El chicuelo dice

Un día escucharás a las piedras

No se olviden, por favor, de favor se los pido: yo soy la del medio, la que se ha vuelto una amargada a los meses de estar encerrada en San Pedro...
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Esa, la que está ahí en medio, soy yo. La que en vez de sangre en las venas tiene ahora un río de aguas turbias que arrastran piedras filudas como las que hay en Laja. 

Soy yo, la mamá de uno que fusilaron hace años. Soy la del medio, la que estaba encerrada en San Pedro. La de negro, la que tenía problemas con la Khespi, se deben acordar, una loca que ha quemado a su hijita con agua caliente. Pero sobre todo soy la mamá del Alfredo, la mamá de ese al que fusilaron por lo de Pando. Un borrachín que tuvo la desgracia de morirse en mi tienda allá arriba en el Kenko.

Entonces quedamos en esto: yo soy esa, la del medio. La que empezó a vestir de negro desde que nos han encanado en San Pedro. De luto porque sabía que todos íbamos a acabar mal. Por eso a mí desde chiquita me decían bruja. Vos dices algo y se cumple, bruja. Vos deberías leer la suerte, Dolores. Yo decía mi papá caerá del caballo, rodará por la tierra, se romperá dos o tres costillas y ¡puaj!, al rato caía y rodaba por la tierra y se rompía tres costillas. Soy esa doña, ya saben: la del medio. La que estuvo encerrada en la sección Guanay, compartiendo celda con esa loca de la Khespi, la que a media noche me despertaba y me decía: los duendes azules me han dicho que la queme así a mi hijita, por eso estoy encerrada con vos.

Nunca lo olviden: yo soy la mamá de los Jáuregui, a los que eran hermanos y los que han acusado de matar a José Manuel Pando, el borrachín que siempre que venía de Oruro nos visitaba en nuestra tienda antes de bajar hacia La Paz. El presidente borrachín, el que de joven escribió estos versos: “Yo he respirado de la patria el aire/Vivificante y puro/Las auras que con mágico donaire/En medio de las flores jugueteaban/Mil veces han rizado/Con soplo perfumado/Cariñosos mi negra cabellera”. 

La del medio soy yo, la mamá del Alfredito Jáuregui. La que de niña parecía bruja porque si un día de repente decía los vecinos van a venir con harta coca para querer vendernos, pero eso solo será una excusa para pedirnos dinero prestado y si les prestan luego se harán los del otro viernes, así que cuidado. Tocarán la puerta tres veces y mi mamá saldrá a abrirles y le dirán hola Petrona, ¿nos permite unas palabritas? Hacía esos vaticinios observando el cielo y después de un rato, ¡chus!, ahí estaban los vecinos tocando a la puerta y llamando a mi mamá. 

Entonces ya saben, la del medio soy yo: la que de chiquilla hablaba con los animales. Hola, señora gallina. Buenos días, caballero burro. Que duerman bien, niñas ovejitas. La que era bruja porque los animalitos me contaban sus cosas. Nos quema la panza de tanta hambre, Dolores. Ya tenemos sed otra vez, amiga. Desamarrános y llevános a la sombrita, chica. 

Esa pues, la del medio, soy yo. 

Esa con cara de amargada, les digo. La que era compañera de celda de la Khespi, la que ha quemado a su hijita con agua hirviendo, se deben acordar de ese caso que ha salido en los periódicos: para que esa sonsa limpie sus pecados, y después se reía y decía mi marido es el Diablo, Dolores, te está esperando allá abajo. La que tiene cara de amargada y la que se pasó más de diez años encerrada allá en Guanay, compartiendo celda con la loca de la Khespi: mi marido ha mandado a los duendes azules y me ha dicho hazla bañar con estos mis amigos a nuestra hija para que sea tan sabia como su padre. 

