Estilos

Mario del Carpio, el arquitecto imprescindible

Habilitó los barrancos del Laikacota, construyó la avenida del Ejército, remodeló El Prado, los jardines del Parque Roosevelt y su zoo, en la reserva de Mallasa.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

Juan Francisco María Bedregal Villanueva Arquitecto

Era un enamorado de la ciudad del Illimani, nació un 20 de octubre y murió un 16 de julio; estudió arquitectura en la Universidad Católica de Chile, advirtieron que esgrimía el lápiz con verdadera maestría. Antes de concluir su carrera recibió el primer premio de dibujo a mano alzada y segundo de composición arquitectónica, contratado inmediatamente después en 1937 en varios estudios donde realizó proyectos de viviendas veraniegas, urbanizaciones de interés social, oficinas de lujo, edificios de Renta, el cine Cervantes, los planos del City Hotel y otros. En 1940 regresó a La Paz.

En las entrañas del país se engendraba una enorme tormenta, sin embargo en la superficie, se vivía aún la bonanza de los altos precios del estaño que beneficiaban indirectamente a La Paz, que desde inicios del siglo venía construyendo la nueva capital.

Mario del Carpio Gonzales pertenece a la segunda generación de arquitectos   bolivianos que logran una formación en el extranjero,  después de don Alfredo Sainz García, en Inglaterra, Luis y Alberto Iturralde en Francia, José Manuel Villavicencio en EEUU, muchos en Santiago; Armando Gutiérrez Granier, Jorge Rodríguez Balanza, noveles arquitectos formaron la Sociedad de Arquitectos de Bolivia. 

Entre tanto don Emilio Villanueva, que había creado la Facultad de Ingeniería en 1929, desprendió de ella la Escuela de Arquitectura, coincidiendo la llegada de estos jóvenes con los primeros formados por la UMSA, ambos grupos  bajo la su luz formaron el Colegio de Arquitectos de Bolivia.

 Don Mario no era de quienes buscara inspiración para su actividad en las escuelas bogantes en el norte, EEUU o Europa, ni presumía de lo que había visto y aprendido, buscaba las raíces propias, en la arquitectura colonial, se adelanta a la crisis de la arquitectura que dio origen a la formación del Movimiento Moderno de la Arquitectura, no  precisamente por el funcionalismo de la Bauhause ni Lecorbusier, coincide con ellos en mirar el agotamiento del movimiento ecléctico de la arquitectura, a la que designa peyorativamente como “anomalías de conformación formal”.

El triunfo de esta moda bregaba en las grandes exposiciones universales, disfrazaba el triunfo rotundo del hierro en la ingeniería de la edad del progreso; bajo falsos mantos arquitectónicos fusionaba artificialmente los más diversos como encontrados estilos.

 Decía que el único arquitecto boliviano ecléctico, Antonio Camponovo, que se puso al servicio de la princesa Clotilde de Argandoña, en la Glorieta, “que dejará deslumbradas a varias generaciones de diletantes”, tiene en su composición todos los estilos históricos que exija la propietaria y que el arquitecto debe estar listo para realizar. 

Contrarrestaba a esta moda el neoclásico, por su severidad y pureza, reivindicaba el neoclasicismo de la Academia de San Fernando, los cánones del clásico depurado de Ventura Rodríguez, Savatini y Juan de Villanueva, estudioso del clásico y neoclásico, del gótico y el barroco. Podía hablar con pasión insospechada sobre la Catedral, hoy en ruinas, de Notre Dame de París por varias horas especificando proporciones, elementos y su historia.

A su llegada, desde 1941 hasta 1946 del Carpio trabaja para el Gobierno Municipal como director, primero de Obras Públicas, y luego de Arquitectura y Paseos Públicos, mientras la mayoría de sus colegas se dedican a la actividad privada, asume la actividad invisible, que como todo lo edil es motivo de queja y de crítica, pero sin lo cual lo otro sería imposible, habilita los barrancos del Laikacota, construye la avenida del Ejército Nardín (1952), remodela El Prado,  los jardines del Parque Roosevelt y su zoo, la reserva de Mallasa.

En Santa Cruz rediseña las avenidas anulares y un plan de casco histórico, en Potosí un Barrio Obrero, Plan Piloto para Copacabana, Barrios Mineros para Comibol, remodelación del Teatro Municipal, planos de la Capilla del Cementerio General por concurso en  1943. 

En 1944 la capilla del Montículo, por concurso, la Biblioteca Municipal, donde expresa en un lenguaje contemporáneo sus profundas convicciones clasicistas. Remodela el Montículo, en 1949 por concurso, la Caja Nacional de Seguro Social, un edificio octogonal de 13 pisos,e n 1950 las residencias de Rafael Gisbert y de Luis Patiño, hoy Embajada de Japón.

Encuentra su propio sello, contribuye al Libro del IV Centenario, reivindica el clasicismo por la vía del arte arquitectónico español, que es como llega a Bolivia desde la Casa de la Moneda hasta las capillas dispersas en Bolivia: el estilo neobarroco.

Finalmente,  la construcción de las torres de la catedral de Nuestra Señora de La Paz, por encargo de  la Junta Impulsora, que actuó por más de 120 años y supo siempre señalar al hombre que pudiera trabajar en el lugar sagrado de la ciudad; por tanto, figura entre los señeros arquitectos que forman un cuadro imprescindible de la historia de la disciplina.

El  iniciador de la Catedral, el padre Manuel Sanahuja en 1835, Felipe Bertrés, Núñez del Prado, Francisco Vespignani, Ondarza, Lanza, Alberto Manno, Eulalio Morales, Antonio Camponovo, Ernesto Vespignani, el señor Salazar, José Manuel Villavicencio, Luis Valle, y finalmente el encargado del imafronte de la Basílica de Nuestra Señora de La Paz, don Mario del Carpio. 

Su interpretación puede ser discutida, pero la fuerza de los hechos es contundente, lo hizo en el ejercicio pleno de su convicción: la arquitectura, un arte sometido a la fuerza de la realidad, no permite “hacer cosas fantásticas, ni crear sublimes moradas para los ángeles”, debe ceñirse a la verdad. Así completó la Catedral respetando la tradición arquitectónica de Bolivia.

 

Otras Noticias