Genio y figura

Graham Greene, por los caminos sin ley

El autor dibuja un perfil del escritor, periodista, guionista, crítico cinematográfico, comunista en su juventud, espía del servicio secreto británico, y “católico agnóstico”.
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:00

Juan Carlos Salazar del Barrio Periodista, exdirector de Página Siete
Marcos Loayza Ilustración

Cuando llegó a México por primera vez, en 1938, para escribir un reportaje sobre las secuelas de la Guerra Cristera (1926-1929) y la persecución religiosa, Graham Greene se encontró con un país conmocionado al que definió como un “estado mental”. Desde entonces y durante medio siglo, el escritor británico recorrió y noveló los caminos sin Dios ni ley de América Latina, atraído por un continente donde la política era “una cuestión de vida o muerte”.     

Escritor, periodista, guionista, crítico cinematográfico, comunista en su juventud, espía del servicio secreto británico y “católico agnóstico”, Greene hizo de América Latina parte del “Greeneland”, el mundo políticamente inestable y peligroso que caracteriza a su narrativa. Desde el México de los “cristeros” hasta la Argentina de los guerrilleros marxistas, pasando por la Cuba de Fulgencio Batista, el Haití de Papá Doc y el Panamá de Omar Torrijos, el autor de Caminos sin ley entró “sin pasaporte de regreso” al “territorio de mentiras” del continente, para apropiarse de sus escenarios. 

Nació en Berkhamsted, Hertfordshire, hace 115 años (2 de octubre de 1904), en el seno de una influyente familia de banqueros y hombres de negocios. Era el cuarto de seis hermanos. Según sus biógrafos, tuvo una infancia difícil. Sufrió acoso de parte de sus compañeros de colegio debido a que su padre era el director, experiencia que lo marcó para toda la vida. De carácter depresivo y melancólico, intentó suicidarse a sus 19 años y fue sometido durante seis meses a un tratamiento de psicoanálisis.

Jugó a la ruleta rusa cuatro veces con un viejo revólver de seis balas propiedad de su hermano mayor, dolido por la indiferencia de la institutriz de su hermana, de la que estaba enamorado. Durante una visita a La Habana, según contó su amigo Gabriel García Márquez,  le relató el episodio a Fidel Castro, quien le dijo: “De acuerdo con el cálculo de probabilidades, usted tendría que estar muerto”. Greene le respondió: “Menos mal que siempre fui pésimo en matemáticas”.

Su carácter introvertido y el ambiente familiar fueron determinantes en su afición a la lectura y escritura  desde muy temprana edad. Su hermano menor, Hugh, fue director general de la BBC. Su madre era prima del escritor escocés Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro. Antes de cumplir los 20 años militó durante un breve tiempo en el Partido Comunista. 

Tras licenciarse en Historia, trabajó como periodista en Nottingham y llegó a ser subdirector de The Times, al que renunció después de sus primeros éxitos bibliográficos.  

Como periodista independiente, viajó por todo el mundo, en especial por América Latina y África, regiones a las que describía como “lugares salvajes y remotos del mundo”.

 El servicio de espionaje británico MI6 quiso sacar partido de sus viajes y lo reclutó como agente durante la II Guerra Mundial. Se dice que fue su hermana Elisabeth, funcionaria de la agencia, quien facilitó el contacto. Kim Philby, quien más tarde sería descubierto como agente soviético, fue su supervisor en el MI6.

Greene sintió una especial fascinación por el mundo del espionaje y volcó su experiencia en muchas de sus novelas. Lo abordó con humor en Nuestro hombre en La Habana y como telón de fondo en El Factor humano, El americano impasible,  El revés de la trama o El tercer hombre, para consagrarse como uno de los grandes escritores del género. 

“La vida del servicio secreto resulta al final tan solitaria como la del escritor que se retira de todo”, declaró durante una visita a Madrid. “Espiar es una profesión extraña”, reflexionó en Una especie de vida. 

A los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero se dice que empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México la historia de los curas perseguidos por el régimen anticlerical. A uno de ellos, un cura alcohólico y lujurioso, quien prefiere ser fusilado antes que negarle la extremaunción a un moribundo, lo convierte, precisamente, en héroe y mártir de El poder y la gloria.

Los personajes de Greene se mueven en la zona gris y moralmente ambigua de la condición humana, entre el amor y el pecado, entre la infidelidad y el sentimiento de culpa. 

No son del todo buenos ni del todo malos. Son pecadores que no merecen ir al infierno y santos que han perdido el camino al cielo. Greene los sitúa en el purgatorio, entre la condena y la redención, en una tierra de nadie, donde los héroes se convierten en villanos, los mártires en traidores y los santos en pecadores, porque –según decía– la naturaleza humana no es blanca y negra, sino negra y gris.

“¿Cómo se puede servir a Dios en un mundo inmoral?”, se preguntó en una ocasión, tal vez para justificarlos. “Yo no podría creer en un Dios al cual comprendiera”, afirmó en otra oportunidad.

Como resumió un crítico, entre sus personajes abundan los ladrones honestos, los canallas cargados de ternura, los moralistas dudosos y los supersticiosos sin religión, sumergidos en sus propias dudas éticas y morales. 

