Homenaje

Gracias Paulito por enseñar a sonreír a un país desangelado

La obra de Prudencio Claure surgió por el contraste de matices encontrados: un espíritu travieso frente a un clima anubarrado; el aura matinal frente al huracán...
domingo, 14 de julio de 2019 · 00:00

Mariano Baptista Gumucio Periodista y escritor

Fui lector y amigo de Paulovich (Alfonso Prudencio Claure), desde los tiempos en que con un grupo de audaces jóvenes católicos fundó Presencia como semanario, en coincidencia casual, si la memoria no me falla, con el estallido político de abril de 1952 que cambió tantas cosas para bien y para mal en el país. En esos tiempos, Paulito, que dejó de ser devoto hijo de la Iglesia, lo era más todavía y su columna reflejaba sus inquietudes metafísicas, siempre con una gran preocupación por los desvalidos, los perseguidos e inermes. Recuerdo que ganó un concurso con un precioso cuento navideño ambientado en el altiplano paceño.

En los tiempos bravos del MNR cuando la persecución a sus opositores era implacable, Paulo con su columna ayudaba a apurar el mal rato, sin dejar de denunciar los atropellos y torerías de los represores. La obra de Prudencio Claure -escribió Porfirio Díaz Machicado- ha servido de escape a mucha y preciosa carga emocional que fue contenida por el miedo. 

El fue quien cambió el traje de luto y misa mayor por el de luces y lentejuelas, luciendo al sol en la búsqueda de irisados triunfos. Sus verdades risueñas, sus audacias jactanciosas, sus pases de muleta por encima de las ganaderías bravas, le dieron un título heroico e indeclinable.

La carcajada de Paulovich –ruso escapado de una lata de caviar– no era sino la revancha de todo un pueblo amargado y sufrido por la represión. Ahí está su mérito mayor, como si dijéramos su fiesta de cuatro orejas. ¿Ahondar más en la interpretación de esta noble expresión de humorismo? No viene al caso. La obra de Prudencio Claure surgió por el contraste de matices encontrados: un espíritu travieso frente a un clima anubarrado, un colibrí frente a una pantera, el aura matinal frente al huracán.

Y por ello vale y sobrevivirá; porque no se dejó tragar por la pantera ni arrastrar por el huracán. ¡Detrás de él todo un pueblo reía a hurtadillas! ¡Y él, como nada, golosina intocada, vidrio de color en medio de la pedrea! Cuando pasen los años y el drama retorne al espíritu se podrá decir con este escritor extraordinario, armonioso y oportuno: Reíamos por no llorar...

Fundó también, con otros jóvenes el partido Demócrata Cristiano que lo tuvo de candidato a una diputación en las elecciones de 1962, en las que sorpresivamente le ganó a Wálter Guevara Arze lo que era un gran mérito pues en esos tiempos de flamante voto universal no era nada fácil. Paulo pensaba que su triunfo fue una humorada de Víctor Paz para humillar a su ex canciller. Por si acaso y sabiendo como funcionaban las cosas, Paulovich hizo una apelación a los miembros del partido de Gobierno: “Movimientista, tú que puedes votar dos y tres veces, vota una vez por tu partido y otra mí”.

A lo largo de las siguientes décadas no nos vimos por años pero cuando nos encontrábamos era como si hubiesen pasado apenas unas horas. En algunas ocasiones compartimos tareas, de las que se suelen presentar en un país surrealista como es el nuestro. Por ejemplo, una vez fuimos invitados por Naciones Unidas a una Asamblea General y figuramos por 15 días en la delegación boliviana en Nueva York, sin más obligación que oír discursos aburridísimos y sugerir de vez en cuando alguna frase para mejorar al mundo. 

En otra oportunidad, gracias a que aparecí de candidato al Concejo Municipal de un partido opositor, el partido rival puso en sus listas a Paulovich. Ni él ni yo estábamos en lo que los políticos llaman la “franja de seguridad” y sin embargo pasamos raspando la prueba y nos sentamos juntos, pero no revueltos, en el Concejo. 

Al final del mandato me di el gusto de contribuir con mi voto para elegir a Alfonso Prudencio Claure (ya no lo podíamos llamar Paulito) Alcalde de la ciudad de La Paz por tres meses. ¡Qué lástima que no se quedó más! Con su humor, talento y bondad habría superado a Sancho en la insula Barataria pero es una de las reglas bolivianas que los tontos y los malos se eternicen en el poder y los buenos duren unos meses.