Cuidado se olviden: la del medio y la que está de luto, no soy las otras. A la que  han acusado de ser cómplice en la muerte del que era presidente de Bolivia. El José Manuel Pando. Mamá del Alfredito, a ese que han fusilado frente a mí. El que también ha crecido en San Pedro, el que a veces veía cuando los canas dejaban abierta la puerta que separaba la sección mujeres y hombres. ¡Alfredo, acá estoy! Soy la mamá de ese que al llegar a la cana era flaco flaco, a ese que después, cuando ya tenía 26 años de edad, fue fusilado frente a mis ojos sin asco y sin contemplaciones, en noviembre de 1925. Mi hijito, el que ha dicho antes que lo fusilen: “Que me maten de una vez, que me den un tiro. El que me dé el tiro, para ese Judas mi eterna maldición, maldición que como aceite ha de extenderse para siempre”.

O sea que no se olviden: soy la del medio, la del luto, la que ya está aburrida de compartir celda con la Khespi porque la muy burra a veces no me baja de asesina, pero no del borracho del José Manuel Pando, sino que me acusa diciendo vos has matado a tu marido y los has descuartizado y has hecho después una fritanga para vender en la puerta de San Francisco, ¿no te da vergüenza ser así? No se olviden, por favor, de favor se los pido: yo soy la del medio, la que se ha vuelto una amargada a los meses de estar encerrada en San Pedro. La que de chica era medio bruja, pues si veía una vela encendida decía apaguen porque se va a incendiar la casa. Y como no me hacían caso al rato la vela enloquecía y echaba chispas y las chispas caían sobre las mantas donde dormía mi mamá y todo se incendiaba. 

No olviden que esa del medio soy yo, la que está de luto y la que aquí adentro en la sección Guanay se ha hecho una amargada. A la que de jovencita le gustaba bailar y la que veía pasar a los militares en sus caballos y pensaba ese de allá será mi marido o ese de allá mi amante y haré que gaste su plata en mí y que camine de rodillas desde la Plaza Murillo hasta Copacabana por pasar una noche conmigo.

Cuidado con olvidarse: esa soy yo, la que ha visto cómo lo fusilaban a su hijo, el Alfredo Jáuregui, uno gordito que ha llagado acá a la cárcel todo flacuchento porque allá en el Kenko no había trabajo y no comíamos muy bien. La mamá del que ha tenido la desgracia de sacar el bolillo negro cuando han sentenciado a muerte a los hombres por dizque haber matado al borrachín del Pando. 

Soy esa de negro, la que quisiera salirse de esta celda, irse después a otro lado bien lejos de la sección Guanay, pasar por en medio de las otras presas, sacarle la lengua a la Khespi, chau, loca, quedáte con tus locuras, y salirme por la puerta grande de San Pedro, chau, nos vemos. La del medio, la que quisiera ser bruja de nuevo, como cuando era chiquita: mañana va a caer granizada, y ¡chas!, a las cinco de la mañana caerá la granizada y destruirá los papales. Esa soy yo, la que en vez de mirada de madre tiene mirada de Diablo, la que ya no cree que las nubes son de dulce Guabirá, esa, la mamá del Alfredo Jáuregui que han fusilado por lo del borrachín del Pando, la que por dejar de haber sido una niña ya no pudo predecir y decirles: ahora el general querrá seguir su camino, se parará de la silla, se arreglará el cinturón pero caerá de bruces y morirá en el acto. Ustedes por miedosos lo tirarán a un barranco pero un indio de nombre Juan hallará su caballo blanco deambulando por el Cementerio General. Y ese rato, escúchenlo bien, ese rato comenzará nuestra desgracia.

Así que soy la de negro, la mujer amargada, la que de chiquita no pudo predecir su propia desgracia. Es decir, que el infierno era verle la cara de loca a la Khespi todos los días y escuchar sus historias: gracias al agua hirviendo mi hija me quiere así de harto porque mi marido es el Diablo y su papá le ha enseñado escuchar a las piedras.

 

 

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