Letras

2019, año de Raza de bronce

La mayor obra novelística de Alcides Arguedas puede ser, a despecho de los iconoclastas, una clave para abrir las puertas hacia el descubrimiento de nuestra identidad.
domingo, 23 de junio de 2019 · 00:00

Ignacio Vera de Rada   Cientista político

2019, como lo fue 1919, es el año de Raza de bronce. Se están preparando homenajes, conferencias y —lo sé de oídas— una edición conmemorativa de la obra, para ser lanzada en el marco de la XXIV Feria Internacional del Libro de La Paz.

Raza de bronce es importante por dos factores: a) su temática innovadora de fondo y b) su elegante estilo narrativo. Pero lo es principalmente por el primero.

Antes de decir nada, hagamos una confrontación entre las dos mentes que inauguraron el debate sociológico nacional quizá más importante desde que Bolivia naciera como República (y tal vez uno de los más importantes de Latinoamérica al respecto): Arguedas y Tamayo. 

Mientras éste, para su obra artística, apelaba al diálogo con las musas y la descripción de los valles de los dioses griegos, y, para su pensamiento sociológico, esgrimía la palabra inspirándose en la tierra y el nativo, aquél, para sus novelas, recogía elementos del medio y pintaba la realidad andina tal como era, y, para su pensamiento sociológico, reivindicaba los parámetros de las sociedades y la pedagogía occidentales. 

Raza de bronce está escrita con un estilo europeo (modernismo y naturalismo literario; Arguedas era un admirador de Flaubert), pero tiene un contenido de fondo muy vernáculo (indigenismo, movimiento literario inaugurado por Clorinda Matto).

Alcides Arguedas es un hombre relevante, y como todo hombre relevante, tiene luces y sombras, susceptibles de ser llevadas al debate. Pero lo que es indiscutible en esa relevancia, es la grandeza de su sinceridad intelectual y su agudo sentido crítico para ver el desarrollo histórico de los pueblos latinoamericanos. 

Era una especie de José Enrique Rodó, una suerte de escritor-profeta; se creía superior al resto (como el mismo Tamayo, y éste es un rasgo de muchos intelectuales inconformes e incomprendidos en sus respectivos medios). Fue denostado en su tierra y elogiado en el extranjero, y sus libros se publicaron en prestigiosas editoriales de Europa.

Era un escritor y periodista de pura cepa, intelectual comprometido e hijo de una familia acomodada con propiedades en las afueras de La Paz. 

En consecuencia, su mirada sobre el indio tenía que ser una mirada desde fuera, positivista, contemplativa; así, su narrativa no indaga la psicología india sino que la describe como se la ve desde un lugar equidistante. 

Pero aun así, la penetración naturalista, al modo de Zola, hace que el lector se inmiscuya en la realidad del indio de una forma poco menos que perfecta.

A pesar de que se haya criticado el lenguaje arguediano, las descripciones del paisaje y los cuadros poéticos del altiplano, recrean de forma maravillosa el yermo árido de los Andes bolivianos, y lo hacen incluso para aquél que nunca los pisó. 

Los cuadros del modo de vivir de los indios, obviamente desde una perspectiva elitista o de hacendado (y desde un total andinocentrismo), conmueven por su precisión descarnada y hasta brutal. No se podía exigir otra cosa. No se puede reprochar a un escritor como Arguedas el haber creado una novela con formalidades y tecnicismos europeos. Simplemente fue un hombre de su tiempo, imbuido del positivismo filosófico alemán y el naturalismo literario francés.

Raza de bronce descuella porque, en cierto modo, es una obra de denuncia social. Si sus primeras novelas (su trilogía Pisagua, Wara Wara y Vida criolla: La novela de la ciudad) fueron primeros intentos juveniles de una obra mayor, meras tentativas costumbristas que eran la promesa o el preludio de una literatura de mayor envergadura, Raza de bronce es el punto culminante.

Raza de bronce es mucho más que la mirada contemplativa de un intelectual que pretende describir al indio. Es un clamor para la redención de un sector social, y el retrato de un paisaje y una sociedad acongojada, que no puede progresar porque tiene anclados los resabios despóticos del coloniaje. Como en 1919, hace un siglo, la mayor obra novelística de Arguedas puede ser, a despecho de los iconoclastas, una clave para abrir las puertas hacia el descubrimiento de nuestra identidad.

 

 

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