Polémica

Visita a un texto de H. C. F. Mansilla

En ocho puntos, el autor rebate el texto Una visita a Jaime Saenz, escrito por el filósofo, cuyo contenido considera “falaz” y “alejado del pensamiento crítico”.
domingo, 09 de junio de 2019 · 00:00

Álvaro Díez Astete Poeta y antropólogo

El 12 de mayo, en este mismo medio, el filósofo H. C. F. Mansilla apegándose a un lúcido artículo publicado igualmente en Página Siete por Juan Carlos Salazar del Barrio, Jaime Saenz, el poeta maldito con alma de niño (6 de enero de 2019) da a conocer su texto Una visita a Jaime Saenz, en el que afirmaba: “Mi breve artículo pretende ser una complementación del mismo (el de Salazar), ofreciendo una visión heterodoxa (es decir: hereje) del famoso poeta y escritor. Saenz es entretanto un clásico de la literatura boliviana, pero hasta la figura y la obra de un clásico no están por encima de la crítica”. 

Tal trabajo, que pudo haber sido heterodoxo, complementario y verdaderamente crítico, sorprende por su desubicado contenido de signo falaz, muy alejado del pensamiento crítico por lo que es reputado y respetado Mansilla.

La personalidad de Jaime Saenz, uno de los más grandes poetas y escritores bolivianos de todos los tiempos, ha podido parecer muy contradictoria en particular a gente que se acercó a ella superficialmente, o de oídas. 

Los desinformados, imitadores de Saenz y algunos  depredadores de la fama ajena, por estulticia o por inveterada incapacidad moral, han creado un “mito Saenz”, como una leyenda negra que acentuaba los rasgos biográficos del poeta referentes a su alcoholismo vivido en su juventud o, con menos fortuna, sus convicciones hitlerianas del pasado, o su teología mística de la muerte.

En este artículo de H. C. F. Mansilla, de cuya ética intelectual particularmente yo no dudo, pienso que el exceso de negatividad se da por motivos emocionales que no alcanzo a ver claramente, a menos que se refieran a una absurda responsabilidad que Saenz tendría sobre el actual posmodernismo y un vulgar progresismo de los presuntos adoradores de su obra; “posmodernismos” que más bien Saenz consideraría hoy con honda aprensión, así como manifestaría su asco por “las corrientes intelectuales de moda” dentro de las que se pretende meterlo.

En esta visita al texto de Mansilla, por falta de espacio solamente destacaremos aquellos tramos que consideramos lamentables y requieren de nuestra oficiosa intervención.

a) “En algún momento de 1983 conocí al poeta y novelista Jaime Saenz (1921-1986), quien hasta hoy es considerado por los círculos progresistas como el literato más ilustre que ha dado la nación boliviana”. ¿Qué significa “hasta hoy”, habrá un mañana cuando ya no sea así?, ¿será cuando impere la derecha plenamente contra esos “círculos progresistas”? ¿y cuáles son estos círculos finalmente?

b) “Tenía en su derredor un grupo de acólitos y discípulos que luego conformaron una escuela muy distinguida e influyente de la literatura boliviana, en la que brilló sobre todo la notable poeta Blanca Wiethüchter. Estos seguidores se ocupaban permanentemente de alabarlo y distraerlo”.

En primer lugar Saenz no tenía “acólitos” y le repugnaría la idea de ser “alabado” y “distraído” por nadie. Tenía amigos, de diversas edades y condición social pero todas personas dignas. ¿Quiénes eran esos acólitos para Mansilla? 

