo ocupada y aparentemente ocupada diciendo estar ocupada y mostrando estar ocupada y fotografiando estar ocupada y reuniéndose en cafés para conversar mientras atiende sus ocupadas conversaciones de pantalla, de cuán ocupada es la vida de la gente ocupada a la que avergüenza por sobre todas las cosas, decir que tiene tiempo, para dedicarse a pensar, a mirar el techo, a sacarle las pepas a un racimo de uva, una por una. 

Tiempo para abrazar a los ausentes en el humo que desprende una barra de incienso con aroma prestado de un rincón preciso del Himalaya, en el que seguramente hizo pis un monje pensando en lo imprescindible de la contemplación antes que el apuro.

Y la gente rata, que no la gente del signo chino rata. La otra, la gente rata que sin ofender al animalito que es lo que es a causa de que el humano es lo que es. 

Sin humanos las ratas seguramente tendrían un mundo en el que no serían apuntadas ni desinfectadas ni afectadas ni empujadas al abismo ni guardadas en las lóbregas partes debajo de las ciudades. 

A lo mejor serían mejores animales que las humanas gentes que adoptan la especie rata cuando viven del trabajo de las otras gentes, que le quitan el chal a la vuela para abrigar sus noches de juerga, que le obstruyen el campo a las gentes que cojean. 

Que les quitan la pelota a los jugadores de pelota y esperan a las niñas detrás de las puertas. La gente rata que se hace cura para esconder la cola. Gente rata que hace de la traición un escudo y de la sombra un portal al paraíso.

Y está, por supuesto, deambulando por ahí, la gente rareza. Buena, casi opa.

 

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