En los tiempos de la Biblioteca Popular de Ultima Hora publicamos, con récord de tiraje, su libro Conversaciones en el motel. Por entonces había un solo motel en La Paz y se tejían toda serie de rumores sobre lo que sucedía allí. Era tan célebre que los universitarios –que en esa época creían a pie juntillas en la revolución y el socialismo– encargaron a sus compañeras de Bienestar social el asalto a ese sitio de depravación de la burguesía, tarea que fue cumplida con eficacia pues en efecto encontraron a ocho parejas desnudas a las que obligaron a salir a los corredores mientras el Comité Revolucionario resolvía su suerte. 

Intervino el Ministro del Interior y la solución salomónica fue dejar que se vistieran primero las mujeres y luego los varones, todos muertos de vergüenza, y se fueran a sus casas, convirtiendo el motel en una cooperativa para no perjudicar a los mozos que formaban parte de la Central Obrera. 

El libro apareció algún tiempo después de este episodio, al que no hizo referencia Paulito pero la gente lo leyó ávidamente pues a los paceños y paceñas de esa época les intrigaba muchísimo qué se hacía en un motel. Paulito no les dio el gusto de revelarles esas intimidades pues su libro era precisamente de conversaciones post-coitum, es decir cuando sobreviene la tristeza y las parejas una vez, tranquilizados sus sentidos y hormonas, se dedican al arte de charlar inocentemente en la cama. También nos vimos alguna vez en Madrid y en París, él en cortas funciones diplomáticas y yo en rápidos viajes ministeriales sufragados por algún organismo internacional.

Es un lugar común decir que en Bolivia ningún escritor vive de su pluma y por favor no se me entienda mal, como le pasó a don Roberto Prudencio cuando inició en su revista Kollasuyo una sección dedicada a la producción de jóvenes poetisas, sección que calificó como de “plumas jóvenes”. Paulovich es quizá la excepción de la regla pues desde muy joven no ha dejó de escribir nunca en los periódicos o hablar en las radios. No hizo fortuna pero sus ingresos apenas le alcanzaban para sobrevivir.

Cuando volvió de España, corrió la voz alarmante para sus amigos de que se hallaba grave en una clínica. Fui a verlo de inmediato y lo encontré de mala cara pero de excelente humor. Lo acababan de operar de la próstata y me explico que quienes lo daban por muerto habían exagerado bastante y que lo que sucedió fue que, como la operación era cara en España, prefirió “aguantarse” a la boliviana y confiar su suerte a los galenos nacionales, a un precio más moderado que el madrileño. 

Desde entonces Paulo escribió casi diariamente en un matutino local, y el libro que prologué: Ríete y serás feliz (1995) es una excelente selección dividida en seis capítulos, de las que él consideraba sus mejores columnas. Realmente lo son, pues esa etapa post-prostática ha coincidido con el destape universal cuyas ondas han llegado también a Bolivia, destape en el que las cosas se dicen por su nombre y el sexo ya no es un tabú para nadie, ni siquiera un pecado, por lo menos para los jóvenes, sino una actividad altamente gratificante.

¿Te acuerdas Paulito que en el Colegio San Calixto los padres jesuitas nos aseguraban que quien reincidía en el pecado solitario se quedaría ciego? ¿Cuántos condiscípulos encontraste desde entonces sin vista, a no ser la natural afección de las cataratas¿ ¿Qué dirían del consejo que hizo la secretaría de Salud de EEUU a los adolescentes de su país para que se masturben, porque a diferencia del tabaco, no les hace daño a su salud, y en cambio asegura que esa práctica los conservará sanos?

Antaño, Paulito sólo tenía una tía. Después la familia creció y su lenguaje se volvió cada vez más desenfadado, sin llegar a la crudeza de otros humoristas como el peruano Sofocleto quien llama a los cojudos por su nombre e incluso les ha dedicado un libro en el que señala, con mucha razón, que hay que tener cuidado en el trato con esas gentes y que la cojudez es contagiosa y transmisible incluso con un apretón de manos.

