En carne propia

Bolivia brilla en el festival folklórico de Lausitz

Danzas del país y de muchas otras naciones brindaron grandes espectáculos; pero, ¿qué hay detrás del escenario en los festivales folklóricos internacionales?
domingo, 14 de julio de 2019 · 00:00

Martín Mercado Filósofo y literato

Cada dos años se realiza en el distrito de Bautzen de Sajonia, Alemania, el Festival Internacional Folklórico de Lausitz. Entre el 4 y el 7 de julio de 2019, en las ciudades de Bautzen, Drachhausen y Crostwitz se realizó la décima tercera versión de este festival   con la presencia de grupos de baile y canto provenientes de   Algeria, Polonia, Georgia, Hungría, Austria, Rusia, Nepal, Eslovenia, República Checa, Macedonia del Norte, Perú y Bolivia entre otros.

Para que los grupos invitados puedan ofrecer un espectáculo cultural de calidad, fueron amablemente recibidos y hospedados en la ciudad de Bautzen con todas las  comodidades y una generosa alimentación. 

Varios de los grupos actuaron hasta dos o tres veces al día en diferentes escenarios que brindaban las condiciones necesarias para el espectáculo, por ejemplo un adecuado piso para la danza, pruebas de luces y sonido, y la no menos importante distribución del público en mesas asentadas en el seno de la naturaleza del verano alemán. Risas, miradas de picardía, piruetas, cantos polifónicos, cabriolas, colores, texturas y aplausos son parte del rostro más evidente del alegre festival de Lausitz. 

El disfrute se equilibra razonablemente con el Foro Cultural de Domowina, en el que los directores de las delegaciones pueden explicar brevemente el contexto y trasfondo del espectáculo preparado para el público.

Pero, ¿qué hay detrás del escenario en los festivales folklóricos internacionales? ¿Cómo es posible comprender la tensión entre, por una parte, los cerrados impulsos nacionalistas ligados a la idea del verdadero origen de eterna forma de la danza folklórica y la ineludible estilización que supone la transformación de una práctica social en una forma de mercancía cultural?

Para tratar de comprender un poco mejor esta tensión, y gracias a la señora Felber, coordinadora de prensa del Festival de Lausitz, y a los directores del Ballet Folklórico de La Paz (Bafopaz), Página Siete accedió al entretelón de este sorprendente evento.

El festival de Lausitz de este año superó su récord de visitantes con un número de 22.000 asistentes y más de dos decenas de grupos invitados a los que tuvieron que organizar únicamente 1.000 voluntarios y trabajadores. Cada delegación invitada contó con la ayuda de dos voluntarios alemanes, los que  pasaron largas horas entre el recibimiento, atención, trabajo de traducción y guía turística. 

Los grupos invitados se hospedaron en el Hotel Best West de Bautzen, cuyas facilidades contrastaban con el intenso viaje de varios grupos. Delegaciones como la boliviana, peruana y nepalesa viajaron en avión al menos 15 horas y otras ocho o 14 horas en bus. Las horas pasaban entre el sueño difícil de conciliar y la revisión y preparación de la vestimenta. 

Algún botón caído, alguna talla que ajustar, alguna pluma que se había perdido en la explosión de saltos en la presentación de la ciudad anterior, debían ser atendidas a veces durante el trayecto o restando horas del posible descanso ya en el hotel. 

Alguna alergia inesperada a la comida, un resfrío o la necesidad de comprar maquillaje u otros artículos para arreglar los instrumentos o los trajes, deben salir muchas veces de los pocos fondos de los ballets o de los bailarines. Este año, por vez primera, Bafopaz recibió un apoyo económico importante del Ministerio de Culturas de Bolivia, lo que    les  resultó un verdadero alivio para los elevados costos que deben cubrir.

El filósofo Séneca decía que ningún viento es favorable para  aquel que no sabe hacia dónde se dirige. A este grupo parece serle provechosa cualquier brisa. Los jóvenes bailarines respondían con seguridad y amabilidad a las preguntas sobre su experiencia en Europa, para muchos, la primera. Se asombraban por el cambio de costumbres, por las libertades juveniles en Holanda, por la calidez alemana. 

“Yo siempre había pensado que los alemanes eran muy fríos y serios por todo lo que hemos visto (en colegio) sobre la Segunda Guerra Mundial, pero en realidad son gente muy cálida, nos aplaudían y silbaban y pedían más. Eso me gustó mucho”, dice una de las más jóvenes integrantes. 