El escritor valenciano Manuel Vicent dice que se mueven en el doble juego de la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y el odio, el sufrimiento y la compasión, la inocencia y la presencia del mal. 

En 1953, durante el papado de Pío XII, el Santo Oficio incluyó El poder y la gloria en el índex de libros prohibidos, porque a su juicio “dañaba la reputación del sacerdocio”. Años después, en una audiencia privada, Pablo VI le dijo que se olvidara del dictamen inquisitorial: “Mi estimado señor Greene, siempre habrá cosas en sus libros que hieran a algún católico, pero no se inquiete”.

No le gustaba que lo llamaran “novelista católico”.  “No sé por qué me ponen la etiqueta de escritor católico. Soy simplemente un católico que es también escritor”, declaró en una ocasión. 

Tampoco aceptaba que le etiquetaran como “escritor político”, aunque la mayoría de sus obras tiene un trasfondo político o se desarrolla en escenarios marcados por los conflictos políticos. 

En todo caso, siempre dejó traslucir, a través de sus personajes, sus propias convicciones políticas y religiosas y sus problemas morales, aunque aclarando que intentaba comprender la verdad, sin que esa búsqueda comprometiera su ideología. “La política está en el aire mismo que respiramos, igual que la presencia o ausencia de Dios”, explicaba a manera de justificación.

Sus historias ocurren en el México de los campesinos que mueren al grito de “¡Viva Cristo Rey!” (Caminos sin ley y El poder y la gloria), el Haití de los Tonton Macoutes (Los comediantes), la Cuba de los casinos y los burdeles (Nuestro hombre en La Habana), el Panamá del militar que no quería entrar a la historia, sino al Canal (Conociendo al general), la Argentina del terrorismo izquierdista  (El cónsul honorario) y el Paraguay de Alfredo Stroessner (Viajes con mi tía). 

Son historias que se desarrollan en lugares calurosos, pobres y polvorientos, los típicos entornos del “Greeneland”. Pero también en la Viena de la posguerra, la Indochina francesa o la España de la Guerra Civil.

Sergio Ramírez elogiaba su “asombrosa capacidad de registrar escenarios y maneras de ser de países y regiones donde sólo ha estado de paso, y donde a lo mejor no regresará nunca, aprehendiéndolos como si fueran propios y como si tuviera de ellos un conocimiento de por vida”.

“Graham Greene nos concierne a los latinoamericanos, inclusive por sus libros menos serios”, escribió García Márquez, quien alguna vez le preguntó si no se consideraba un “escritor de América Latina”. “No me contestó, pero se quedó mirándome con una especie de estupor muy británico que nunca he logrado descifrar”, relató el colombiano. 

En una entrevista periodística, Greene dijo que escribía sobre América Latina porque “en esos países la política rara vez significa una mera alternativa de partidos políticos rivales, sino que siempre ha sido una cuestión de vida o muerte”.

Eterno candidato al Nobel (“No me lo darán nunca porque no me consideran un escritor serio”, decía), tuvo tantos admiradores como detractores, que lo consideraban un escritor de segunda. William Faulkner se refería a El fin del romance como “una obra maestra en el lenguaje de cualquiera”. 

El propio Gabo lo reconocía como el maestro que le enseño “una manera de ver el Caribe” y a describir “ese clima que influye en el modo de ser de las personas”. De hecho –admitió–, “La mala hora tiene, desde el punto de vista técnico, una estructura casi calcada de la obra de Greene”.

Consideraba que literatura y periodismo son dos caras de la misma medalla. Nunca dejó de sentirse periodista. “Puede que haya sus diferencias entre el reportaje y la novela. Yo no las veo, salvo, quizá, la invención de caracteres que supone la novela. El resto es igual: el periodista, como el novelista, tratarán de contar los hechos con precisión y claridad”, declaró en una ocasión.

La mayoría de sus obras han sido llevadas al cine. El tercer hombre, la más popular y la única que nació como guión cinematográfico,  está asociada al rostro de Orson Welles –que interpreta al cínico Harry Lime–, a la cítara de Anton Karas y a una frase: “En Italia, durante 30 años bajo los Borgia, hubo guerra, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, tuvieron amor fraternal, tuvieron 500 años de democracia y paz… ¿Y qué produjeron? El reloj cucú”.

John Ford llevó a la pantalla El poder y la gloria (El Fugitivo), con Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; Carol Reed, el mismo director de El tercer hombre, realizó Nuestro hombre en La Habana, con Alec Guinness y Maureen O’Hara, y Peter Glenville hizo Los comediantes, con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alec Guinness y Peter Ustinov.

Greene murió el 3 de abril de 1991 en su retiro de Vevey, Suiza. Como informó la prensa de la época, a su funeral asistieron su primera esposa, Vivian, de 86 años, y su última amante, de 60, que se ubicaron a cada lado de la iglesia, para dar fe de que toda pasión, como dijo el propio escritor, tiene algo de clandestino, algo de transgresor y algo de perverso. 

“En medio estaba Graham dentro del féretro, ante la puerta que daba a la vez al cielo y al infierno”, escribió su colega y amigo Manuel Vicent. Como un personaje de cualquiera de sus novelas.

 

 

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