El chicuelo dice

Solo después comenzará la verdadera historia

Una mañana de diciembre de 1967, la Beatriz nos encerró a los otros que aparecemos en esta fotografía, la que todo el mundo pensaba que iba a hacer historia.
domingo, 23 de junio de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Antes que nada, para poder ser retratada en blanco y negro y para poder explicar cómo todo el mundo acabó hecho chicharrón, hay que identificar quién es la que habla. Hay que decirlo desde el principio y no guardarse el secreto: esa, la que está a la izquierda, soy yo. La primera de la tercera fila contando desde abajo. La de la chompa gris y la cabeza baja. La que por esos años tenía miedo de todo. Que si alguien te hablaba en los pasillos del colegio, oye, ¿tienes un cachito?, se me llenaban los ojos de lágrimas. Que si uno de los chicos te saludaba en el recreo, hola Beatriz, yo salía corriendo. La abanderada del colegio todos los años y la que los profesores vos vas a entrar derechito a la universidad al primer intento, hijita, eres todo un talento. ¿Ya me vieron? Primera a la izquierda, tercera fila contando desde abajo, cabeza baja, la que viste la chompa gris y no el uniforme que usan los demás. Beatriz. O Bea, como me decían en casa. La casa que ahora habito con Estrellita y Fulgor, mis dos perritas de toda la vida. 

Después, para comprender lo que acontece en la foto, hay que revelar que también hubo una mañana. Una mañana de diciembre de 1967 en que ella, la Beatriz, nos encerró a los otros que aparecemos en esta fotografía. La que todo el mundo pensaba que iba a hacer historia. Que con el cerebro que te gastas serás bióloga. Que con tu dedicación al estudio serás abogada. O empresaria. O como decía mi papá, un comunista textil: serás presidenta, ya verás. Esa, la de la cabeza mirando al piso, era yo. O mejor dicho, soy yo. Beatriz Mariana Halcón Rojas. Callada, tímida, aunque ante todo siniestra. La que un día antes de la fiesta de fin de año nos encerró a todos quienes completamos esta fotografía. La que después con un fósforo nos hizo chicharrón. 

Esa soy yo. Beatriz Mariana Halcón Rojas. La que salió en los periódicos esa vez retratada de frente y con una sonrisa maléfica. “La delincuente juvenil sonríe sin arrepentimiento alguno”. La Beatriz. La que vivía a dos cuadras del colegio y la que llegaba siempre veinte minutos o media hora antes, si nosotros dos la vimos. Nosotros dos: los más viejos de la foto, los que estamos al medio, el profe Evaristo Cabrales Hinojosa, de matemática, y la miss Alma Velarde de Vidaurre, asesora de curso. Porque la vimos un día mientras reía y se ponía de rodillas para acariciar el puro aire. Esa vez dijimos es hija única, es comprensible; son los estudios y es tímida, eso se entiende. Esa era yo: la que por aquella época tenía a mis perritas viviendo acá arriba, en mi cabeza. Estrellita y Fulgor. Las únicas con las que jugaba en el colegio mientras no había nadie. Mientras los patios estaban desiertos. Mientras solo había silencio. Mientras los arcos de fútbol estaban vacíos. ¡Corre, Estrellita! ¡Síguela, Fulgor! La que era feliz esos minutos, pues reía y lanzaba palitos que luego mis perritas me traían.

Fulgory Estrellita, que desde que estaba en el ciclo Básico tú tienes que hacer algo, Bea, algo para ser distinta a todo el mundo, algo para hacer historia, algo para que nunca nadie te pise o te mire por sobre el hombro. Las dos perritas ahora habitan conmigo esta casa que mis padres, difuntos ya, no habitan más. 

Tercera fila, izquierda, contando desde abajo, cabeza inclinada. ¿La chica que tuvo un arranque de timidez justo cuando el fotógrafo gritó ¡listos!? No era un arranque de timidez, era la Estrellita que me decía algo. Pasarás a la historia, Bea. Era Fulgor que llamaba tu atención jalándote de una media. Escúchanos, Bea. Por eso hay que explicar esta foto para comprenderlo todo. Por eso hay que saber quién era yo. Es decir, la que presidiría los destinos de Bolivia como decía mi papá, la que defendería grandes causas como abogada, la que sacaría de la pobreza a la familia. 

La de la cabeza baja, esa soy yo. La que esa tarde nos encerró a todos los de la promo 67 en el curso, querrás decir, mentirosa. Ninguna mentirosa. Eso puedo explicarlo, eso puedes explicarlo tú, Beatriz: en la foto, por más esfuerzos que hagan, no podrán ver a Estrellita ni a Fulgor, las que me acompañan desde que tengo mis dos añitos. Las que corrían conmigo por esta casa que por esa época te parecía gigante e infinita y que ahora me parece tan chiquita y tan fría y tan húmeda. La casa que la rea Beatriz Mariana Halcón Rojas, con cédula de identidad 2454557 LP, volvió a habitar hace apenas unos veinte años atrás cuando salió libre tras haber cumplido su condena. La que ahora tiene como setenta años y que está vieja y desdentada y habla sola cuando sale a comprar pan. Estrellita, Fulgor, cuidado con los autos. Estrellita, Fulgor, no bajen de la acera. 

La que una mañana de 1967, cuando todo el 4 B nos metimos al curso. O sea, nosotros, los que aparecemos también en la foto que la Beatriz quiere explicar. Por ejemplo, yo soy el segundo de la primera fila contando desde arriba, el de los lentes ahumados, el que está al lado del Orejón Guachalla. Por ejemplo, yo soy la primera a la derecha de la segunda fila contando esta vez desde abajo. O por decir algo: yo soy el segundo de la primera fila de abajo, el que mira a un costado porque justo en ese momento alguien pasó y me llamó por mi apodo, ¡Llauchas! Somos los que un día se murieron hechos chicharrón en el curso. 

Claro que la foto no muestra ya a Estrellita y a Fulgor explicándote el plan: ese día llegarás temprano como siempre, sin embargo antes de esa mañana donde la historia se torcerá a tu favor, sacarás el bidón de gasolina que está debajo de las gradas, las gradas donde te escondes para jugar con nosotras. Ese de diciembre de 1967, Beatriz, entrarás al curso y lo verás por última vez. Yo me sentaba hasta acá adelante. Yo al fondo, y yo, el Orejón Guachalla, a un costado, observando siempre por la ventana a ver si aparecía a algún conocido. Ese día la Beatriz Mariana Halcón Rojas, de dieciocho años por cumplir, rea condenada a treinta años de cárcel, esperará a que todos nosotros nos metamos al curso, con los dos profes que eran los asesores. Yo, la de la chompa gris, esperaré a que todos entren y después buscaré el bidón de gasolina que escondió en la sala de música, y terminaré de echar su contenido (el resto estaba adentro ya). Lo expandiré por la puerta y las ventanas, yo, la que iba a entrar a la universidad al primer intento, yo, Beatriz Mariana Halcón Rojas, hija única, la que cerrará la puerta con un candado que robé a mi papá el comunista. La Beatriz que luego encenderá el fosforito y en las llamas veré a Estrellita y Fulgor: la que sabrá que solo después de todo esto comenzará la verdadera historia.

 

 

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