Educación

Retórica convencional y falta de curiosidad en el ámbito universitario

Hay un intento de acercarse a las normas internacionales y a la excelencia, pero la universidad boliviana es, en el fondo, una prolongación de la escuela secundaria.
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:00

H. C. F.  Mansilla  Filósofo y escritor

   Desde la restauración de la democracia en 1982 he participado en innumerables foros, debates, mesas redondas y formas similares de discusión en el seno del estamento académico. Siempre me ha llamado la atención la falta de curiosidad de la mayoría de los universitarios por lo que pasa allende las altas montañas que protegen al país y que antiguamente lo aislaban del mundo. Pero esto es sólo una parte de la realidad. La universidad pública ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Se percibe el sano intento de acercarse a las normas internacionales y a los parámetros actuales de excelencia. Muchas universidades han instaurado cursos de posgrado, y algunos de ellos poseen un encomiable nivel. Se percibe que sobre todo las carreras técnicas se esfuerzan ahora en el fomento de la investigación y hasta en la invención de aparatos técnicos. Sus aportes positivos en los campos de la ecología, la medicina y las matemáticas aplicadas son indiscutibles.

   Pero un poderoso factor regresivo sigue tan vigente como siempre: la universidad boliviana es, en el fondo, una prolongación de la escuela secundaria. Aun hoy los dos elementos que distinguen a una universidad genuina de una escuela superior son bienes escasos: la universalidad del saber y el fomento de la investigación científica. La inmensa mayoría de los estudiantes tiene como meta profesional la adquisición de aptitudes técnicas y no el aprendizaje de métodos científicos. En este sentido prevalecen todavía la mentalidad de la escuela convencional, la enseñanza memorística y el manejo de trucos y artimañas.

En este contexto me acuerdo a menudo de un breve y brillante artículo de Miguel de Unamuno, que tiene que ver directamente con la temática aquí tratada. Se titula La imaginación en Cochabamba (1910). Unamuno impugna la opinión de Alcides Arguedas en su obra clásica Pueblo enfermo, quien había atribuido una considerable fantasía, un “desborde imaginativo, fecundo en ilusiones”, a los habitantes de aquella ciudad. En su refutación el pensador español equipara las actitudes de bolivianos, hispanoamericanos en general y españoles, y asevera que hay que diferenciar entre la retórica ampulosa y la reiteración de certidumbres tranquilizantes —firmemente arraigadas—, por un lado, y la genuina imaginación creadora, por otro. Unamuno va más allá y afirma que los pueblos del Nuevo Mundo y de la España premoderna no exhiben habitualmente una fantasía inteligente, sino un apego rutinario a unos cuantos principios invariables que brindan seguridad. Son dogmáticos, sentencia Unamuno, a causa de la pobreza imaginativa, y no por tener una auténtica fantasía soñadora. 

Y esta inclinación, dice Don Miguel, está estrechamente vinculada a la picardía cotidiana, a la malicia sistemática, que, disimulada por la oratoria frondosa y celebratoria, refuerza los prejuicios de vieja data y sosiega al espíritu convencional. Hasta hoy en Bolivia la astucia es considerada como una forma superior y hasta sublime de la inteligencia, y no sólo en el imaginario popular.

   La actitud reseñada aquí favorece una integración fácil al modo de vida prevaleciente (incluyendo el uso masivo de computadoras, teléfonos celulares y cuando cachivache técnico aparece en el mercado) y rechaza al disidente, al que piensa y obra de modo autónomo, al que se desvía del grupo y, por consiguiente, al que exhibe espíritu crítico. Estos valores conformistas de orientación están muy difundidos en todas las clases sociales, las regiones geográficas y las comunidades étnicas del país. Y por ello se puede aseverar que la indiferencia frente a la libertad de prensa, al derecho a la información y a la educación racional moderna conforman hoy una predisposición social muy expandida, que precisamente a causa de ello pasa desapercibida y resulta difícil de ser modificada. 

