Notas para romperse una pata

Desestructurando las instituciones: Amor, de Denisse Arancibia

Que realmente pensemos el matrimonio como algo más que un mandato social o divino no está en nuestra mesa todavía, dice la autora sobre esta obra teatral.
domingo, 14 de julio de 2019 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata y docente UCB

La institución del matrimonio ha ido oscilando por varias definiciones, contradicciones y verdades, lo que hoy hace muy difícil definirla. ¿Es un contrato social? ¿Es un mandato de Dios? ¿Un sacramento? ¿Es un mandato social? ¿Para qué sirve? ¿Por qué hay tanto debate hoy en día? ¿Es realmente la puerta a la institución de la familia? ¿Es necesario casarnos? ¿Cuántos beneficios nos trae? El hecho de que el matrimonio sea “entre hombre y mujer” contradice la misma Constitución, por lo tanto, ¿por qué no estamos debatiendo el matrimonio igualitario? ¿Por qué alguien puede decidir no casarse? ¿Existe realmente la decisión de no casarse? Todas estas preguntas nos las podemos hacer… hoy. Pero que se lleven a la práctica es otra cosa. Que realmente pensemos el matrimonio como algo más que un mandato social o divino no está en nuestra mesa. Todavía. Estos cuestionamientos aparecen en la obra teatral Amor, de Denisse Arancibia que fue estrenada el viernes 28 de junio y que todavía no ha bajado telón.  

El matrimonio en sí es un derecho, al que todo ser humano mayor de edad debería acceder, pero bien sabemos que no es así: por un lado, no todos los sectores sociales tienen acceso al contrato social del matrimonio; y por otro, hay sectores que están obligados socialmente a contraer nupcias, en muchos casos son las mujeres y en este caso por mandato divino y social. Por lo tanto, el matrimonio deja de ser un derecho, ya sea por la obligación a no casarse o por la obligación a casarse. Amor trata de la segunda vulneración de derechos. 

Es la imposición al matrimonio a las mujeres en algunos sectores sociales (creo que es muy certero que no digan dónde exactamente ocurre esta acción, porque estas situaciones se puede ver tanto en las familias conservadoras de la zona Sur como en las familias conservadoras de El Alto, todo es posible), además de la imposición de la familia sobre un contrato que se supone que es entre dos personas. Pero más allá de la legalidad del matrimonio, sabemos que en el contrato firman invisiblemente más de dos personas. 

Amor es una pregunta constante sobre la calidad de privado o público de este derecho. Y aunque se supone que el carácter público del matrimonio es en relación al Estado, resulta que el carácter público es en relación a la familia entrometida. 

O tal vez sea la función privada del matrimonio que se pervierte. Es por esto que la primera escena de la obra Amor es muy significativa: hay una novia (Alejandra del Carpio) de varios metros de altura, que viste un pomposo vestido blanco (porque debe estar a la altura de los acontecimientos) y que sostiene un monólogo sobre sus dudas sobre el matrimonio. Pero en realidad, es un diálogo con un novio fantasma, Ricky, quien  no le responde a ninguna de sus preguntas, no le resuelve ninguna duda. 

Es más, la única respuesta que tiene es la explosión de familiares, curas, damas de honor frenéticas que salen de sus entrañas, salen por debajo de la gran pila de tutús que es el vestido que usará una sola vez. Aquí es donde lo privado se vuelve extremadamente público. 

La escalera en la que alguna vez se apoyó la novia se convierte en la estructura tambaleante de la duda sobre su propio futuro, una estructura custodiada por todos los atacantes de una institución que hoy no sabemos definir, una institución que puede ser el ejercicio de un derecho o la mala interpretación de un pasado tradicional.   

Aquí empieza la constante persecución a la novia, de manera implícita y explícita, que se traduce en la pregunta ¿en qué consiste el matrimonio? Cuando lo convertimos en la persecución de las mujeres, nos convertimos en cómplices, en espectadores pasivos. 

Vemos cómo la persiguen, cómo la manosean, se la pasan de brazo en brazo, todos tienen un poquito de novia, observamos cómo observan una violación, nos convertimos en cómplices, porque sabemos que el matrimonio, cuando es persecutorio e inquisitivo, es violador. 

Hay dos elementos más que quiero destacar: la estética trans de algunos personajes y el loop de un mismo tema musical en distintas variantes. Hay un padre robot, un hombre que es madre, y otro hombre que es la abuela y después el novio. 

Este último traspaso es el que me parece más interesante, porque cualquiera de los otros personajes podía encarnar al novio ausente, pero es el actor Leo Mora (abuela) que hace este cambio. Él es aquel que realiza la representación de dos extremos: Desde el “tienes-el-poder-de-decidir-no-casarte”, hasta el “tú-eres-mía”, y al final es una cuestión de dónde identificarnos.  

La elección del mismo tema musical en bucle es bastante acertada. Estamos hablando de varias versiones de una sola canción con distintos tonos, es un montaje musical siempre de acuerdo a la situación que se está viviendo. Si la situación es cómica, tendremos una versión súper bailable, si la situación es de extrema violencia, tendremos una versión más melancólica y casi irreconocible de la versión original. 

Es una canción que indirectamente se la puede vincular con la decisión del matrimonio, ya que abarca temas como evitar las intromisiones familiares, de la posibilidad de elegir sin rechazar a la familia, de vivir una vida propia, de decidir sin persecuciones, porque finalmente, las chicas sólo queremos divertirnos.

  

Ficha técnica: 

Dirección y dramaturgia: Denisse Arancibia Flores. 

Asistencia de dirección: Alison Román Céspedes. 

Producción: Teatro Grito. 

Elenco: Alejandra del Carpio A. (la novia), Mariel Camacho O. (las chicas), Bernardo Arancibia F. (el cura), René Suntura M. (la madre de la novia), Michael Apaza A. (el padre robot), Carmencita Guillén O. (suegra/periodista), Leo Mora (la abuela/Ricky). 

Amor volverá para una segunda y tercera temporada el 3, 4, 10 y 11 de agosto; y el 4, 5, y 6 de octubre en Casa Grito.

 

 

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