Por ejemplo, mi amistad con Saenz  se remonta a unos 14 años antes de la visita de H. C. F. Mansilla al poeta; yo mismo presenté a Blanca Wiethüchter a Saenz en 1970, y de ninguna manera tampoco se considerarían como tales acólitos otras  personas notables que componían una hermandad con Jaime Saenz (y no una cofradía), como Enrique Arnal, Nelly Villanueva de Barrero, Óscar Soria Gamarra, Jesús Urzagasti, Carlos Alfredo Rivera, Néstor Agramont, Carlos Ramírez Alípaz, por nombrar solo algunos que ya fallecieron pero estaban vivos en la época de esta visita y absolutamente ajenos a las afirmaciones de Mansilla.

c) “Saenz nos recibió en un recinto oscuro y algo maloliente, lleno de un denso humo de cigarrillo, que él denominaba los Talleres Krupp”. 

Extrañados por esta “visita”, que más parece inventada, recordamos de modo especial que la casa de Saenz, aunque modesta, era un ejemplo de limpieza por los cuidados meticulosos que dedicaba a ello su tía Esther Guzmán de Ufenast, en los distintos domicilios que ocuparon con Jaime durante toda la vida. 

En cuanto a los Talleres Krupp, ese era un nombre más bien poético que ideológico (que evidentemente sí podía haberse inspirado en “una Alemania disciplinada, laboriosa, estoica y severa, que ya no existía en la realidad”) para denominar las labores literarias universitarias que por razones de salud Saenz llegó a impartir en su casa, y por extensión el lugar en que recibía a sus amigos. 

d) “Una de las paredes, la que quedaba por mala suerte frente a mi asiento, estaba cubierta por una bandera alemana del periodo 1933-1945: un enorme lienzo rojo con una cruz gamada en el centro. Ante mi ligero asombro uno de los discípulos se apresuró a explicarme (…).  Digo que mi sorpresa fue limitada porque conocía a aquellos intelectuales latinoamericanos que en un instante daban la impresión de ser firmes revolucionarios de la izquierda y al siguiente de ser partidarios de la derecha recalcitrante”. 

Nunca existió una bandera semejante, esta es una falsedad palmaria. Jaime tenía, como  incondicional admirador de Hitler que era, algunas fotografías del personaje (así como de Heidegger “el filósofo del nazismo”) y una pizarra negra donde había dibujado con tiza blanca una esvástica de buen tamaño, pero ninguna bandera como la “recordada” por Mansilla. 

Entre 1938-1939, Jaime Saenz había formado parte de una delegación de los mejores estudiantes de colegios de La Paz, que fueron invitados por el Gobierno alemán como huéspedes de las Juventudes Hitlerianas. 

El temprano descubrimiento que tuvo Saenz del nacionalsocialismo como una doctrina de orígenes esotéricos, místicos y vitalistas, durante toda su vida se mantuvo en tanto una posición antisionista, según su modo de ver, compatible con el nacionalismo revolucionario (por el cual combatió en Villa Victoria en 1952), considerando los términos “nacional” como la raigambre vital y cultural (aymara) de la patria Bolivia y “socialista” como su realización política. 

e) Pero más adelante dirá el articulista, poniendo todo y a todos en una misma bolsa: “Nadie quiere acordarse del pasado fascista del gran maestro, o mejor dicho, ese pasado es visto ahora como el lado ‘mágico y místico’ del nazismo, el cual sale así purificado de toda conexión con los campos de concentración o con cualquier aspecto del totalitarismo(…) ”.   

La escenificación artística de los regímenes fascistas es considerada como la fuente de lo mágico y misterioso, la mixtura de lo tenebroso con lo maravilloso, que sigue seduciendo a los poetas andinos. 

El nazismo, en cuanto origen de lo esotérico, se encuentra expurgado de todo factor negativo. Y en tiempos posmodernos lo esotérico es pensado como una posibilidad de conocimiento, como un método gnoseológico entre otros. ¿Qué dirían las víctimas de Auschwitz ante esta conversión del fascismo en un inocente camino del saber?”. 

La falacia de estos asertos referidos a Saenz es un hecho que linda con el libelo, máxime cuando Saenz declaraba su rechazo y desconcierto por el Holocausto, aunque mantenía su iconoclastia y convicciones antisionistas que eran imprescriptibles.

f) Mansilla también se da modos para mostrar a los acólitos de Saenz como portavoces “del maestro”, haciendo ver que éste les insuflaba tanto la justificación del nazismo, ¡cuanto una simultánea glorificación revolucionaria del castrismo  (“la isla”, etcétera)! 