“Yo me siento orgulloso de poder ofrecer mi cultura boliviana en otros países, pero me sorprende cuántos otros países tienen culturas diferentes y hermosas como la nuestra”, señala  otro  joven, e inmediatamente sus compañeros cuentan detalles de los bailes folklóricos de otros países. 

“Quisiera grabar a todos los que me dicen qué linda es su música y sus bailes allá en Bolivia para que todos allá sepan apreciar mejor nuestro calor cultural”, dice Oscar, uno de los músicos del grupo, además de docente universitario y campeón nacional de ajedrez, según informa con timidez.

“Nosotros buscamos que nuestros jóvenes investiguen, preserven, representen y defiendan la cultura boliviana, bailando de tal manera que otra persona, no importa de qué cultura, pueda comprender lo que nuestra danza dice, pero para eso hay que ensayar mucho”, opina Víctor Hugo Salinas, director de Bafopaz, después de haber visto que la delegación peruana presentó, entre otras danzas, un cuadro de diablada y morenada de la festividad de la Candelaria. 

“Yo hablé con ellos y les dije que tienen una gran riqueza de bailes en Perú y que no tendrían por qué bailar los nuestros y menos con música boliviana”, prosigue.  “El mismo público se da cuenta de la calidad de la presentación; nuestros bailarines están en buena forma, nosotros investigamos nuestras danzas, y venimos a ofrecer un espectáculo de calidad. Nuestra mejor defensa del folklore boliviano es una presentación impecable. Así continuaremos en esta gira por Polonia, Bélgica, Holanda, España  y Portugal”, finaliza. 

Cuando se trató de entrevistar a la delegación peruana para recoger  sus opiniones sobre el festival, prefirieron no hablar con el corresponsal boliviano. Es difícil saber si puede haber folklore sin nacionalismo, sin la idea de un origen puro e invariable de las danzas, y sin que muchas veces eso implique innecesarios momentos tensos.

Cada uno de los miembros de la delegación de Bafopaz ha experimentado las miradas expectantes de personas de varios países sobre sus cuerpos, sus movimientos, sus gestos, sus cantos. 

Saben cuánto los aprecian, saben que a muchos de ellos les encanta la cultura boliviana; pero no son ingenuos, pues son conscientes de la riqueza de las otras culturas, del pacífico ritmo nepalí, de la exuberancia sudafricana, de la cadencia argelina, de las elegantes rondas del folklore europeo, de la belleza de sus trajes, del tronante ritmo del saxofón peruano, o de la maestría, por ejemplo, de un niño eslavo de no más de ocho  años, quien puede ejecutar una larga pieza con acordeón o violín, realizar impecablemente un solo en un coro polifónico, además de, acto seguido, ponerse a bailar. 

Estos jóvenes bailarines bolivianos comienzan a apreciar su riqueza dentro de los contrastes y aprenden que cuando falta el idioma, buenas son las miradas amigables, las sonrisas en el saludo y la intensa comunicación corporal en el escenario. 

“Nosotros sabemos que el público muchas veces no conoce ni si quiera dónde está Bolivia. Una vez una persona se sorprendió cuando le conté que en La Paz teníamos edificios”, dice una joven mientras sonríe. 

“Eso lo hemos discutido con nuestros profes, sabemos que el público no conoce el contexto ni la historia de nuestros bailes y por lo rápido de la presentación no podríamos explicarles todo. Así que lo que nos interesa es bailar correctamente, no equivocarnos y bailar lo mejor que podamos en cada presentación”. 

“Gritamos con fuerza: ‘!Viva Bolivia!’ en cada presentación y así ellos saben dónde se baila como bailamos”. 

Todos los grupos entrevistados coincidían en la misma idea, expresada también por un miembro del grupo de Austria: “venimos al festival de Lausitz no a vernos bailar a nosotros, ni a mostrar asuntos sobre la verdad de nuestros bailes, venimos principalmente  a conocer a los otros. Sabemos que todos venimos a conocer culturas diferentes; pero nos esforzamos para hacerlo bien y presentar temas comunes en las culturas, el amor, la alegría, etcétera”.

Estos jóvenes demuestran que la pasión por la propia cultura es vana si ella les impide abrirse y comunicarse con otros seres humanos. Estos jóvenes se exigen pasión y disciplina en cada ejecución. Entre el inevitable arraigo nacional y las formas más comerciales del capitalismo cultural, los festivales internacionales de folklore, como el de Lausitz, abren una puerta importante para la experiencia corporal que, por debajo de las coloridas y bellas diferencias, todos sudamos al bailar.

 

 

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