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Praxíteles, Friné y la estética

La historia del artista griego y la hetaira tespia es una de las más apasionantes en lo que tiene que ver con lo objetivo y lo mitológico de la Grecia clásica.
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:00

Ignacio Vera de Rada   Escritor

Tengo la alegría de anunciar que en poco tiempo, en el marco de la XXIV Feria Internacional del Libro de La Paz y bajo el sello de la editorial Plural, presentaré un nuevo libro, comentado e introducido por el prestigioso escritor y periodista Mariano Baptista Gumucio. El libro lleva el título de Praxíteles en Olympia o La olympíada; es una tragedia lírica, fruto de dos años de intenso trabajo ejecutado en mis horas libres dedicadas a la literatura y el vuelo creativo. 

Es una pieza dramatúrgica que consta de 1.755 versos medidos sin rima, y que sigue los parámetros formales y de fondo de la tragedia clásica, o de la dramaturgia grecorromana, en la cual me introduje profundamente por mucho tiempo, cuando tuve la oportunidad de estudiar lenguas clásicas.

 El meollo del texto gira en torno a la vida y obra de aquel espléndido y genial escultor ateniense llamado Praxíteles, autor de importantes obras como Hermes con el niño Dionisio (hecha en mármol), o Apolo sauróctono (hecha en bronce). Su destino, trágico como el de casi todo creador maravilloso, queda decidido por la influencia femenina de Friné, una cortesana bella y engreída, que le sirvió de modelo para representar, principalmente, a la diosa Venus en varias esculturas. 

La carencia de datos sobre su nacimiento y, principalmente, sobre su muerte, hicieron que me aventurase a escribir una pieza dramática en torno a la obra y la muerte de este creador griego, sumiéndome, como es menester —y como aconseja Schiller para la creación de piezas teatrales—, en la historia y las circunstancias incuestionables y objetivas de su vida. El libro tiene diferentes voces poéticas y el dramatis personae consta de Praxíteles y La Sombra de Fidias (escultores), un Coro de atletas olímpicos, Friné y Lais de Hícara (hetairas), y Hermes, Apolo y Palas Athene (dioses olímpicos).

Pero el motivo principal de este artículo no es propiamente dar a conocer la obra en sí misma, sino hablar de uno de los pasajes de la misma, y en particular de uno de los personajes: Friné, la bella amante del escultor Praxíteles.

Desde que el mundo es mundo, la desnudez de la mujer siempre ha sido origen de desvíos, frenesíes, milagros y, por supuesto, de obras artísticas de incomparable belleza. El mago tebano Tiresias (tan importante como Calcas) quedó ciego por ver desnuda a Atenea. Helena de Troya, cuando se ve amenazada por Menelao al final de la guerra, desnuda uno de sus pechos, se lo muestra, y queda librada de la espada del legendario monarca de la Esparta micénica. Clitemnestra intentó hacer casi lo mismo que Helena, cuando su hijo Orestes quiso matarla para vengar a su padre Agamenón… Pero con estos ejemplos hemos hablado de la mitología, la leyenda, la fábula, el cuento o la invención. 

Sin embargo, lo cierto es que la desnudez femenina también causó trastornos en el mundo real y verdadero. En este sentido, la belleza de la hetaira o prostituta Friné fue motivo de acontecimientos memorables nada más ni nada menos que en la vida de hombres como el orador Demóstenes y el escultor Praxíteles. Si no hubiese sido por la majestuosa belleza de su desnudez, hubiese quedado condenada al destierro por los jueces del Areópago por haber adorado deidades bárbaras.

La historia del artista griego Praxíteles y la hetaira tespia Friné es una de las más apasionantes en lo que tiene que ver con lo objetivo y lo mitológico de la Grecia clásica. Una vez que Friné se acercó al estudio donde esculpía el espléndido Praxíteles, éste quedó tan encantado por la hermosura de la dama que comenzó a consagrar sus horas al estudio de la anatomía de la cortesana, para hacer de ella patrón de sus obras en las que representaría a mujeres mitológicas. La miró, la miró nuevamente. Y finalmente la inmortalizó en obras que representaban a Venus y Artemisa, entre otras más.

Como tenemos dicho, Friné  había sido acusada por impiedad, por lo cual fue condenada al destierro, que por entonces era considerado peor que la misma muerte. Praxíteles, enamorado de ella, buscó al orador ático Hipérides para que la defendiera en el juicio. Comenzó el juicio e Hipérides comenzó a pronunciar sus alegatos: habló del prestigio de Friné, aludiendo a la cualidad ilustre de Tespia, de donde ella era nativa; hizo alusión a la envidia de las personas, cuyas consecuencias podían ser la calumnia y el reproche infundados.

Recordó a los jueces que Apeles se había inspirado en ella para hacer sus más bellas creaciones y que había sido ella quien había ofrecido dinero para la reconstrucción de Tebas, que Friné era buena, dadivosa…; los jueces, sin embargo, seguían impávidos ante la elocuencia del abogado ático. Entonces, en un arrebato de impotencia, se apeló a despojar a Friné de sus vestidos… Y los jueces quedaron absortos ante la belleza de la cortesana. Consideraron que esa belleza debía ser eximida de cualquier crimen.

Los jueces del Areópago no pudieron condenarla, se intimidaron ante tanta belleza, ante la Belleza (así, con B mayúscula), porque Friné desnuda no decía la verdad: simplemente era la Verdad (así, con V mayúscula). Y finalmente, los jueces, recobrados de la emoción, se retractaron de condenar a la hetaira y le indultaron toda pena y todo castigo.

Es que en el ser humano, el concepto estético trasciende la belleza para llegar hasta el terreno de lo ético, y así lo bello puede hacer posible el cambio de parecer de las personas que establecieron las verdades más institucionalizadas en el marco de una configuración social convencional. La Belleza y lo bello van más allá de lo visual, y pueden rematar en el cambio de una condición ética de una persona o una colectividad. El milagro de la Belleza no es relativo, es una realidad absoluta.

 Así, en el caso de Friné, por ejemplo, la Belleza es virtud porque no solamente deleita a quienes la ven, sino que es engendradora de obras artísticas con las cuales la sociedad griega (o la humanidad, hoy) se civiliza, se cultiva y se construye. Friné, o mejor dicho, la belleza de Friné, era patrimonio de todos, y por tanto no podía ser condenada al destierro.

La Belleza de cosas y seres, por tanto, no es asunto solamente del deleite libidinoso y efímero de los ojos, sino de una Verdad “que está siempre más allá”, como diría Franz Tamayo. ¡Y qué bien que sea así!, porque, de lo contrario, lo bello no sería más que una lámina, un celofán delgado y superficial, carente de un concepto profundo.

Bajo estos razonamientos, la Belleza, la más pura y más soberbia de todas, ésa que inmortalizaron los griegos y latinos, los renacentistas italianos, los románticos alemanes y franceses y otros más es una verdad indiscutible, indestructible y absoluta para siempre.

 

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