Estilo y forma

Lispector en la gruta

Se considera aquí a Lispector como pintora, en el principio de un ensayo más largo, perteneciente a un libro de próxima aparición.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean Escritor

Hacia 1975 a Clarice Lispector se le dio por pintar. Sin tener mayor idea de hacerlo. Pero se esmeraba, confesaba sentirse a gusto con ello. Quedaron 26 cuadros, sobre todo óleos y mixtos. Abstractos, grutas, manchones, garabatos de quien, inmediatamente, percibimos como alguien que está “ásperamente viva”. Los cuadros tienen un aspecto más o menos rudimentario, inacabado y tentativo. Cualquiera que busque sus pinturas en internet, las encontrará. ¿Le hubiera gustado a ella que éstas queden así, tan universalmente expuestas? 

La pregunta se plantea, sobre todo, al considerar justamente ese su aspecto no logrado, conseguido entre el azar y el embadurnamiento concentrado. ¿Pero acaso no había ella misma afirmado querer, antes que lo ya hecho, más bien lo que, tortuosamente, aún se está haciendo? Y esa sensación dejan sus cuadros, como su escritura: la de seguir haciéndose, a veces tortuosamente, bajo nuestros ojos. Y también ocurre eso en muchas de sus páginas escritas.

Si pudo decir que escribía “al correr de las palabras”  muy bien puede también afirmarse que pintaba al correr de líneas y colores. Sin embargo, tal vez ya había preparado el terreno en La pasión según G.H. de 1964, donde habla de una “meditación visual”. 

Meditar, puntualiza inmediatamente, no es pensar, que es más bien el peligro que acecha a la meditación, la cual habría de cumplirse, consecuentemente, sin palabras, detrás del pensamiento, como lo establece esa mujer, supuestamente una pintora, que habla en Agua viva: “Atrás del pensamiento no hay palabras: se-es. Mi pintura no tiene palabras: queda atrás del pensamiento”. 

¿Qué es este atrás del pensamiento, dónde está? Tampoco debemos creer, entregándonos a la facilidad, que se trataría entonces de lo abstracto, de pinturas abstractas. 

Ella misma repele ese peligro: “Tanto en pintura como en música y literatura, muchas veces lo que llaman abstracto me parece solo lo figurativo de una realidad más delicada y difícil, menos visible al ojo desnudo”.

 Ese atrás, pues, no consiste en la abstracción; es más bien y como veremos, el atrás del afuera, del desierto o la caverna. 

A la hora de la pintura, pronto llama la atención la relación de Lispector con las cavernas, con las grutas. Y no sólo quiso pintarlas, sino que ella misma se considera un “bicho de cavernas”, una habitante de las grutas. Y es así que uno de sus enmarañados cuadros se llama: Gruta. Su comentario ya tiene algo escalofriante:

 “Quiero poner en palabras pero sin descripción la existencia de la gruta que pinté hace algún tiempo, y no sé cómo. Sólo repitiendo su dulce horror, caverna del horror, caverna del terror y de las maravillas, lugar de las almas en pena, invierno e infierno, sustrato imprevisible del mal que está dentro de una tierra que no es fértil. Llamo a la gruta por su nombre y ella pasa a vivir con su miasma. Tengo miedo entonces de mí, que sé pintar el horror, yo, bicho de cavernas resonantes que soy, y me ahogo porque soy palabra y también su eco”.

¿Y por qué la gruta, querer pintarla o entrar en ella? Los poderes ctónicos de una caverna, de una gruta, son ampliamente reconocidos en cualquier paisaje en que se hallen. Gran boca o vagina de la tierra, desde el arte paleolítico a las vírgenes rodeadas de velas y de flores, la gruta o la caverna abren un espacio directamente conectado con los secretos de la tierra y las oscuridades de un inframundo del que brota todo.

 En él se abandona la vida diurna y normal para entrar al “horror arcaico”, donde las imposiciones del sentido, y aún del lenguaje, dejan de valer. 

Otra cosa extraña de las grutas, en todo el mundo, aparte de las pinturas y dibujos de animales, aparte de los garabatos, es que, recurrentemente, se encuentran en ellas pinturas de manos.  Inevitablemente, uno se pregunta ¿y por qué ir al fondo de la caverna a dejar la figura de la propia mano? Pascal Quignard es quien más se acerca a una respuesta:

“Los prehistoriadores llaman mano positiva al vestigio de una mano pintada adosada al muro y luego retirada, dejando tras sí ese vestigio pintado. Acostumbran a llamar mano negativa la huella vacía que deja tras sí la aplicada mano desnuda del hombre después de haber soplado pintura sobre sus dedos mientras que se fija a la pared de la gruta, para entrar en contacto con la fuerza invisible y nocturna que se disimula en ella. Las manos entraban en la pared. Lo que vemos en ellas, decenas de miles de años más tarde, no son signos sino vestigios de acciones. Es la mano misma, que una vez recubierta del color sangriento que la fundía a la pared, penetraba en el otro mundo”. (Vie Secrète, Gallimard, p. 352.).

Quizá hay que ver los ensayos pictóricos de Lispector más como esas manos que penetran en el otro mundo (o, como veremos, salen de él), como una meditación visual que se cumple en los bajos fondos de la tierra o del espíritu. Y que no se dude de dónde se está: “Heme ahí, yo y la gruta, en el tiempo que nos pudrirá”,  exclama la pintora de Agua viva. También en La pasión según G.H. ya se habían sentido esos vértigos en que la imaginación material se hace espeleológica. Es después de atravesar un “corredor oscuro” que G.H. se dirige al cuarto en que habrá de desatarse su pasión.

(La pasión según G.H. puede resumirse rápidamente así: una mujer, en Río de Janeiro, decide ir a limpiar la habitación vacante que dejó una anterior empleada. Al entrar al cuarto, se desconcierta al encontrarlo ya todo limpio y arreglado. En un ropero, ve una cucaracha. Algún momento, empuja la puerta del ropero y la cucaracha queda atrapada, semirreventada. G.H. –como rezan sus iniciales en unas valijas– llega incluso a llevarse a la boca el líquido que sale de la cucaracha. Son unas 170 páginas según la edición, y de 23 capítulos cortos no numerados, que se suceden con su propio suspenso escalofriante, siguiendo ese cascarón anecdótico, cual en una “novela”. Las últimas páginas o capítulos contienen muchas veces las palabras gracia, infierno, neutro, sentido, deshumanización, Dios…).

 En su camino todavía alcanza a mirar el patio interior del edificio, donde se presiente ya la profundidad de la caverna: “era de una riqueza inanimada que me recordaba a la naturaleza: también allí se podía ir a buscar uranio y de allí podría brotar petróleo”. Cuando entra al cuarto, muy pronto siente “las primeras señales en mí del derrumbe de cavernas calcáreas subterráneas, cayendo bajo el peso de placas arqueológicas estratificadas”. Y es desde lugares así, desde tales derrumbes, que se va escribiendo ese vertiginoso, encubierto tratado de teología que es La pasión según G.H.

 

 

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