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Andrés de Santa Cruz y las primeras bibliotecas

El 30 de junio de 1838 dictó el decreto por el cual se crearon las bibliotecas públicas en las principales ciudades de la república, incluidas el Litoral y Tarija.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

 Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

No cabe duda de que Andrés de Santa Cruz sentó las bases sobre las cuales Bolivia recorrería buena parte del siglo XIX, a pesar de las turbulencias políticas y militares del país. En una época en la que todo estaba por hacer y en la que había que crearlo todo, Santa Cruz estableció instituciones fundacionales que permanecen hasta nuestros días como son las primeras universidades en La Paz y Cochabamba y, lo más importante en el ámbito jurídico, los códigos que dotó al país y que trascendieron su gobierno llegando a estar vigentes por casi 150 años, con el tiempo se los denominó “los códigos Santa Cruz”, siendo reemplazados recién en la década de 1970 por los códigos que Hugo Banzer Suárez mandó  elaborar y que con el transcurrir de los años también se denominarían  “los códigos Banzer”.

Aunque Santa Cruz inició su vida militar al servicio de los españoles, terminó abrazando la causa independentista de América a partir de 1820.

Imbuido  por las ideas de la Ilustración que propugnaban la educación y la cultura como base para el progreso de los pueblos, corriente ideológica común a toda la generación de americanos criollos nacidos entre 1780 y 1800, la cual protagonizó la Guerra de Independencia, su obra en el ámbito cultural fue fecunda y, lo más importante, trascendente en el tiempo.

Es así que el 30 de junio de 1838 dictó el decreto por el cual se crearon las bibliotecas públicas en las principales ciudades de la República, incluidas la provincia del Litoral y la ciudad de Tarija.

Este decreto dispone que el financiamiento de las bibliotecas deberá ser cubierto con dos tipos de fondos, los fondos comunes y los fondos especiales. Los primeros serían generados por el impuesto del 3% a la importación de libros, luego se destinaban 2.000 pesos de los gastos discrecionales del Gobierno y por último el 1% de las rentas fijas de los arzobispos y obispos.

Con respecto a los fondos especiales el decreto señalaba: “Son fondos especiales de las bibliotecas públicas: 1. El 20% de las rentas y fondos que tienen los Consejos de departamento y provincia, por el registro nacional; 2. El 2% de las rentas anuales de Beneficencia departamental;  3. La mitad de la pensión anual que pagan los alumnos externos de los colegios y establecimientos de educación e instrucción pública; 4. Las rentas sobrantes de las primicias de cada departamento; 5. Las rentas sobrantes al fin de cada año, de las universidades y de los establecimientos de instrucción pública; 6. El producto de las suscripciones que hagan los hombres filántropos amantes del saber, ya consistan en dinero, ya en libros, manuscritos u otros efectos útiles para una biblioteca; 7. El 2% del remate y venta de diezmos y de bienes del Estado, Beneficencia, Policía, monasterios y conventos”.

Asimismo, el decreto de creación de las bibliotecas públicas menciona que los fondos bibliográficos que el Gobierno distribuyó a los colegios de ciencias y artes serán recogidos para que pasen a formar parte de las bibliotecas recién creadas, así como también los libros de los conventos suprimidos.  Esta disposición da a entender que muy probablemente las primeras colecciones con las que contaron las bibliotecas fueron los libros que pertenecieron a los conventos y seminarios de la Iglesia Católica, extinguidos y abolidos en el gobierno del Mcal. Antonio José de Sucre.

Se puede afirmar también que el decreto de 30 de junio de 1838 se adelantó en 150 años al decreto del Depósito Legal al determinar que: “Los administradores de las imprentas particulares y las de la nación pasarán a cada una de la bibliotecas públicas un ejemplar de todos los periódicos, folletos, libros y demás papeles que se den a luz en ellas”.

La primera ciudad que dio cumplimiento al decreto fue precisamente La Paz, donde se inauguró la Biblioteca Pública el 30 de noviembre del mismo año, poco menos de dos meses antes de la batalla de Yungay, que daría fin al sueño anhelado de la Confederación.

El hecho de que Santa Cruz decretara la fundación de bibliotecas públicas en medio de los azarosos y difíciles tres años de la Confederación Perú-Boliviana demuestra la preocupación del gobernante en todos los ámbitos del quehacer de la nueva república y su amplia visión de estadista que estableció instituciones fundacionales que permanecen en los cimientos mismos de la vida nacional.

Pero como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia del país, Santa Cruz acabó cercado por la mezquindad de sus contemporáneos, cuyas miras sólo estaban puestas en sus limitadas ambiciones personales. Terminó desterrado en Francia sobreviviendo a varios de los libertadores  de su generación. Un siglo después sus restos fueron repatriados a Bolivia durante el gobierno de René Barrientos Ortuño.

Una iniciativa similar a la de Santa Cruz con respecto a las bibliotecas se dio en Argentina, pero con muchos años después, cuando el presidente Domingo Faustino Sarmiento creó, en 1870, también por decreto, las Bibliotecas Populares que cumplieron una importante labor de difusión del libro. Tanto Santa Cruz como Sarmiento creían firmemente que la única manera de diseminar el conocimiento y la cultura era a través de la difusión del libro, en todos los estamentos de la sociedad.

Al finalizar el siglo XIX, las bibliotecas públicas pasaron a depender de las municipalidades. Es importante destacar que ya en el siglo XX, mediante la ordenanza municipal del 9 de junio de 1930, el Honorable Concejo Municipal resuelve que la Biblioteca Municipal de La Paz, se denominará Biblioteca Mariscal Andrés Santa Cruz en memoria de su creador.

En estos tiempos en los que todo el mundo huye del silencio y el sosiego de las bibliotecas para aturdirse con estridencias, es bueno recordar algunas cosas que son importantes.

La función social que cumplen éstas es poner el libro al alcance de todos como objeto físico y el medio más idóneo para transmitir conocimiento y cultura de forma gratuita. Pero además, las bibliotecas son los repositorios por excelencia de toda la producción bibliográfica y documental  de una sociedad, que debe ser conservada y preservada por constituir la memoria colectiva.

Por último, en una época como la actual en la que se exaltan y sobredimensionan las bondades de las nuevas tecnologías, debemos tomar en cuenta que el papel –y por supuesto el libro– existe y se conserva desde hace más de 1.000 años; tiempo que difícilmente podrán alcanzar los soportes electrónicos. Pensemos tan sólo en los que ya no existen como el cassette, el diskette o el microfilme, siendo muy probable que también el CD y el DVD sean perecederos, mientras que el papel lo tenemos desde que lo inventaron los chinos, hace más de un milenio.

 

 

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