Entre los puntos más absurdos, el texto dice: “Era simplemente muy divertido escuchar cómo los seguidores de Saenz, sin conocer ningún dato empírico sobre la isla, celebraban como hechos heroicos y hazañas culturales la publicación de los discursos del máximo líder (¡Saenz pro Castro, nada menos!), o las poesías de algún funcionario subalterno que la historia ha olvidado (…)”.  

Otra especie increíble es que Saenz en esa reunión hubiese dado alas a descalificar las obras de Costa Du Rels y Francovich: me consta su especial admiración por ambos autores bolivianos, especialmente el segundo.

g) “Se consumió una cantidad notable de licores fuertes y baratos, que eran elogiados con mucha precisión y cariño. No creo que los libros hubieran inspirado un interés similar (…). En el momento culminante de la noche emergió un pequeño recipiente de plata que algunos parecían esperar ansiosamente: el ‘azufre’, como decía Saenz, o la ‘blanquita’, como la llamaban los otros. Yo me negué terminantemente al consumo de cocaína, exhibiendo así mi carácter burgués, anacrónico, convencional, miedoso y anclado en el pasado”. 

Este es otro de los caballitos troyanos de los detractores de Saenz, el asunto de su alcoholismo. Jaime Saenz, después de beber desde sus 15 años de edad, aproximadamente a sus 43,  y habiendo sufrido ya dos delirium tremens, dejó el alcohol (“o bebo o escribo”) hasta retomarlo 20 años después en diciembre de 1984, el día de la presentación de su libro La Noche, dos años antes de morir, prácticamente después de haber producido toda su obra. Que antes de ello “en algún momento de 1983” de esta visita, los acólitos se hayan bebido despiadadamente alcoholes baratos, es otra cosa. 

Y en lo referente a la cocaína, aparece como risiblemente falso que Jaime haya ofrecido la circulación de un “recipiente de plata” con cocaína, siendo lo más creíble que cada uno haya llevado la suya, incluyendo por supuesto a Saenz cuya adicción a esta droga no era ningún secreto, y alguno de ellos haya invitado al visitante desprevenido a tomarla. 

h) Y así, Mansilla nos ilustrará aún con un remate contrahecho: “el aire enrarecido por el humo del tabaco, el consumo vigoroso de alcoholes y drogas, la noche que a primera vista parecía misteriosa y atractiva, la recitación enfática de unos pocos versos ya muy conocidos y la creencia, jamás turbada por una palabra crítica, de que todo lo dicho o farfullado por el maestro resultaba profundo, muy profundo. En suma: no pasó nada memorable. Este es el punto central de mi modesto texto y no un reproche al maestro Jaime Saenz (…)”. 

 No hay duda de que Saenz, el poeta del misterio, el alcohol y la muerte, es un personaje central de la versión andina de la posmodernidad (¡!), pues practicó, entre otras cosas –algunas notables, lo reconozco–, el arte de hablar mucho y decir poco, como se puede constatar en su novela Felipe Delgado, que muchos comienzan, pero que pocos terminan”. 

Lo explícito de esta declaración, a los 40 años de haberse publicado la magnífica y exigente novela, nos exime de hacer cualquier comentario.

Puede que las opiniones de H. C. F. Mansilla sobre Jaime Saenz no sean social ni literariamente representativas y que finalmente se atribuyan a un derecho humano a la libre expresión, que sería tema para su autocrítica personal antes que de interés general. Pero no por eso dejan de tener el efecto negativo de toda información falseada, una provocada desconexión con la realidad de quienes así se informarán sobre algo que quieren o necesitan saber con verdad, lo cual en términos comunicacionales y educativos no podemos pasar por alto, y de ningún modo en este caso.

 

(Obrajes, mayo de 2019)

 

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