Lectura

Mi vida con los Larousse

Cuando alguien te manda un tomo de peso con la firme intención de eliminarte recién entiendes aquello de que un libro puede tener un impacto real en tu vida.
domingo, 2 de junio de 2019 · 00:00

Álex Aillón Valverde Escritor

Cómo extraño los tiempos en que mis novias enojadas me tiraban con Pequeños Larousse, novelas de Balzac o ensayos de Benjamin en la cabeza. Esa era una violencia letrada, una violencia con clase. Ahora te tiran con un miserable celular (con un iPhone en el mejor de los casos). Creo, sinceramente, que hay que volver a los libros para salvar el amor.

Pero déjenme que les cuente limeños. En serio que no bromeo. Cuando alguien te manda un tomo de peso con la firme intención de eliminarte recién entiendes aquello de que un libro puede tener un impacto real en tu vida.

A mí desde pequeño me gustó leyer (no leer; leyer). Recuerdo que nunca me tomé los libros en serio, me gustaba jugar con ellos, jugar con la lectura, jugar con las ilustraciones, jugar con los colores de las tapas, jugar con la vida, pues, si eso no te enseña la lectura es, creo, haber fracasado un poco como lector.

Comencé a dejar de leyer y comenzar a leer cuando apareció el pequeño Larousse en mi vida, la necesidad de entender las palabras, los personajes, las fechas, todo venía en ese hermoso como gordo tomo del Pequeño Larousse Ilustrado. Era el síntoma de que comenzabas a crecer como lector, como persona. Quizás, ahora que lo pienso, un mal síntoma.

Desde entonces, siempre ha existido un Pequeño Larousse a la mano como complemento necesario de mis lecturas. 

Donde podía tenerlo, donde establecía cierta residencia más o menos estable, pues allí estaba el gordo inevitable, a lado de mi cama o rondando siempre cerca, alrededor, para “desasnarme” como decía mi querida Tía Lidia Valverde, maestra de Literatura de varias generaciones de “desasnados” bolivianos.

Quito, las infidelidades y los Larousse

En Quito inauguré una maravillosa y exitosa carrera de ladrón de libros allá en 1995 cuando comencé a trabajar en El Comercio. Allí conocí a una pandilla de habituales y afamados ladrones de libros entre mis colegas periodistas, jóvenes en ese entonces, ahora muchos de ellos consagrados, y en otros círculos de poetas, borrachos y mal entretenidos noctámbulos ecuatorianos que se juntaban con nosotros en el Café Amazonas o en el Seseribó o el Mayo del 68.

Allí, una novia, quien era parte de la pandilla, me rompió el corazón cuando me robó mi Pequeño Larousse, obtenido de manera ilícita en el Librimundi de la Juan León Mera (imagínense que tan buen ladrón tienes que ser para robarte un Pequeño Larousse sin que te detecten), se lo llevó luego de que descubrió que me gustaba leer Kafka con una de sus mejores amigas. Y quién podría culparla, además, ladrón que roba a ladrón…

Luego de varios atracos, todos exitosos, y después de un año en El Comercio y Ciespal regresé a Sucre, donde no me hacía falta robar libros, porque no hay librerías y porque mi padre tenía una biblioteca interminable. Se robaba por necesidad, robar en Sucre hubiera significado un acto de corrupción y de gula literaria.

Luego la vida me envió de vuelta a Quito, para entonces ya más calmado. Aunque debo declarar que cada vez que entro a cualquier librería, sea donde sea, me escuecen los dedos, se me encrespan, miro las cámaras, miro al encargado, con pésimas intenciones, y ya luego me tranquilizo, mal acostumbrado, ahora, a pagar todo en la vida, sobretodo el mal hábito de la lectura.

Pero esta vez, pensando en la mala experiencia de mi última incursión quiteña, decidí prestarme un Larousse hasta que terminara lo que fui a hacer a la ciudad del panecillo y el furioso Pichincha y punto. Un amigo de mi padre me lo prestó, pidiendo, obviamente que se lo devolviera sano y salvo. Pero cuando los dioses se cabrean contigo, no hay buena fe que los pare, y así ocurrió.

Una madrugada, luego de ir a beber al Mayo del 68 con una exnovia llegamos – juro que no sé cómo– a mi departamento y me olvidé cerrar la puerta. Ya saben, una cosa lleva a la otra. En la mañana abrí los ojos y en la puerta estaba parada la que luego sería mi prometida y luego mi exesposa con los ojos inyectados de furia (o las furias inyectadas de ojos).

 Hubo un segundo de silencio, dio un pequeño escaneo para ver con qué me tiraba en la cabeza, yo, como alguien que va a ser ejecutado, cerré los ojos y pensé “No, por favor, no con el Larousse”, cuando los abrí, apenas logré esquivar el tremendo objeto lleno de conocimiento seguido de insultos y malas palabras como: “eres un hijoeputa”, el mismo que pasó rozando el cráneo de mi ex y se fue a estrellar contra la pared, con tal impulso, que se hizo mierda.

No me pregunten cómo salí de esa. La vida a veces es inexplicable y es materia para un cuento más largo. Pero volvamos al principio.

Cómo extraño los tiempos en que mis novias enojadas me tiraban con Pequeños Larousse, novelas de Balzac o ensayos de Benjamin en la cabeza. Esa era una violencia letrada, una violencia con clase. Ahora te tiran con un miserable celular (con un iPhone en el mejor de los casos). Creo, sinceramente, que hay que volver a los libros para salvar el amor.

¡Mentira! ¡Al carajo con el amor! ¡Todavía debo un fucking Larousse!

 

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