 Paulito todavía llamaba a esos especimenes “coxuaters” y “penderejiles”, pero en todas las demás expresiones ya no usó eufemismos como en el pasado. En el árbol genealógico de la familia imaginaria que acompañó a Paulito en sus crónicas diarias figuran varias tías y tíos, su hijo Bruto, a quien prodigaba siempre muchos adjetivos como “memo mis de chinchulines”, “tontín de mis entretelas”, “taradito de mis contumelias” y “levudito de mis afanes”, así como varios nietos impertinentes. 

Con esta extensa familia Paulo comentó sabrosamente las peculiaridades e idiosincrasia de sus coterráneos, los absurdos y despropósitos de nuestra vida común, la falta de juicio y de mesura de nuestra colectividad casi siempre orientada al exceso y al absurdo. Durante años dirigió cartas al único subsecretario que hubiera justificado la reforma del Poder Ejecutivo emprendida por este gobierno y cuyo despacho, sin embargo, todavía no ha sido creado mientras el Estado cuenta ahora con más de medio centenar de subsecretarios. Me refiero al de Disparates.

Una de las notorias características de nuestro ser nacional es sin duda, la falta de humor. Los bolivianos se ríen ciertamente, pero casi siempre a costa del prójimo. Se cultiva un humor agrio, corrosivo, en el que la risa se convierte en sarcasmo y donde la desgracia ajena, desde la señora que cae en la calle víctima de un resbalón hasta el político que se precipita del poder a la ignominia, causan hilaridad. 

Los humoristas en nuestra literatura se pueden contar con los dedos de una mano. Gustavo Adolfo Otero cultivaba un humor irritante y provocador que le causó varios exilios y confinamientos. Wálter Montenegro era deliberadamente un humorista tan fino que el grueso público a veces no entendía sus ironías. Paulovich desde que inició su columna en Presencia y sobre todo en su etapa de madurez, cultivó siempre un estilo de humor que causaba gracias y arrancaba risas sin dejar magulladuras ni heridas. Como Carlos Gardel, de quien los entendidos afirman que cada vez canta mejor, de Paulovich se puede afirmar que cada una de sus columnas era mejor que la anterior y que todas ellas podrían figurar en antologías.

Se equivocan quienes piensan que por los males que ha sufrido, el nuestro haya sido siempre un continente de gentes agrias y malhumoradas. Según muchos testimonios los pueblos indígenas eran dados a la alegría y el propio Cristóbal Colón escribió asombrado que “en el mundo no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen un habla, la más dulce del mundo, y mansa y siempre con risa”. 

Los españoles con Cervantes y la novela picaresca a la cabeza demostraron también que podían reír a gusto e incluso los negros esclavos tomaban con mucho humor sus desgracias. De la herencia árabe hemos adoptado las palabras “algazaras”, “alborozos”, “carcajadas”, “maromas” y “menjurjes”. Por eso es que Rubén Darío que tuvo que penar tanto en la vida, escribió sin embargo: “Bendigamos la risa, porque ella libra al mundo de la noche... bendigámosla porque ella es la salvación, la lanza y el escudo”.

Tuve el honor de sentarme a su lado en la Academia Boliviana de la Lengua (ahora confinada a un pequeño salón de una universidad privada, después de ser echada de una excelente oficina que puso a su disposición el Banco Central de Bolivia). También me reuní con él en un bar del sur, como correspondía, a su carácter, para agasajar a Pedro Shimose, que reside en Madrid con quien compartió años atrás, en la redacción de Presencia”.

Más allá de las bromas y los comentarios hilarantes, fue Paulovich un hombre preocupado profundamente por la suerte de los bolivianos. Es preciso leerlo también entre líneas para encontrar su pasta de pensador y de humanista, de hombre sensible a los reclamos del afecto fraterno y a las tribulaciones que nos afligen a todos, como puede comprobarse en su capítulo “Cuando los amigos se van”, del libro que cité, en el que su alegría diaria se convierte inevitablemente en nostalgia y dolor por los que ya han partido para siempre.

Paulito, tú nos enseñaste a los bolivianos el arte de reírnos de nosotros mismos y sonreír ante las debilidades y flaquezas de los demás. Dictabas tus últimas columnas, porque ya no podías ver las teclas ni reconocer a las personas y te fuiste en silencio como el gran señor de la amistad y la nobleza, que siempre fuiste.

Te despido con hondo sentimiento cual si hubiera perdido a otro hermano.