Perdidos

El mirador de la memoria

Nadie quiere saber nada del otro, pero se desvive cada quien por un like, por exponer sus felicidades en la vidriera del mundo paralelo al mundo natural…
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

Oscar García Músico, compositor, escritor y productor musical

Aquí, en este ejercicio de viento y ruido. En este lugar de pan en proceso irreversible de encogimiento, en este planeta de mediana estatura que se reinventa a veces, sin embargo viene en pleno retroceso hace década y media, en camino hacia lo inlúdico, lo idiótico, lo folclodramático, lo falsídico, lo cabrónico, lo impostórico, lo flatumentálgico, lo delincuenetrable, lo desleálgico. Siempre desleálgico. Desde la vez que se inventó la excusa para tomar el tren de ida a la boca, a la nueva boca, la del cartel rodeado de lentejuelas y de un músculo adornado también con azafrán de plástico.

 En este lugar que se debe una reinvención más. Una que dure como duran las frases de autoayuda o las frases de auto convencimiento de que las gentes se alimentan de exogenismo y de espejos. Nadie quiere saber nada del otro, pero se desvive cada quien por un like, por exponer sus felicidades en la vidriera del mundo paralelo al mundo natural. Aquí en el mismo centro del mundo al cual no le importa el centro. 

En medio de las gentes que juegan a perder siempre, y pierden hasta el equilibrio, pierden la cordura, pierden el sentido, pierden la brújula y pierden el respeto y todas las formas. 

Se declaran los perdidos del mundo, los perdidos de toda generación y toda prisa.

 Aquí, en este sitio de subidas y bajadas en el que hay de todo para todos los disgustos, en el que un enfant terrible de 50 años circula por la acera del frente munido de un cetro hecho de algodón de azúcar, lo levanta como si fuera la espada del mío Cid y pronuncia un discurso salido de la pluma de Mallarmé contra el motor a vapor y a favor de las sillas art noveau y de los retratos a las espaldas húmedas, hechas por Lautrec. 

Pero es otro sitio y otra era y el enfant de 50 no lee en francés. Aquí, en la puerta de todas las posibles salidas, buscando la única posible, todas las gentes buscando la misma. Bueno, no todas, las que se han percatado de las cosas, las que saben distinguir entre gato y liebre, las que si prueban un helado de canela, saben a la primera si se trata de canela o de algún menjunje hecho de arena y de ladrillo gambote. 

Las que no necesitan de ningún invento para descongestionar el antojo e ir por la corporalidad añorada que, como suele ocurrir, te devuelve con un golpecito en el hombro y un leve impulso en la espalda, para devolverte al sitio del que saliste embanderando muecas y vuelves mustio como un páramo pasadas las 24 horas. 

Las gentes con el corazón bien puesto, ese que se repone, que se entromete, que es a prueba de bala, ese que a pesar de haber sido agredido, molido, saqueado, estrujado, desechado, puesto a prueba, está dispuesto a seguir en el asunto ese de ser un militante cardiocentrista aun a sabiendas de que el cardiocentrismo es un relato más de los inventos divinos.

Aquí, a medias haciendo planes para encontrar alguna vez con cierta premura, una de las medias. Las medias vienen de a dos, como el yin y el yan, como la luz y la sombra, como la espada y la pared. Como la espalda y el olvido. 

Sin embargo y con el auspicio de las antiguas brujas de Windfield, una media desaparece y lo más probable es que vaya a parar al mismo sitio en el que moran, como una especie de purgatorio, las cucharillas idas y los lápices de color y los pedazos de cosas de cerámica rotas a la par que un juramento de larga data. 

Así, aquí, cada uno con su traje de cisne en medio de la modernidad saltada, en medio de la modernidad que apenas llegó como un soplo de ninfa encendida y quejumbrosa, dejada a su propia suerte en tierras de los vicuñas y de los vascongados para hacerse cargo de la historia y de los textos modernos, los de Freyre y de Darío, los que se está despoblando de palabras para convertirse en mausoleos de letras muertas.

Aquí, frenéticos, mordiendo un pañuelo con la mano derecha, prendiendo un fósforo con la izquierda, que vaya a parar al extremo superior de la antorcha con la que se prenderán los juegos de invierno eterno. Esos en los que cada año se cree de nuevo y se pierde de nuevo. Esos para los que hay camisetas listas para ponerse, esos en los que se necesita mucha agalla para seguir fingiendo esperanza. Esos juegos que son el discurso de fuego, el nombre del soberano, el bolsillo del soberano, la suerte del soberano, el pellejo del soberano.

Aquí, en este murmullo de ovejas blancas sin ton ni son en busca del paraíso ofertado, avanzando hacia un acantilado sin mar, acarreando sus lanas únicas y flanqueadas por los servidores de la seguridad nacional con sus fusiles de palo y sus calatravas de chala de choclo. 

Siempre dispuestos a hacer cumplir el pánico ovejuno, a punta de disparos en la sien al vulgo y disparos de a cien en papel, en efectivo, a quienes dirigen el vulgo.

Aquí, ellas al frente, esperando sin saber, que ellos las pasen a buscar con una flor en la mano y una corona de espinas en la otra, lista para la coronación de suero y de bermellón. Aquí, absortas unas personas mirando a otras personas saquear las confianzas a vista y paciencia de eso que cuida, que contiene sin mayor esfuerzo, que aquieta, que calla, que sabe. Eso que se llama intuición, olfato, saber antiguo guardado en el diminuto libro de la vida. Que es la memoria de todos.

 

 

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