   Toda esta constelación de fondo sirve para fundamentar la tesis siguiente. Pudiendo equivocarme, creo que las herencias civilizatorias autoritarias, que provienen principalmente del Imperio incaico y de la era colonial española, y que todavía se hallan con buena salud, han fomentado una actitud generalizada de indiferencia de la mayoría de la población boliviana frente a los derechos humanos y la educación racionalista-moderna, actitud que puede durar un tiempo muy largo.

   Se trata de una combinación de desidia frente a los mejores frutos del racionalismo occidental (los derechos humanos y la educación moderna), junto con un marcado desinterés por el mundo exterior, combinación que se manifiesta también en el funcionamiento fáctico de las universidades bolivianas, aunque las declaraciones retóricas de sus autoridades vayan en otro sentido. El ámbito universitario no es, evidentemente, una abreviatura simbólica de toda la sociedad, pero el análisis del mismo nos permite sacar algunas conclusiones provisionales acerca de la mentalidad colectiva. 

El Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) encargó un extenso estudio llevado a cabo bajo la dirección de un conocido sociólogo español, Emilio Lamo de Espinosa, que fue publicado (1998) por el Convenio Andrés Bello con el título La reforma de la universidad pública boliviana. 

Uno de los motivos principales para emprender este análisis era la notable desproporción entre la magnitud del número de estudiantes y profesores, por un lado, y la escasa participación de docentes y alumnos en labores de investigación, en publicaciones científicas internacionales y en el registro de patentes, por otro. Como agravante se debe mencionar el hecho de que las universidades estatales no sufrían entonces ni sufren ahora por falta de recursos financieros. 

   Siempre se pueden constatar excepciones, por supuesto, pero en general el sistema universitario boliviano no hace honor a dos elementos centrales que deberían caracterizar a esta institución: (1) el propósito de cuestionar las verdades del momento y (2) el anhelo de comprender el mundo más allá del entorno inmediato. El estudio mencionado de Lamo de Espinosa detectó que la población universitaria mostraba muy poco interés por poner en duda las modas ideológicas que predominaban en aquel entonces y que sentía escasa curiosidad por aprender algo de otros espacios civilizatorios. Los estudiantes preferían dogmas sencillos que confirmasen sus propios prejuicios; lo desconocido no poseía ningún atractivo intelectual.

   La politización de las universidades bolivianas no significa que los estudiantes comprendan mejor la esfera de los intereses públicos. Es un fenómeno recurrente que encubre “una tupida red de intereses” particulares, como dice Lamo de Espinosa, manejada por funcionarios “celosos de su parcela de poder”. Esta aseveración vale para los docentes y los empleados administrativos, independientemente de su ideología política. La radicalidad del discurso, a menudo izquierdista o indianista, oculta el control corporativo de la burocracia enquistada en estas instituciones sobre contenidos, programas, cursos, organización interna, uso de fondos y designación de docentes.

   El estudio mencionado, ignorado por todo el sistema universitario boliviano, indica que los estudiantes abrazan por comodidad las modas ideológicas del momento, sin pensar mucho en su pertinencia histórica y su calidad conceptual. Frente a este contexto la libertad de expresión no posee un valor relevante. Como se sabe por la historia, esta libertad tiene un sentido profundo si uno dice cosas que no corresponden necesariamente a la opinión común y mayoritaria del tiempo. La mejor justificación de la libertad de prensa reside precisamente en expresar concepciones incómodas con respecto al gobierno de turno y críticas frente a la cultura generalizada del país. Reiterar los prejuicios colectivos y amparar las consignas oficiales no constituye una actitud que enriquezca el saber intelectual. A su vez el derecho a la información —es decir: el derecho a saber lo que todavía no se sabe— tiene sentido si una sociedad atribuye un valor positivo al examen de lo extraño y desconocido. No sólo engloba el aprender algo acerca de tierras exóticas, sino ante todo exponernos a teorías que pueden significar una crítica de nuestras convicciones más profundas.

 Esta actitud es la que nos permite comprender los límites y las carencias de lo que apreciamos entrañablemente. Suena desagradable, pero es el mejor camino al conocimiento científico.

 

 

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