Semblanza

Henri Michaux, un escritor esquivo, inclasificable y rebelde

Entre caligrafías inventadas y alfabetos desfigurados, se destaca la extrema vecindad entre escritura y dibujo (por llamar con alguna palabra a sus creaciones).
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Poeta

Henri Michaux nació en Namur, Bélgica, en  1899  y murió en París, en 1984. Durante sus últimos 20 años, se había negado a dejarse fotografiar, a conceder a periodistas y estudiosos los menores detalles de su vida privada. Decía soñar en volver a ediciones limitadas, de muy pocos ejemplares.

¿Pero era realmente un poeta, un pintor? Publicó más de 50 libros, hizo varias exposiciones en conocidas galerías. Sin embargo, John Ashberry diría de él, muy agudamente, que “Henri Michaux no es exactamente un pintor, ni siquiera un escritor, sino una conciencia: la sustancia más sensible descubierta hasta la fecha para registrar las fluctuaciones de la angustia de la existencia día a día, minuto a minuto”. 

Y Alain Jouffroy, quien  tantos libros tiene sobre él, dice algo parecido, concluyendo que, más que nada, Michaux era un “sismógrafo de la pulsión del cosmos”. 

Recojamos caprichosamente algunos rasgos, frases y líneas esenciales:

Infancia en Bruselas: presencia del alfabeto, las hormigas.

Más tarde, la tentación de la santidad.

Breves estudios de Medicina. Se enrola  en un navío, aparentemente llega a Río de Janeiro y Buenos Aires, llevando a cuestas su ser-belga.

Sobre su belgitud:

“Me he sentido casi siempre mal en Bélgica a pesar de ser belga de padre y madre. Me he sentido siempre extranjero a mi familia, dice,   y también: Los belgas fueron los primeros seres humanos de los que tuve ocasión de sentirme  avergonzado”. 

¿Pero, qué nos hace señalar frases de naturaleza tan conflictiva? Pues condiciones como el ser-sudamericano y, peor aún, el ser-boliviano, aunque en todos los casos se trate de experiencias socio-materialmente casi opuestas, lo cierto es que delatan ese mismo carácter dubitante y desengañado, desganado respecto a la propia y supuesta identidad. 

Se ponen en juego experiencias de la periferia, redobladas por los arrabales lingüísticos en que suceden. Zonas en otros idiomas, choques entre lenguas, damnificaciones, chirridos, roces verbales. Michaux mismo, algún momento, vaciló y estuvo a punto de pasarse al flamenco. 

Muy bien pueden anunciar, estas fracturas, la posterior desconfianza ante el lenguaje, la insistente labor de subvertirlo, sabotearlo, de darle la espalda acogiéndose a signos-escrituras que apuntan a otras significaciones, no descifrables según los usos. Entre esos tumbos fue viviendo, siguiendo.

En una misiva de 1937 René Daumal, ese extraño para-surrealista, le hizo llegar estos versos:

Los sellos de correos, de noche, en los furgones

se despegan de los sobres

para ir a mear por las minúsculas puertas.

O, mucho más tarde, en 1980, René Char termina una carta diciéndole:

Ha excavado usted hasta una suerte de alegría imperecedera, el temblor disfrazado en juego incoherente.

Los libros sobre  sus experiencias con las drogas, especialmente la mescalina, de 1956 a 1961:  Misérable miracle, L’infiniturbulent,  Connaissance par les gouffres. Bellos títulos: Miserable milagro, El infinito turbulento, Conocimiento por los abismos. Métodos con los que des-situarse, des-encajarse, ya sea respecto al lenguaje, al dibujo o a los modos de percepción de lo real. En Passages, de 1937-1963: “¡Pensar! Más bien actuar sobre mi máquina de ser (y de pensar) para encontrarme en situación de poder pensar de un modo nuevo, de tener posibilidades de pensamientos verdaderamente nuevos”.

Libros por tierras y países que pareciera recién se descubrieron. Voyage en Grande Garabagne, en 1936; Au pays de la magie, en 1941, Ici, Poddema (1946), Retrato de los Meidossem. 

¿Hay alguna clave de interpretación? Blanchot no lo cree: 

Nos interrogamos en vano. La clave de esta extrañeza, es que no tiene sentido para nosotros, literalmente no rima con nada. 

Él mismo pone algunos ejemplos y vuelve a afirmar:

Hay en todas estas obras un esfuerzo extraordinario –y de los más significativos de estos tiempos– por expresar creando un mundo en el que el hombre ya no puede reconocerse, imaginando un punto de vista del hombre absolutamente ajeno al hombre.

El mismo aroma a desconocido flota alrededor del personaje Plume, de otro libro:

Un hombre tranquilo. Al extender las manos fuera del lecho, Pluma se sintió sorprendido al no encontrar el muro: Vaya, pensó, se lo deben haber comido las hormigas… Y volvió a dormirse.

O:

Pluma viaja. Pluma no puede decir que lo traten con excesivos miramientos cuando viaja. Los unos lo pasan por encima sin ninguna advertencia, los otros se limpian tranquilamente las manos en su saco.

Son todos, claro, acontecimientos que sólo ocurren o suceden en el lenguaje. ¿Pero es seguro éste? ¿Siquiera dentro de él podremos delimitar un territorio en el que aflore con mayor libertad aquello esencial, que tampoco sabemos bien qué es y que tanto se rehúsa? 

No es seguro, pues el lenguaje nunca abandona las que son al fin y al cabo imposiciones de sentido. Y, en esta especie de encrucijada, otra vez Michaux se saltará las trancas y aparecerá en otra parte: haciendo garabatos, trazando líneas, esparciendo manchas, derramando tintas.

En 1960 ganó un importante premio en la Bienal de Venecia (y alguien lo saludó como a un “admirable mal pintor”). 

Aparecen libros, a veces sólo con trazos/garabatos/dibujos/manchas, casi sin letras, y otras mezclándolo todo. Pero lo más destacable en este campo, inmediatamente, es la extrema vecindad existente entre escritura y dibujo (por llamar con alguna palabra a esas creaciones). 

Entre caligrafías inventadas y alfabetos desfigurados, entre posibles letras y deletreos imposibles, se fue fraguando una obra que tanto se desvinculaba del sentido verbal como de la representación visual y, no menos, de cualquier estética de las “bellas” artes. No en vano, amigo en su momento de Dubuffet, se había interesado enormemente por las obras de los alienados mentales, a los cuales, de hecho, les dedicó un libro (Les ravagés, de 1976). Como quiera, Michaux nunca dejó de labrar una “escritura” cuyos signos  no dejan de plantarse ante el sentido, ante la interpretación. No en vano dice Gérard Brissons:

Los signos gráficos no son lenguaje verbal, mientras aquí son la condición de una reflexión sobre el lenguaje. En este sentido, no son dibujo, si dibujar es un acto que se agota en su propia realización, ya tienda o no a la representación. En Michaux, no pueden pensarse los trazos sin su relación (negativa) con el lenguaje, en tanto que actos de individuación.

Pese a haber tenido siempre una salud dificultosa, Michaux vivió, perfectamente lúcido, hasta los 95 años. Lo mantuvo en vida un resplandor difícil y que lo sobrevive.